Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 4 de julio, 2020.- Las fiestas familiares entre los habitantes del barrio eran pretexto lúdico y báquico, hedónico, para echar la casa por la ventana ora que hay modo y que los centavitos ahorrados todavía algo valen. Las fiestas eran de variada especie en cuanto a su denominación y se agregaban a aquellas que se llevan a cabo por tradición, inercia o contagio del espíritu, como en los casos de Navidad y Año Nuevo.

San Se Acabó y ya chole con tanto noviazgo de manita sudada a la puerta de la vecindad o departamento: en el barrio o colonia de su predilección o necesidad, la estrella y la herradura de flores blancas aparecen en el respectivo domicilio de cada quien.

Estrella y herradura: ella y él, comprometidos para llegar hasta el altar y dar el “yes, í’iñor: nos aceptamos como marido y mujer hasta que La Huesuda nos separe”. (Si es que antes no aparece en el camino la silueta de la Señora Tentación en sus múltiples facetas.)

¿Y éso qué quiere decir? Boda, pachanga, fandango y que lleguen los cuates a temprana hora, ya se corrieron las invitaciones y la misa es a las cinco peme del sábado, para que el domingo ayude a curar los estragos del molito y las cubas y los calambres producto de tanto bailongo al son de las Estrellas de la Matancera y los rockanroles sesenteros y ya entonados: los marichis y las canciones de rompe y rasga.

Claro, sin olvidar que “a la víbora-víbora de la mar”: por debajo de la cola de la novia hay que pasar y las chicas casaderas: a las vivas, que ya va a lanzar las ligas y el ramo, la que lo cache tiene esperanzas de agarrar aunque sea un borracho para desvestir. No hay límite de edad para soltarse el pelo y la suegra le da con fe al guarachazo con el novio y el suegro con la nuera, entre snifffs-snifffs y declaraciones de: “no perdí un hijo, gané una hija, snifff”.

La boda era fiesta obligada: no cualquiera tenía el valor, a esas alturas de los raquíticos presupuestos familiares, de emboletarse en la organización de la reunión donde se irían buenos billetucos.

La familia y los cuates apoyaban en los gastos, vía la consecución de padrinos en sus múltiples modalidades: que de chupe, sonido, fotografía, traje, cojines, zapatillas, mariachis y todo lo demás, que es mucho pero que finalmente fortalece las relaciones de los desposados con sus parientes y amigos.

Los desposados, aquellos que no se la pensaban (cómo cambia la vida, la vida cómo cambia) para “a la de ya” escribirle a la cigüeña con tinta sangre del corazón, ahí se la van llevando tranquilos: en lo que terminan de instalar el nidito de amor, a complicarse la existencia con la llegada de una boca más.

Así, llega a suceder que la pareja le pone, Natura dispone y ¡cuaz! alguien berrea desde la cuna y pues ya qué: hay que bautizarlo si la tradición y las creencias obligan, lo que daba pie a una fiestecita para agasajar a los compadres y a los que antes se pusieron a mano con su participación en esas cosas llamadas beibichagüer que tanto ayudaron para dotar de ropita, juguetes y chácharas al futuro integrante de la raza de bronce.

De ahí en adelante pretextos no faltaban para soltarse el pelo fiestero: que la presentación en sociedad, a los tres años de edad del enano o enana a la que se le hace la pachanga, con vals y todo mientras los comensales mueven bigote con fe y se instala el señor de la tornamesa y las bocinas para desearles que pasen un agradable momento con sus familiares y amigos, y a este ritmo que dice, ¿cómo dice? Chaca-chaca-chá, se suda pero se goza, mi reina, a ver cuándo nos invitas otra vez, estuvimos muy bien en ambiente y mañana me doy una vueltecita para ayudarte a lavar tanto trasterío.

Los cumpleaños, el vals del chamaco porque ya salió de sexto año de primaria y hay que hacerle algo, aunque sea una tamaliza para que conviva con sus amigos. No le hace que la pareja se cargue de deudas; son momentos que nunca volverán a repetirse, y ya se vienen los quinceaños de la Nena, hay que reunir una lana para su vestido y para pagarle al maestro y alquilar el sonido. Cada celebración hace que la gente se truene los dedos, pero ya después, ¿quién nos quita lo bailado? Porque si no fuera por recuerdos como éstos… ¡ay, ¿te acuerdas?!