Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 2 de marzo, 2019.-Fueron días agradables, de familia y convivio. Todo comenzó porque a uno de los primos se le ocurrió armar un equipo de futbol. Solo había tres en la familia que habían jugado decorosamente en equipos del barrio. Pronto logramos armar un cuadro, aunque la mayoría de los integrantes jamás habían tocado un balón de futbol.

 Eran domingos alegres en los llanos en donde íbamos a jugar. Casi  siempre jugábamos  por el rumbo del panteón civil, todavía había muchos llanos, por lo tanto, canchas de futbol. No muy adaptadas para la práctica del deporte, porque estaban llenas de chipotes y vestigios de sembradíos de maíz. Pero eso no importaba a los improvisados aficionados al llamado el juego del hombre.

Todavía estaba con nosotros mi hermano Lalo. Fue por esos días cuando falleció, apenas tenía 16 años. Son parte de algunas historias trágicas de la familia. Pero Lalo se la rifaba en el campo a pesar de ser tan joven. Tenía temple y carácter.

Fue en aquel tiempo  que don Willy se estrelló contra una barda perimetral del campo donde jugábamos. Esperaba controlar un balón elevado, y al mirar hacia arriba perdió el sentido de la distancia, corrió hacia hacía  su lado izquierdo  y se golpeó la cabeza. Afortunadamente no le pasó nada a la barda, que era de trozos  de loza de concreto.

Veíamos que después del golpazo  nada más daba vueltas como trompo chillador.  Willy comentó  que andaba como en automático, porque nomás no “capisqueaba” nada, pero de  ahí no pasó a mayores.

El equipo era un show. Mi hermana Chayo se enojaba mucho cuando no metíamos a jugar a su esposo Nicolás, que no era muy hábil con el balón, incluso cuando entraba al campo, al igual que  El Codito (mi padrino), mi primo Chucho, el capitán del equipo, irónico  les decía: “pónganse donde quieran nomás donde no estorben”.

Pero no nos la acabábamos con mi hermana Chayo cuando Nicolás anotó un gol impregnado de rareza, porque apenas entró a la portería rodando, y al parecer golpeó un borde de la tierra porque al portero se le fue, quien solo mostró una mirada incrédula. Mi hermana nos dijo: “Ya ven pendejos como Nico sí sabe jugar”.

Teníamos nuestra porra, a veces  nos acompañaba mi tío Jorge, papá de Tito, Jorge y el Pato (integrantes del equipo). En otras ocasiones Iba mi primo Toño, mi tío Chucho. El Matador pocas ocasiones fue a los partidos porque no le gustaba el futbol. Luego iban otros parientes y sobre todo varios niños.

La Chigüila, Chucho y yo eran los que más experiencia teníamos como futbolistas. Mi hermano El Pelos parecía que estaba practican karate cuando levantaba sus patotas. Mi hermano El Gordo, con trabajo se movía. Mientras que el Mesie era el extremo volador que nomás no corría, aunque intentaba  tomar velocidad nomás no agarraba una.Pero nos divertíamos. Siempre nos reforzaron dos o tres vecinos, quienes al menos alguna vez estuvieron en un equipo de futbol.

Aldo, La Lechi, también se defendía, lo mismo que mis primos Javier, Héctor, El Copetes,  y Jorge, El Chuleco.

Jugar en un equipo de futbol requiere de tiempo y de un poco de disciplina, porque en la mañana había que desayunar poco, luego acomodar  el uniforme en la mochila o en alguna bolsa. Y ver la forma como llegaría uno al campo, ya sea irse con algún primo o tomar el camión en la avenida Ermita Iztapalapa.

El equipo no duró mucho tiempo, tal vez no más de dos años. Le pusimos de nombre Fuego Nuevo, porque en el cerro de la Estrella de Iztapalapa, en la época prehispánica allí se celebraba esa ceremonia religiosa. Nosotros vivíamos en el Barrio de San Miguel.

Después de jugar en ocasiones nos íbamos a  la casa de El Matador, nos acomodábamos  en el patio, bajo el pirul, Uno o dos cartones de chelas y a platicar de lo sucedido en la cancha. No todos bebían, Chucho, el Pelos y El Gordo se habían retirado del vicio. Los demás  le entrábamos sabroso, incluso a veces en ocasiones le seguíamos con un roncito, como desempanse. Eran tiempos alegres, aunque el equipo no era muy bueno, cómo nos divertíamos.

Recuerdo que alguna vez jugamos un partido amistoso con nuestros vecinos los carniceros. La verdad es que no jugaban mucho pero sabían pegar bien. Esa ocasión  por lo menos cuatro de nosotros salimos con algún golpe en el tobillo o la espinilla. Y ni cómo hacérsela de tos si eran bien buenos para los trancazos. Además de que siempre nos llevamos bien con ellos, había respeto, lo que no con otros vecinos.

Después de varias décadas solo queda el recuerdo, porque finalmente en el barrio no hay muchas opciones para divertirse, así que el futbol llanero  era increíble, sin contar que en la deportiva de La Purísima jugaban equipos bastante buenos que ofrecían un buen espectáculo y sin pagar un solo peso. \lsds