Danesda Suárez/Noticias y Debate M3

Uruguay,  22 de diciembre, 2019.- Hace unos meses terminé de leer un libro del que había escuchado hablar por medio de la comunidad de booktubers de YouTube (sí, yo en ocasiones veo esos videos), realmente desde que vi la reseña lo anoté entre las tareas pendientes, y no me equivoqué.

Cerré la última de sus 389 páginas y me dije inmediatamente “directamente a la lista de los mejores libros que leí en la vida”, ¿pero porque? Ignatius Reilly me resultó un personaje bastante molesto y de ser real me caería mal y no concuerdo con quienes romantizan la idea de que Toole, con su suicidio, le dio un halo de magia al libro.

John Kennedy Toole fue un escritor estadounidense que en 1969 se suicida a sus 31 años después de no haber podido publicar su novela y por la frustración que sentía ante el mundo que le rodeaba; pero ¿es el suicidio lo importante de su figura? Como muchos caicedianos nos intentan pintar las 60 pastillas de seconal con la que se quitó Andrés Caicedo la vida a los 25 como parte de su obra.  

No soy quien para juzgar el acto de la muerte por mano propia pero creo que no debería este ser romantizado y estructurar conceptos de las obras de los autores a partir de ello.

En la figura de Toole me parece interesante hacer un análisis sobre que fue alguien con altos estudios universitarios, inteligente, dedicado mejor dicho “una promesa para la nación” pero quien sin embargo por más que lo intentó no pudo lograr sus objetivos y terminó muerto en la desesperación de sentirse un fracaso, un desadaptado y un anacrónico de su generación.  

Hace poco estuve en Bucaramanga y me pude encontrar con varios amigos de mi generación, coincidimos que somos la “generación a sacrificar” tenemos altos estudios universitarios, sabemos idiomas, somos dinámicos, proactivos, con altas capacidades intelectuales pero sin embargo después de volver al país nos sentimos solos, desadaptados y sin poder encontrar un lugar al que poder llamar hogar y crecer en él. 

Parece que la sociedad nos ve como los “raros” y a los “raros” se les debe eliminar.   Creo que eso de alguna manera fue lo que sintió Toole al volver de la guerra, se sintió perdido y descubrió que sus altas capacidades intelectuales (era titulado de la universidad de Columbia) no significaban más que un lastre para su desarrollo social.

¿Es la educación la quimera del siglo XX?

Yo creo que de alguna forma si, en mi universidad por ejemplo existe la carrera de Ingeniería de Petróleos cuando desde hace ya unos años se ha demostrado que el petróleo es un commodity que va en decadencia, luego ofrecer la carrera es a mi parecer una forma de engañar con promesas de crecimientos profesionales no posibles a la juventud y esto que digo de esta carrera en particular es solo un caso. 

¿Se adaptan las universidades latinoamericanas a las necesidades reales del mercado? Y si fuera el caso ¿deberían de hacerlo? ¿Qué es la universidad? Son discusiones que creo estamos en deuda de realizar para evitar que sigan existiendo generaciones como la mía altamente preparadas pero sin capacidad de adaptación al mercado y a la sociedad actual.  La educación no corresponde a la realidad o es la realidad la que se debe corresponder con la educación.

Son los Anacronistas los que cambian la historia

De alguna forma es verdad que aquellas personas que parecen no pertenecer al status quo de la sociedad son los que generan los cambios, sociales, políticos y hasta morales que el mundo necesita para avanzar en la historia del hombre, Jesús era un anacronista, Einstein fue un anacronista; Tesla fue un anacronista; Aaron Swartz fue un anacronista y podría llenar páginas enteras de anacronistas como la misma Virginia Woolf; pero no hace falta es fácil darnos cuenta que a la sociedad le son necesarios los tan odiados “anacronistas” no solo para sostenerse sino para progresar.

Pero la sociedad parece un monstruo verde que los destruye de las formas más crueles valiéndose de herramientas como la pobreza, la ley, la violencia, la soledad, el aislamiento, la burla y el olvido que es quizás lo más grave.  Dicen que se ataca lo que se teme y se teme lo que se desconoce, ¿será esa la excusa entonces para destruir tantas vidas valiosas? ¿Sin el rechazo, esas vidas hubiesen sido el ejemplo  como algunas que ahora lo son?  

En ocasiones pienso si se nos permitiera escoger como en matrix entre la pastilla roja y azul, estos anacronistas hubiesen escogido una vida “normal” o una vida extraordinaria plagada de dolor, ¿Quién escogió por lo anacronistas?

Ignatius Reilly

Es un gordo, dependiente de mamá, que no sale de su casa y se niega a adaptarse a un mundo que no cumple con los preceptos morales del medioevo al que él insiste en volver, está altamente capacitado y dotado de una gran inteligencia sin embargo no funciona dentro del engranaje social en el que debe actuar; intenta trabajar para ser “útil” a la sociedad pero no termina más que por generar disputas y caos, que al final terminan siendo beneficiosos pero que las personas del común primero juzgan y después de mucho pueden entender que necesitaban de ese huracán para poder llegar al siguiente escalón de la escalera.

Ignatius llega incluso a intentar generar un partido político donde la paz estaría generada por las disputas a tacones de los homosexuales (parte del libro un poco cuestionable según la visión que se tenga), tiene ideas que el en su ego considera altamente innovadoras y las implementa sin pedir permiso o colaboración real de nadie y allí es donde creo que se equivoca en pensar que está bien llevar a cabo sus ideas pasando por encima de los otros.  

Toole construye en Ignatius un personaje complejo, divertido y chocante con la sociedad de los años 60 que fue cuando concedió la idea y del siglo XX que es cuando escribo, mejor dicho anacrónico a cualquier época y sociedad.  El humor es la mejor arma que tiene un escritor para decir la verdad y en esto Toole es un maestro, después de su muerte y ante la insistencia de su abnegada madre la novela se publica y en 1981 gana el premio Pulitzer y pasa a ser una obra maestra de la literatura universal.  

Toole y Reilly son dos anacrónicos de similares virtudes siendo de alguna forma una autobiografía plagada de humor, dolor y crueldad que nos dice a la cara las verdades incomodas que tanto nos negamos en aceptar.

La venganza de los anacrónicos

Si hoy vas al bloque 819 del canal Street en Nueva Orleans en el antiguo emplazado de los almacenes D.H Holmes podrás tomarte una foto turística con la figura de un Ignatius bigotón que busca hacer honor a Toole, en la actualidad el disfraz de este personaje es bastante popular en las festividades y la gente de la ciudad se siente orgullosa de su hijo antes despreciado. 

Lo mismo le pasó a Woolf, a Copérnico y seguramente le pasará a Swartz como ahora le está pasando a Tesla quien pasó del olvido total a ser un personaje interesante para el cine y los intelectuales.

Al final “la rueda de la fortuna” esa diosa que tanto menciona el personaje del libro, deja en alto a los anacronistas ¿pero valió la pena? Debieron sufrir para que “fortuna” les diera su dulce venganza; para cambiar el mundo hace falta querer cambiarlo y para querer cambiarlo hace falta no estar de acuerdo con él.   Así que si, los anacronistas deben pasar por todo ese sacrificio para encontrar su lugar en la historia.

Del libro te diré que es excelente, muy bien escrito con una prosa ágil y un dimensionamiento político que te entra a partir del humor, quizás la traducción que nos presenta la editorial Anagrama no sea la mejor y será mejor leerlo en su idioma original. Hágase un favor y ríase de los bigotes de este gordo.