Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 5 de noviembre, 2019.-  Los que íbamos con El Matador todavía recordamos aquel día. Fue un 26 de julio, el día de la fiesta de Santa Ana, apenas una ranchería, a 10 kilómetros de distancia, del  pintoresco pueblo de Aculco, Estado de México. Fue un día lluvioso. Al igual que en otras ocasiones pasamos a comer al mercado del ahora pueblo mágico y gran productor de queso.

Luego nos dirigimos a Santa Ana, a la casa de Chimino. El objetivo del viaje era que mi papá, El Matador,  iba a ver lo relacionado a la compra de una pequeña propiedad, porque se la había metido la locura de que teníamos que abandonar la Ciudad de México para irnos a vivir a provincia.

Decía que la capital del país ya no era lugar para vivir, después de lo ocurrido en el terremoto del 19 de septiembre que dejó miles de personas muertas. Quien haya estado en el entonces Distrito Federal aquel día de la tragedia, saben que había algunas partes de la ciudad que parecían zona de guerra. Sin duda fue la peor de las catástrofes que habíamos visto, no obstante que la inmensa mayoría de los millones de habitantes de la gran urbe salimos ilesos.

Como siempre le dimos el avión a mi  padre, aunque ya habían pasado meses de la tragedia, decidimos acompañarlo, El Pelos, Alfredo y yo, aunque  lo cierto es que siempre buscábamos cualquier pretexto para ir al rancho, era algo que nos atraía y que nos llamaba desde que éramos pequeños. A esas alturas de la vida los más grandes ya estábamos trabajando y los más chavos estaban en la escuela.

En Aculco tomamos un taxi. El Matador se sentó a un lado del conductor, que de inmediato desconfió de nosotros, no sabíamos por qué. No se aguantó las ganas y luego nos preguntó:

–No me digan que es su papá–, dirigiéndonos la mirada a través del espejo retrovisor, y viendo con el rabillo del ojo a mi papá.

–Claro que es nuestro papá, o ¿qué piensa?

–Yo creo que me quieren chamaquear. El señor debe ser su hermano, o cualquier otra cosa, porque está muy joven para ser su padre–, dijo el conductor, entre  incredulidad y  enojo.

Nosotros nos reíamos por la actitud del taxista. Ya para llegar a Santa Ana, motivado por el comentario del trabajador del volante,  mi papá nos dijo:

–Yo creo que yo me quedo en el baile, para ver si veo a una las muchas que conocí hace años—dijo mi padre.

Le respondí que no se creyera mucho eso de la juventud, porque las mujeres de su rodada, ya estaban dormidas o habían colgado “los tenis”.

Todos reímos. El taxista seguía intrigado, cada vez más molesto. Insistió en que no podía ser nuestro padre porque El Matador se veía muy joven.  La bronca fue que ya nadie aguantaba al Matador que de por sí se sentía joven a sus más de 50 años.

–Ya ven cabroncitos, cómo la gente me dice que parecen mis hermanos—señaló mi padre.

–Jefe, no te creas lo que te digan, se me hace que el taxista está mal de la vista. La verdad es que ya no estás joven, acepta tu realidad–, comentó el Pelos.

Pero ahí estábamos en Santa Ana, ya era de noche. Había solo unos ranchitos y una cuantas casas; una pequeña iglesia que prácticamente estaba en ruinas, y que seguramente fue construida a finales del siglo XIX.

En Santa vivía la  tía Agapita, hermana de mi abuelo Aurelio. Con todo que era de nuestra familia, nosotros preferíamos llegar a la casa Chimino, nuestro tío y amigo. Así que teníamos que caminar unos tres kilómetros para llegar con Chimino, quien siempre nos recibía gustoso, lo mismo que su esposa La Tía y sus hijos.

Mi padre falleció hace tres años, a los 87 años de edad. La tía Agapita murió a los 97 años, por esas fechas. Al Matador le gustaba el baile, y era lo que algunos llaman “ojo alegre”. Recuerdo que decía que aunque estaba viejo su corazón seguía sintiendo como si estuviera joven. Pero así era él, sin duda en su interior fue joven hasta el día que falleció.