Danesda Suárez/Noticias y Debate M3

Colombia, 20 de febrero, 2019.- Era adolescente cuando leí La muerte: un amanecer de Elisabeth Kubler-Ross , recuerdo que escribía un trabajo muy largo y prolijo de sociología y quería algún texto que me diera respuestas más profundas que el cese de la homeostasis interna, la luz al final del túnel, o el cielo de los católicos.  Tengo una tía monja que me lo prestó y no creo que imaginara la impresión que causo en mí, lo devoré lo reescribí y luego nunca lo olvide.  Efectivamente escribí el ensayo en el que por cierto saque una calificación bastante buena y después seguí martillando las ideas sobre la muerte en mi cabeza como esa campana vieja de la iglesia que parece no callar nunca.

En esa época solo había conocido la muerte de una forma muy distante, es verdad acababa de morir mi abuela y había perdido tres personas de mi edad por cáncer (parece que el cáncer siempre estuvo de moda), una prima que murió por leucemia, una vecina que murió por leucemia y una compañera de colegio que murió de cáncer de estómago; bueno al parecer no todos mueren por leucemia.

Pero igual se me hacía un tema más bien distante que solo le pasa a los demás; mi abuela como ya he dicho acababa de morir pero ella ya tenía 86 años y al final no supe que de todas sus fallas sistémicas termino con su vida; mi prima y mi vecina se me hacían personajes más bien ficticios y Camila que así es que se llamaba mi compañera me empezaba a dar problemas de culpa en la cabeza.

Cuando Camila murió yo no pude estar, supe que estaba enferma y en realidad la apreciaba mucho, era una chica más bien callada que siempre fue buena conmigo cuando en su mayoría en el colegio la gente no era muy simpática con la rara del curso (o sea yo), era de origen humilde pero se había logrado hacer un camino y había encontrado un hombre maravilloso que la amaba; parecía dentro de todo una historia bonita, chica conoce chico y se enamoran luego chica muere, algo muy estilo Hollywood de los 60.

Durante su enfermedad intente verla en varias ocasiones pero ahora puedo entender que tenía miedo y buscaba excusas siempre para evitar ese momento independientemente de cuanto la quisiera o precisamente por ello y cuando ya estuvo muy mal y tuve valor mi familia decidió que yo era demasiado sensible para soportarlo y literalmente me escondió de todo; me dolió mucho enterarme tarde de su muerte y saber que ya nada podría hacer,  saber que me lo habían ocultado todo como si la sensibilidad fuera signo de debilidad, me costó perdonarlos y me costó perdonarme. 

Recuerdo ir días después  a la Biblioteca Turbay a ver Cobra en la sala de audiovisuales y sentarme afuera entre las plantas, nerviosa, temblando y preguntándome ¿Qué iba a poder hacer ahora? Ya era demasiado tarde, las excusas los miedos y los otros nos habían perdido. Jure que jamás pasaría de nuevo.

En el libro de Elisabeth decían algo así como que al final del camino uno ve en el túnel la imagen que corresponde a su creencia, así los católicos verían a la virgen (puede ser el caso de mi abuela) los hijos verían a los padres, los amantes verían a sus amados; mejor dicho que cada uno vería lo que quiere ver. 

¿Y que podría ver yo que no creo en nada? No me definiría realmente atea, digamos que soy una agnóstica confundida pero no creo tener ninguna creencia tan fuerte como para que haga que en el momento de mi muerte alguien venga a mí, en cuyo caso imagino que el túnel (si aun así sigue siendo túnel) lo recorreré sola; creo que eso está bien, al fin y al cabo siempre estuve sola pero me gusta pensar que los que ya se fueron encontraron lo que buscaban y que eso les hizo sonreír porque así no queden ya los cuerpos siempre queda el sonreír (uno sonríe con el alma no con los dientes).