Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 19 de febrero, 2019.-  Fue un 26 de julio,  fiesta de Santa Ana, la santa patrona de esa pequeña localidad del municipio de Aculco, Estado de México. Fue un día lluvioso en esa zona. Al igual que en otras ocasiones, pasamos al mercado a comer, nos gustaba la cocina económica y  tradicional de una señora.

Luego nos dirigimos a Santa Ana, a la casa de Chimino. El objetivo del viaje era que mi papá, El Matador,  iba a ver lo relacionado a la compra de una pequeña propiedad, porque se la había metido la locura de que teníamos que abandonar la Ciudad de México para irnos a vivir a provincia.

Decía que la capital del país ya no era lugar para vivir, después de lo ocurrido en el terremoto de 1985. El temblor de septiembre había sido un hecho catastrófico que dejó miles de personas muertas. Había algunas partes de la ciudad que parecía zona de guerra. Le dijimos a mi padre que veríamos su proyecto, aunque  lo cierto es que varios de nosotros teníamos nuestra vida hecha en lo que fue el Distrito Federal.

En Aculco tomamos un taxi mi papá, mis hermanos Alfredo, El Pelos y yo. El Matador se sentó a un lado del conductor, quien sostenía y aseguraba que El Matador no podía ser nuestro papá porque se veía muy joven. Nosotros nos reíamos por la actitud del taxista. Ya para llegar a Santa Ana, motivado por el comentario del trabajador del volante,  mi papá nos dijo:

–Yo creo que yo me quedo en el baile, para ver si veo a una las muchas que conocí hace años.

–Le respondí que no se creyera mucho eso de la juventud, porque las mujeres de su rodada, ya estaban dormidas o habían colgado “los tenis”.

Todos reímos. El taxista seguía intrigado, ya un poco molesto  nos dijo por qué lo queríamos “chamaquear”, si a leguas se veía que no podía ser nuestro padre El Matador.  Se fue intrigado, la bronca es que ya nadie aguantaba al Matador que de por sí se sentía joven a sus más de 50 años.

–Ya ven cabroncitos, cómo la gente me dice que parecen mis hermanos—señaló mi padre.

–Jefe, no te creas lo que te digan, se me hace que el taxista está mal de los oclayos o le falla un visel. La verdad es que ya no estás joven, acepta tu realidad–, comentó el Pelos.

Santa Ana había cambiado poco durante décadas, fue hasta después del nuevo milenio cuando creció su población y se comenzó a formar una colonia, porque décadas anteriores solo había dos o tres ranchitos pegados a una pequeña iglesia construida a finales del siglo XIX.

La   tía Agapita, hermana de mi abuelo Aurelio, vivó casi toda su vida en Santa Ana, hasta hace tres años que falleció. Murió dos meses después que El Matador, pero ella tenía 96 años y mi padre 87. Cuando éramos niños en San Ana solo estaba la pequeña iglesia,  una escuela de una sola aula, y el ranchito de la tía Agapita.

La verdad que lo más anecdótico de ese viaje de dos o tres días, fue relacionado con la juventud del Matador. Ya no lo aguantábamos. Pero así era él, sin duda en su interior fue joven hasta el día que falleció.