Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 16 de septiembre.- “El cierre de la fábrica se vincula al predominio de importaciones en detrimento de la producción nacional; al contrabando de telas y ropa, sobre todo de China; y la dificultad de los agricultores para producir algodón, derivada de la actual política económica neoliberal. La fábrica cierra definitivamente, liquidan a obreros y empleados y derruyen la nave erigida en 1950”. Además, destrozan y venden la maquinaria como chatarra. Eso duele. Dice Toño:

–Las generalidades nublan nuestra visión particular, la de los habitantes de La Fama: primera tierra que conozco, ahí crecí hasta pasados los 18 años. Mi casa colindaba con la antigua fábrica, la miré diario entre la cerca de malla que separaba mi patio de los muros añejos, pero bien conservados, de ese edificio que se usó como bodega de algodón utilizado en la nueva fábrica, a la que accedías con sólo cruzar la calle Vicente Guerrero. El número de mi casa era el 350; mi padre, empleado de confianza, tenía derecho a casa para él y su familia: como la antigua fábrica, se construyó con grandes adobes, enjarre y techo de vigas impermeabilizadas. Casa y antigua fábrica están en pie, aunque abandonadas y amuralladas.

“La vida de obreros y empleados era próspera, se reflejaba en sus viviendas; en varias canchas deportivas para los ratos de ocio; en escuelas primarias; viví la construcción de una secundaria y una prepa; hijos e hijas son médicos, abogados, ingenieros, humanistas; había abarroteras, ferreterías, tortillerías, peluquerías, carnicerías, cantinas; los niños jugamos en milpas y llanos vecinos. El templo de San Vicente de Paul suplió al antiguo y pequeño del siglo XIX. La iglesia edificó una primaria y un comedor para gente sin recursos. Aunque a los 14 años de edad con mis amigos nos declaramos ateos, dialogamos con el respeto y comprensión a los principios de los demás”.

–¿Cómo fue tu vida en este sitio?

–Mira: a los 6 años recorría sitios cercanos a casa: la milpa de don Merced: colindaba con la fábrica de tractores de Juan Venado, se apilaban en los grandes patios de la empresa y contrastaban con la yunta de don Merced y sus hijos. Yo no distinguía los cambios de lo rural a lo urbano-industrial: los viví. El sembradío era espacio de juego y sorpresa cotidiana fuera de casa. Las calles, sin pavimento. No había televisión. Convivía con mis padres y hermanos, con los vecinos; los del molino de nixtamal, con don Merced y su familia y con la que cuidaba la granja de gallinas aledaña a mi casa. Lugares y gente acogían con amabilidad y cariño, me sentía en casa siempre, la calle no era peligrosa, escasos autos levantaban polvaredas; las bicicletas eran el transporte más común. Circulaban carretas tiradas por caballos y algunos jinetes en mula, burro o caballo.

“Me interesa reflejar en el documental esta etapa de la fábrica y de los habitantes de La Fama. Contada por ellos mismos, impregnada por antiguos y recientes recuerdos de una cotidianidad cambió hasta que abruptamente se esfuma la principal fuente de empleo. Yo no estaba cuando cierran la fábrica. Salí del pueblo en 1974, pero seguí de cerca los hechos a través de mi padre: me los contaba al visitar la casa paterna. Tuve cercanía con habitantes, contextos y circunstancias: la más fuerte, cuando mis padres dejan la casa en 2013. Eso también motiva el proyecto. Si demuelen las ruinas la antigua fábrica, derriban nuestros recuerdos, memoria, valores e identidad”.