Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Ciudad Nezahualcóyotl, 28 de julio, 2019.- —Ándele, ese Chavano: ya se supo, ya se supo que tienes instintos de Caín. Pero el Diablo me lo dijo y me dijo también que te va a llevar —gritó Gorigori a Silviano cuando pasó junto a ellos.

Y Pata de perro agregó:

–Para qué quieres desaparecer del mapa a tu carnal, si la herencia alcanza para los dos? Dale chance, nomás porque lo ves más menso te agandallas. Allá tú, Chavano, porque Ñoñito vino a pedir un paro y si le queda toda la herencia dice que se va a poner a mano. Abusado, que así como lo ves, a lo mejor te anda madrugando, Chavano.

Pero él siguió su camino, como si nada hubiera escuchado. Eran el tema de la semana: él y su hermano Ñoño habían reñido. Dizque por la herencia.

¿Cuál herencia, si doña Herminia, su madre, no daba señas de querer morir? Cierto que había encogido más de la cuenta y su figura, encorvada por el peso de sus casi 90 años, se valía de un bastón para caminar.

Pero de ahí no pasaba. Seguía atendiendo el puesto de cremas y vaselina en el mercado. Sus tres hijos mayores estaban casados y no le daban lata. Pero el par de mensos la hacían ver su suerte. Solterones, dependían de ella para subsistir. Ñoño, enclenque y con tos de tísico, era el menor: 40 años. Chavano le llevaba cinco, pero ahí se iban en mutismo y lentitudes para realizar cualquier acción.

Cada quien jalaba por su cuenta y sólo coincidían en el puesto durante las tardes; ayudaban a doña Herminia a llevar su mercancía en una carretilla que se turnaban varias veces durante el corto pero tardado trayecto. Luego Chavano iba a reposar su robusta humanidad a las puertas de la panadería y Ñoño quemaba horas y horas dentro de la iglesia, hasta que la cerraban.

Pero un día de la semana pasada Chavano llegó a la casa. La anciana dormitaba frente a la televisión y Ñoño estaba tendido en el sofá destartalado. Chavano fue hasta él y le hizo señas de que lo siguiera.

Rato después, ambos se hallaban en el patio, junto al lavadero.

—Mañana te vas o buscas a dónde irte de una vez, porque yo me voy a quedar solito con mi mamá. La voy a cuidar y tú te vas.Fue todo lo que dijo. Ñoño se rascaba la cabeza, mustio y cabizbajo, luego habló:

—No. Tú te quieres quedar con la casa.

Así estuvieron buen rato, uno junto al otro, sin moverse. De repente Chavano fue hasta la cocina y volvió con una guitarra, más bien un cajón encordado que había hecho con tejamanil, y volvió a pararse junto a su hermano.

Nada se decían. Ñoño vio sin parpadear cómo Chavano levantó la guitarra con las dos manos y se la estrelló en la rodilla derecha. Apenas si soltó un gemido al caer. Más ruido hizo la guitarra.

—Te vas en una semana —escuchó que decía su hermano antes de irse, sin odio, sin rencor.

A rastras, como un animal tullido, Ñoño llegó hasta su cama y del buró sacó un frasco de iodex. Se envolvió la rodilla con el pañuelo percudido que siempre asomaba de su bolsa trasera del pantalón.

Al otro día la hinchazón apenas le permitía dar paso. Doña Herminia examinó la parte inflamada y, suspirando, se fue con Silvano al mercado. Nada preguntó.

Ñoño se levantó y fue hasta la esquina. Contó los hechos al Pata y compañía y les pidió ayuda para eliminar a Chavano.

—Cómo no, mi lombriciento —habló por todos Mamachido—,  nomás que te va a costar el terrenito, ¿ya vas?

Ñoño aceptó y el brillo de sus ojos se incrementó.

—Par de mensos, ya alucinan —comentaron después—, de tarugos no tienen nada. Vamos a proponerles que se avienten un duelo a topes y al que se le abra más pronto la cabeza, pierde.

Antes, estuvieron de acuerdo, le darían un susto a Chavano. Pero ni caso les hizo.

—Abusado, que hasta le anda madrugando el Ñoño —le dijeron. Pero Chavano sólo reía y caminaba.