Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 21 de septiembre, 2019.-Decía el poeta: “sabia virtud de conocer el tiempo”. Cómo olvidar que fuimos parte de una gran familia. Es cierto, con el tiempo nos multiplicamos pero sin darnos cuenta, y  de manera natural,  también nos hemos ido fragmentando. Primero se alejaron los abuelos,  los tíos, los primos, y ahora los hermanos. Es parte de la vida.

Recordamos a los abuelos y a las abuelas, pera ya no conocimos, o muy poco, quiénes eran sus familiares más cercanos. Por las historias que dejaron generaciones anteriores, sabemos que los hermanos de mi abuelo Aurelio, dos de ellos  se fueron a Estados Unidos, y una hermana al Estado de México. Era la tía María, la llegamos a ver algunas veces cuando éramos niños, y solo sabíamos que vivía en Puente de Vigas.

La relación más cercana siempre fue con la familia de mi abuela, ella era originaria de Iztapalapa, y ahí crecimos, junto con su hermana Manuela, a quien por alguna razón, que desconozco, le decíamos Ana.

Hace ya más de medio siglo que Iztapalapa conservaba muchas características de pueblo. Había muchos terrenos baldíos, algunos de grandes extensiones. La familia de nosotros  ocupaba  una superficie de al menos media manzana. Estaba la casa de mi abuela, la de mi tía Celia, donde después mi padre El Matador construyó una casa al lado; mi tío Chucho, y en la esquina mi tío Agustín. También la casa de Tía Ana, que ahora es de mi tío Manuel; la casa de mi tía Martha, y un enorme terreno baldío donde jugábamos.

Cuando había alguna fiesta o reunión se reunía toda la familia. En mi caso, siempre estuve cerca de la familia de mi tía Martha, la mujer más bondadosa, además era mi madrina y siempre la vi como alguien muy especial. Tuvo cinco hijas y un hijo: Arturo, éramos casi de la misma edad y junto con otros primos compartimos los juegos de la niñez y adolescencia.

Cuando crecimos, la mayoría siguió por caminos diferentes. A muchos no los he visto en más de dos décadas. Incluso a los hermanos de mi padre y sus hijos, los hemos visto muy poco. Solo coincidimos en alguna fiesta o un funeral.

Sobra decir que han muerto varios de nosotros. Algunos muy jóvenes, otros de mediana edad y los más grandes. No faltó quien se fue a vivir a Canadá; o cambió de domicilio en la propia Ciudad de México. Otros optaron por Puebla,  Cuautla o cualquier otra ciudad.

Éramos más de 25 niños que compartimos el pequeño llano familiar. No menciono que ahí mismo, en  San Miguel, mi abuelita Mati tenía primas y primos cuyos descendientes  nunca tuvimos alguna relación de familia. Me refiero a los Santillán que también vivían en el mismo barrio.

Ocasionalmente convivimos con los hijos de mi tío Agustín y de mi tía Celia. Solo con la familia de Chucho, hijo de mi tío del mismo nombre, mantenemos una relación más cercana. Las distancias  y los compromisos nos fueron dividiendo.

Cómo olvidar el árbol de pirú donde jugábamos. Por temporadas había cuerdas que serían de columpio. Estaba una especie de zanja que se presta para los lances con la cuerda. Incluso hubo una pequeña casa de madera que construyó mi hermano Alfredo sobre las ramas.

Había  llanito donde jugábamos futbol y donde correteábamos a las mariposas para cazarlas. De verdad que ya corrió mucha agua debajo del puente.

Actualmente, las familias de cada uno de mis hermanos realizan sus convivios por separado. Pero coincidimos  en alguna fiesta o reuniones. Sin embargo, sabemos que ocurrirá lo mismo que con las generaciones anteriores, nos iremos fragmentando. Pero los Martínez siguen, y sin duda es una satisfacción que  ahora mis sobrinos  mantengan  el deseo de mantener unida a la familia, lo más que se pueda, porque nadie puede con la naturaleza misma, pero la vida es sin duda un manojo de recuerdos compartidos.