Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 28 de julio, 2019.- La Guelaguetza 2019 ha iniciado y ya dio sus primeros frutos. No sólo me refiero al lugar común de la denuncia de que es un producto turístico (que de por si lo es) que beneficia a unos cuantos, mientras se deja en el olvido al “pueblo oaxaqueño”  o a los desplantes de diva de Yalitza Aparicio (que también es un producto comercial del marketing multicultural). Al que me refiero a es la emergencia del pueblo “Tlacuache”.

Más allá de lo anecdótico del error de la presentadora que confundió al pueblo tacuate y lo denominó “tlacuache”. Que fue producto de burlas y quejas en redes sociales (al menos la conductora tuvo el apremio de disculparse y hasta regalar boletos para otro evento turístico), se puede recuperar una reflexión. En primer instancia porque puso sobre la mesa la denominación de este pueblo, pero también de lo complejo que es el tema de las denominaciones impuestas y las auto denominaciones.

Hubo también en redes una serie de reivindicaciones de la “etnia tacuate”, defendiendo sus características culturales y denunciando el uso y la invisibilidad a la que ha sido condenada esta cultura. Sin embargo, aquí vale la pena detenerse,  pues ningún pueblo puede nacer de manera espontánea.

El nombre dicen que proviene del náhuatl y referiría a los “hombres serpiente”. Por tanto, de entrada no es una auto denominación desde su lengua y hasta podría caer en una expresión ofensiva. A lo que se puede uno preguntar y en qué lengua hablan los tacuates, la respuesta es que hablan una variante de tu’un savi (y que desde la institucionalidad llaman mixteco). Entonces hay un vínculo histórico entre tacuates y ñuu savi, sin embargo, ahora los tacuates se refieren a ellos de manera independiente y allí no hay problema.

El asunto polémico es de donde se paran para tratar de construir su libre determinación.