Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 10 de febrero, 2019.-Hay historias que muestran el lado amable y simpático de la vida, pero algunas que por más que le busquemos solo estuvieron rodeadas de tristeza y amargura, aunque como todo, con chispazos de felicidad y alegría.

Hace unos meses hubo una reunión en el diario para el que laboro, allí volví a saludar a uno de los directivos de origen vasco. Me preguntó si sabía de una pequeña comunidad llamada Elorriaga, ubicada en el llamado País Vasco, que como todos saben siempre ha buscado la independencia de España. Le respondí que no lo sabía. Sin embargo la curiosidad me llevó a consultarlo en Internet, y en efecto existe esa pequeña población llamada Elorriaga en los límites con Francia.

El jefe del periódico me preguntó en qué parte radicaba  mi familia en México. Le dije que los únicos Elorriaga que yo conocía  son mis hermanos, y mi  madre que ya falleció. Fue hija natural de un médico homeópata  llamado Enrique Elorriaga, al que mi madre me dijo que conocí cuando apenas tenía tres años de edad.

Lo cierto es que a mi madre de niña la acompañó la soledad. Mi abuela se casó y la dejó con su hermana quien era propietaria de una lechería. Después estuvo en internada en un colegio de religiosas. No fue nada agradable su niñez y adolescencia.

Cuando era joven mi madre se reencontró con  mi abuela y sus dos  hijas. Por azares de la vida se fue  a vivir al barrio de San Ignacio, Iztapalapa, en lo que es ahora la Ciudad de México. Allí conoció al Matador, quien era un joven aventurero que solo soñaba con ser figura del toreo. Después de unos meses se fueron a vivir juntos. A partir de ese momento, se acabó la soledad para La Güera.

El Matador y La Güera tuvieron nueve hijos varones y una hija. Uno de ellos murió casi al nacer. Sin embargo, en sus sueños guajiros El Matador se desobligaba y se perdía por semanas. Así que mi madre entraba al quite con labores de tejido, como zapatos y chambritas para bebé, que vendía a una tienda de judíos que se ubicaba en la calle de Corro Mayor, en el centro de la capital del país.

Mi padre, El Matador, periódicamente criaba gallinas para que no faltara el alimento para su familia. Pero aun así, La Güera toleró momentos de crisis nada sencillos de superar con nueve bocas que alimentar. Eso sí, la soledad había terminado. Tejió durante años, mientras mi padre tejía sus sueños acompañados muchas veces de cerveza.

Pasamos gran parte de la niñez en una colonia  naciente donde ahora se ubica la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Iztapalapa. Había que acarrear el agua, los primeros años no había luz, ni pavimento. Eran solo llanos y zanjas. Había unos pequeños cerros a unos kilómetros de distancia, mi padre decía que era el tiradero de Santa Cruz Meyehualco.

Frente a nuestra casa vivía don Isaías, el velador,  y su esposa Jobita, así como sus tres hijas y su hijo Manuel. Tenían un pequeño taller de costura. Casi no había casas, muy pocos vecinos y no tan cercanos. No más de 10  viviendas estaban en los alrededores. Se carecía de transporte público, para tomar el camión más cercano había que caminar hasta El Moral o La Purísima, a más de dos kilómetros. Pero vivíamos tranquilamente, no había problemas de seguridad y violencia como los de ahora. 

Mi padre tenía temporalmente alguna carcacha. “Quieren que rebase ese coche, miren lo que me dura”. Mi hermano Alfredo y  yo le gritábamos: “¡Sí rebásalo, gánale papá!

Nuestras vacaciones eran casi siempre al rancho, cerca de San Juan del Río. Pero también era un lugar aislado; de la autopista a Querétaro había que caminar más de tres horas. Era una caminata agradable, pasábamos por una presa,  y había que cruzarla, de una lado agua y del otro un  desfiladero, que a los cuatro o cinco años de edad se veía como un precipicio. Nos daba miedo, pero mi padre no aceptaba que nos acobardáramos. El resto del camino era vegetación en esa pequeña región. Después comenzaba la zona árida, solo nopales, magueyes y una que otra peña casita, que le llamaban  ranchos.

Bajando de La Flecha, así le decían a los camiones, estaba La Nave, un rancho de buen tamaño que tenía su salida hacia la autopista, y por el otro estaba el camino hacia la presa. Pasábamos por uno peñascos, había enromes rocas apenas sobre puestas en la parte elevada del monte. Nos contaron que una vez  se desprendió una y mató a un campesino de esa esa región. Así que cuando caminábamos no le perdíamos  la vista a esas rocas.

En ocasiones pasábamos largas temporadas en La Teja (así se llamaba el ranchito) y como siempre El Matador se nos perdía. Pero había maíz,  frijol y algunas animales que servían para alimentarnos. En cientos de kilómetros sólo habían unos cuantos jacales perdidos entre el lomerío. Hay buenos recuerdos de ese lugar, donde conocimos que había  más gente pobre que nosotros.

Cada vez que mi madre le reclamaba a mi padre por tanta carencia, él le respondía: “ya mero cruzamos el río Güera”. Murió ella y nunca lograron cruzar el río, tal y como lo soñaba El Matador.

Cuando crecimos la situación comenzó a cambiar. Todo fue mejorando, pero desgraciadamente la vida de La Güera se fue agotando.  Cuando cada uno de sus hijos agarró su camino, mis padres se fueron a vivir a Cuautla, Morelos. Fueron años de tranquilidad, aunque mi madre siempre le recriminaba a mi padre el que haya sido tan sinvergüenza, y hasta el día de su muerte no lo dejó de celar.

Mi padre decía: “es mi karma por haber sido tan cabrón con ella”. Pues sí, siempre mi mamá fue  como cuchillito de palo. La Güera vivió tranquila, sobre todo porque nunca más volvió a sentirse sola. Aunque algunos de sus hijos tomaron otro camino, otros estuvieron cerca, como mi hermana Chayo y sus hijos, así como mi hermano El Pelos y El Willy.

Mi abuelo Enrique murió cuando mi madre ya tenía tres hijos. No fue a su funeral. Después de todo nada tenía que ver con esa familia. Me comentó que alguna vez me llevó a conocerlo cuando  aún no cumplía cuatro años. No lo recuerdo. Mi madre nunca se acercó a la familia de mi abuelo. Así que para nosotros, de los Elorriaga solo quedamos los hijos de La Güera, que supo sacarlos adelante  a pesar de las adversidades.

La Güera vivió mucho dolor al perder dos hijos: Lalo quien murió a los 16  y Chayo cuando tenía poco más de 40, pero lo más importante es que la soledad quedó atrás: sembró mucha vida y dejó una enorme cantidad de descendientes. Uno de los momentos más felices, poco antes de que enfermara La Güera, fue la caravana que hicimos a la playa, lo que sin duda fue un viaje inolvidable, en el que también fue El Matador.

El día de Navidad, después de Nochebuena, cinco de los hermanos y su prole salimos de Cuautla rumbo a la playa por un camino que nos recomendó  mi hermano El Pelos. Salimos en la mañana;  almorzamos cerca de Tierra Colorada, Guerrero, a la orilla  de la carretera, aprovechando el recalentado: la pierna al horno enchilada, la sopa de espagueti, pan, y otros guisos que habían  quedado del 24. Llegamos ya oscureciendo a la playa de Argelia.  No había dónde hospedarnos, pasamos una noche no muy buena por lo moscos y las carencia  del lugar que encontramos para pasar la noche. Pero sin duda fue un paseo inolvidable.

Pocas veces vi a mi madre, La Güera, tan feliz. Para todos los sobrinos y hermanos que fuimosa ese viaje que concluyó en Acapulco, sin duda fue una experiencia inolvidable. Después de todo, la vida ha dado buena y malas, pero la familia sigue junta y unida, que fue el objetivo principal  de La Güera. Los dos ya se fueron, pero estoy seguro de que ella se fue feliz porque la mayor parte de su vida no estuvo sola, y a pesar de las adversidades siempre privilegió a sus hijos,  que fueron la razón de su vida.