Danesda Suárez/Noticias y Debate M3

Colombia, 21 de febrero, 2019.- Muchas veces vemos al muerte como algo tan lejano, creo que tienes realmente que vivirla en tu círculo más íntimo para entenderla un poco; la muerte de Camila me causó culpa, la de mi prima y mi vecina indiferencia, la de mi abuela miedo a que mi familia se acabara, la de un compañero de universidad que balearon en la cabeza me causó conmoción creo que más que todo por lo violenta que fue y por la posibilidad de que a cualquiera le podría pasar.

La muerte de una amiga que pisó un Transmilenio en Bogotá me confrontó un poco más, había compartido con ella salidas y realmente me era simpática, era una mujer de fuego, con ojos de fuego y cabello de fuego, realmente muy hermosa a la que yo había aconsejado no entrar a Trabajo Social (claro no me hizo caso, nadie me hace caso), me enteré de su partida como se entera uno últimamente de todo por el Facebook.

Estando en el extranjero y cuando quise saber que fue con una amiga de ambas me cortó el rostro porque se creía demasiado importante, no importa una cosa más para el saco; después murió un amigo de mi época del colegio cayo jugando básquet y de una forma absurda que nadie entiende aun, dijeron que fue “muerte súbita” ¿pero qué carajos es la muerte súbita?

De él recuerdo muchas cosas, su voz, la forma genial que tenía de bailar, que fue uno de los primeros chicos que me gustó y que de paso me rechazó y que en alguna ocasión lo tuve que llevar a la clínica porque lo habían cortado en la calle para  robarle.

La muerte es fría e inesperada

Cuando estamos muertos parece ser que pasamos de una al grupo de los “buenitos” nos volvemos peritas en dulce y ya nadie recuerda lo que realmente fuimos, creo que esa es la verdadera muerte invisibilizar lo que somos y lo que queríamos ser, crear personajes ridículos que no corresponden a la realidad y olvidarse de las cosas que si nos importaban. 

A mí creo que no me pasa así, por alguna razón de todos recuerdo más sus defectos, porque de eso se trata un poco la amistad y el amor, de ver los defectos y aceptarlos inclusive empezar a amarlos; a partir de la aceptación del otro en sus más horribles secretos es cuando le damos apertura a las relaciones reales; ¿pero si eran relaciones reales porque seguía sintiendo tan ausente a la muerte?, ¿Por qué seguía sintiendo que era algún tipo de personaje de una película?, no sé, quizás fuera porque ya estaba demasiado lejos (en otro país) y la realidad de los míos se me hacía lejana, quizás sea porque soy mucho más fría de lo que aparento.

Y entonces llegó el 2016 y todo se fue a la mierda, una persona realmente cercana a mi corazón murió de cáncer cerebral, diría yo que era más hermano mío que mi sangre y yo había viajado y compartido con el su agonía y entonces allí si sentí que me cayó todo encima y las cosas empezaron realmente a tener sentido en el dolor, pude experimentar todas esas cosas que antes se me habían hecho tan lejanas y no puede llorar.  

Así fue simplemente no puede llorar, por mucho tiempo, guarde culpa y miedo por ello porque creía que era algún tipo de monstruo incapaz de sentir tristeza por la pérdida de un ser amado y me llene de cuestionamientos, tenía secretos que no sabía cómo contarle a nadie, ¿cómo admitir que ni aun viendo su cuerpo había podido derramar una lágrima cuando mi corazón estaba completamente con él en ese horno?

¿Cómo contarle a alguien que sentía miedo del ser humano que yo era?, como tantas cosas, me aleje de casi todos, me volví hermética, solo una persona que es el tercero de nosotros sabia de mí y el esta tan lejos que me hacía daño querer un abrazo.

Entonces llego a mis manos “La muerte de Iván Ilich” un cuento de Tolstoi  y cuando lo leí sentí que había sido escrito para mí, cuando lo leí lloré, como nunca antes lo había hecho y escribí mensajes a mi amigo por todo el libro como queriendo inmortalizar el momento en el que por fin había podido encontrar un poco de sosiego y había podido exteriorizar el dolor.

Digamos que fue de alguna forma sanador y es curioso que así como decía Elisabeth que uno ve en el túnel lo que quiere ver creo que uno encuentra sosiego con las herramientas que quiere usar, las que tiene más cercanas a su entendimiento y en mi caso son los libros.

Y entonces llegó el 2017 y pasó aquello de lo que aún no puedo hablar, otra vez una persona muy cercana a mi corazón moría; pero esta vez no había sido el cáncer ni la vejez, ni un accidente ni la muerte súbita, esta vez él había tomado su decisión de morir (si es que así fue) y había dejado caer su cuerpo desde lo más alto para no vernos más; y entonces enloquecí de dolor.

Me pregunté  por qué esa idea suicida, yo de alguna forma la entendía; no era la primera vez que me pasaba, tiempo atrás un amigo se había tomado un reactivo de un laboratorio de química y había amanecido muerto en casa de sus padres pero en  esa ocasión me enteré muy tarde, literalmente años después y aunque aun así me desgarró y me hizo perder la conciencia en un parque no era igual (ninguna muerte es igual a otra).

A dónde amanecemos

¿La muerte es un amanecer? Y en cuyo caso ¿A dónde amanecemos? Abrimos los ojos en una dimensión donde nuestros pesares terrenales ya no pesan y empezamos una “nueva vida”, vendría a ser otra oportunidad entonces; pero lo siento por Elisabeth y su libro, yo realmente no lo creo así, tampoco creo que vayamos al cielo o el infierno y nos encontremos con nuestros pecados frente a un viejito al que le dicen dios en un juicio sin sentido, porque la premisa de juzgar a otros incluye no tener un pecado y no creo que ni dios esté libre de pecado. 

Yo creo que más bien somos ondas y partículas y cuando morimos se acabó; ya si tenemos un espíritu inmortal o no, realmente no lo sé porque soy agnóstica y no tengo la capacidad de responder esa pregunta pero si sé que la muerte no es tan mala y que no le tengo miedo alguno.

Un profesor me presto “la luz difícil” de Tomas González, creo que quería de alguna forma que yo encontrara consuelo en este libro de la misma forma que lo encontré con el cuento de Tolstoi, al fin y al cabo se trata de un libro que nos cuenta la historia de un chico que quiere morir y como su familia y en especial su padre atraviesan su camino hacia la muerte.

Es la descripción de un suicidio asistido y benevolente donde todos están de acuerdo excepto quizás la ley.  ¿Pero no son todos los suicidios asistidos? ¿No tenemos nosotros responsabilidades de asistencia cuando una persona cercana nos deja de ese modo? Porque quizás con nuestra compañía o nuestra indiferencia hicimos y dejamos de hacer. 

No quiero jugar a adivinar que pensaba el cuándo caía ni las razones que lo llevaron a hacerlo, mi amor viene del respeto y aunque me duela entiendo y comprendo su dolor así que no voy a unirme al sequito de personas que suelen echar la culpa a los suicidas. 

De chica me encantaba un actor se llamaba Jonathan Brandis y había actuado en una serie de tv donde un submarino lleno de científicos era el responsable de la seguridad del planeta, realmente me gustaba esa serie y realmente me gustaba ese chico, tenía los ojos más azules del mundo y el rostro más dulce, pero ese chico creció y cuando cumplió 27 años se ahorcó en su departamento; a él le paso y creo que realmente a todos nos puede llegar a pasar.

Del suicidio

Estuve leyendo últimamente no solo el libro de Tomas González sino también encontré en  internet una página donde Danielle Harris la pareja de Brandis en el momento de su muerte hablaba sobre lo que sentía y me quedé pensando en silencio no específicamente sobre el suicido (tema del que lo siento aun no estoy en la capacidad emocional de hablar) sino en la muerte en sí, en que si Elisabeth tenía razón la muerte solo “se trata sencillamente de abandonar el cuerpo físico como la mariposa abandona su capullo de seda” y que por ello no deberíamos temerle tanto, no estoy queriendo con ello alentar a que suceda pronto sino que he llegado a entender que no hay que sentirnos horrorizados de su existencia en nuestras vidas, al fin y al cabo es algo tan natural como el mismo acto de vivir; quizás si hiciéramos de nuestra vida algo realmente hermoso no temeríamos tanto al momento de irnos, quizás si hiciéramos de nuestras vidas algo realmente genial no tendríamos que inventarnos juicios celestiales ni temer que en el túnel no nos acompañe nadie.

La familia que González plantea, tenía muy claro que lo más importante no es el dolor que nos dejan nuestros seres queridos, ni como nos podemos sentir al respecto de sus decisiones lo más importante son nuestros seres queridos y la forma en que asumen su vida y su muerte.

No eran importantes en el cuento de Tolstoi los otros sino Iván era el que sufría la agonía y él tuvo la suerte de contar con una persona realmente piadosa que lo entendió así.  Creo que somos egoístas y poco empáticos cuando ponemos la muerte de nuestros seres amados en términos personales de lo que sentimos al respecto y nos volcamos llenos de dolor al reclamo o la lastima. 

¿Por qué murió? ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué me dejo?; ¿Enserio creemos que somos tan importantes? Si era nuestro ser querido seguro no se enfermó de cáncer para hacernos daño con su agonía, ni cruzó la avenida para que también a nosotros nos pisara un bus o mucho menos tomo la decisión de morir para dejarnos con el dolor. 

A la gente le pasan cosas al igual que a nosotros pero esas cosas no son para que seamos heridos por ellos; el dolor creo es el camino a la felicidad, porque solo cuando experimentas un dolor desgarrador puedes tomar la decisión noble de usarlo como combustible y hacerte fuego con el mundo.

Al final estamos hechos de carne y huesos, al final todos nos vemos como zombis mal maquillados en el cajón, al final todos dejamos personas dolientes, al final siempre quedan promesas sin cumplir, al final siempre hay quien nos llore, al final siempre existirá el miedo y al final tu y yo seremos polvo de estrellas otra vez. sdu