Leticia Suástegui/Noticias y Debate M3

CDMX, 24 de marzo, 2019.-Recuerdo claramente ese día cuando estaba a punto de presentar un examen. Me sentía algo nerviosa, pero me había preparado semanas antes para ese momento y creía estar lista. De repente apareció “Felipito”, ese amigo de Mafalda que decía que quería poner atención en clase y mientras lo pensaba repetidas veces, se daba cuenta que no había escuchado lo que le habían preguntado.

Así, al igual que ese divertido personaje, mi evaluación terminó siendo un chiste de tira cómica.   Felipito es lo más parecido a una voz interna y continua que me dice que no soy suficientemente buena y que me puedo caer cuando menos me lo espere. Que hay personas más interesantes, lindas y aventadas que yo.

También me susurra al oído que no me la crea, porque mi suerte puede cambiar en cualquier momento y fracasar. Lo peor es que muchas veces la escucho y, peor aún, le creo.   Algo así plantea el Director Alejandro González Iñárritu en la película de Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, cuyo principal protagonista es “El ego”.

Sin quitar el muy merecido mérito al extraordinario Michael Keaton, me recordó a ese ser que se tambalea a la primera opinión de un desconocido, que espera la afirmación social para sentir que lo que hace vale la pena y que, lejos de ser una víctima de la crítica, espera con ansias recibirla, porque igual le aplauden, se siente satisfecho consigo mismo y vuelve a volar.  

Nadie está exento de ponerse a prueba social y personalmente, pero cuando esa voz que cuestiona sirve para inmovilizar más que para replantear, tenemos a un fiel enemigo que no se irá tan fácilmente. Si bien Keaton nos lo muestra a través del personaje de Riggan Thomson, un actor de películas de acción que desea incursionar en el teatro neoyorkino, esa sensación de vulnerabilidad no es exclusiva del ser público o creativo.

 La empatía con el personaje es evidente si en algún momento tu propia sombra te ha echado a perder la fiesta.   Efectivamente no es fácil tomar decisiones. Arriesgarse cuando nadie lo esperaba o no hacerlo cuando todos lo creían, pero al final ¿quiénes son todos? Tal vez es más duro pensar que casi nadie nos observa y asumir nuestra efímera existencia sin testigos que la determinen.

El ego nos empuja hacia una necesidad de trascendencia que, lejos de ignorar, habría que buscar con humildad.   Debo admitir que la voz que persigue al personaje de Rigan es mucho más grave y sofisticada que la mía, pero ambas tienen la misma función: meter miedo, y  nada como colgarse de ese sentimiento para tirar la toalla.

Así, ante un panorama difícil de resolver a corto plazo, dada la constancia de mi acompañante, sólo me resta ser firme y decirle a Felipito ¡no pasarás! Yo estoy a cargo.          

La autora es Académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Maestra en Comunicación por la misma institución. Además cuenta con estudios de Doctorado en Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid, España.