Felipe López Veneroni/Noticias y Debate M3

CDMX, 14 de diciembre, 2019.- Quizás el efecto político más devastador de la detención de Genaro García Luna es que, al validar uno de los dos ejes semánticos del discurso de López Obrador (el combate a la corrupción; el otro es el de la austeridad) complica aún más la construcción de un discurso político alternativo al de la 4T. Y no porque éste sea significativamente sólido o esté bien estructurado (aunque sí es relativamente fácil de comprender), sino porque después del 1 de julio de 2018 los grupos políticos que hoy componen la oposición quedaron, literalmente, en el más absoluto desconcierto.

Después del “culiacanazo” y, sobre todo, después de los hechos ocurridos en Sonora y Chihuahua con la familia Le Barón, parecía que la oposición comenzaba  ligeramente a recuperarse (varias marchas, la formación de dos nuevos partidos), pero lo de García Luna constituye un golpe frontal, del que será difícil que se levante.  No fue un golpe para el PRI, Movimiento Ciudadano y el PRD, algunos de cuyos militantes están abandonado sus filas para formar Futuro 21. Pero sí lo es para el PAN. 

Y lo grave de este incidente es que de todos los partidos que perdieron el 1 de julio de 2018, el PAN fue el único que logró mantener alguna presencia política relevante, tanto legislativa como estatal (Guanajuato y Chihuahua), por lo que podría haberse perfilado como la opción más seria frente a Morena. A su vez, de los pocos actores políticos de oposición que podrían haber hecho algo de sombra a López Obrador, el mejor posicionado parecía ser Felipe Calderón, cuya presencia en plataformas digitales e, indirectamente, en el discurso del propio López Obrador, le habían dado algo de oxígeno mediático.

Ahora bien, aun cuando Calderón ya se había distanciado del PAN (o, para ser más verídicos, éste de aquél), logró cierta presencia mediática al estar formando un nuevo partido político que podría haber jugado un papel importante para acotar la mayoría legislativa de Morena de cara a las elecciones intermedias de 2021. Pero después de la detención de García Luna, resulta bastante claro que la legitimidad de Calderón como un interlocutor válido en el diálogo político nacional, ha quedado socavada.

Mientras los desplantes de la oposición se limiten al grito y sombrerazo, o a la organización de marchas “ciudadanas”, el único peligro que corre la 4T, hasta el momento, es el que provenga de sus propios errores, sus contradicciones y sus errores y no de un proyecto alterno de gobierno, fincado en un discurso creíble y en una propuesta viable.

Y esto es algo que debe preocuparnos no porque haya que estar necesariamente en contra de la 4T, sino porque una cultura política democrática requiere de diversos proyectos que compitan abiertamente en la esfera pública. El saldo de la elección de julio de 2018 fue el de una devastadora derrota al modelo económico de corte neoliberal que se impulsó desde principios de la década de 1990 y que se continuó después de la alternancia del 2000. 

Justo es decirlo: la crisis de ese modelo se debió más a la opacidad, la arrogancia y la corrupción de la clase política institucionalizada (que, después de Pacto por México, en 2012, también alcanzó al PRD) que a las debilidades estructurales del modelo en sí. Pero ahí radicó la inteligencia de López Obrador: llevar el debate no al terreno técnico (o incluso ideológico), sino al terreno de la ética y la moral pública. 

Su discurso político, desde 2006, ha gravitado esencialmente en esos dos puntos: el de la corrupción y el de la austeridad. Nuestras instituciones estaban corrompidas hasta la médula y lo único que se había conseguido con el modelo de libre mercado era aumentar la pobreza y la desigualdad (basta apuntar hacia el grado de concentración de la riqueza para darle la razón). A su vez, destacó bien la contradicción entre un gobierno cuyos altos funcionarios gozaban de prebendas y privilegios inauditos, mientras la población en general había quedado al margen de los beneficios del desarrollo.

La oposición que queda no ha sabido o no ha podido generar un contra argumento de peso. Hasta el momento se ha centrado en cuestionar la figura de López Obrador, destacando sus defectos personales y su escaza estatura como estadista, pero no ha sido capaz de ofrecer una alternativa que pueda atraer a un electorado lo suficientemente amplio para mermar la mayoría legislativa de Morena y, consecuentemente, acotar la toma de decisiones por parte de López Obrador. 

Dado el estado de confusión que reina en el PRI y el desmoronamiento del PRD (partidos, ambos, que han perdido su identidad doctrinaria: el primero al alejarse del discurso nacional revolucionario y el segundo al alejarse de la izquierda), la única opción más o menos viable era la que ofrecía el PAN y, de manera individual, lo que Felipe Calderón podría haber construido al margen de éste. La detención de García Luna no podía haber llegado en un peor momento para esta incipiente oposición, que tiene que replantearse por completo su visión del futuro (es muy difícil la vuelta a lo que había antes) y su discurso político. La 4T, pese a sí misma, va en caballo de hacienda hacia el 2021.

El autor de este artículo es académico de la Facultad de Ciencia Políticas y Sociales de la UNAM.