Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 15 de septiembre, 2019.- La gran capacidad del poder es no mostrar precisamente su capacidad de poder, para pasar inadvertido, casi invisible. Así también son múltiples las formas en que se expresa el ejercicio del poder y, no siempre se expresa como represión o violencia, las más de las veces se ejecuta como una buena intención o una exhortación. Sin embargo, la eficacia del poder es capaz moldear nuestros ser, nuestros cuerpos y hasta nuestras esperanzas.

Estas festividades patrias son ejemplo de lo anterior. Un festejo que se sustenta en la construcción del patriotismo, es decir, en el amor hacia la patria, que no olvidemos nació de la violencia contra los pueblos y las naciones originarias para someterlos bajo la administración del Estado-nación. Pero que hoy se ahoga en el grito de: ¡Viva México!

El Estado mexicano se encargó en mantener la construcción del otro a partir de lo que heredó de la Colonia. Así el otro del colonizador, del criollo y del mestizo se denominó desde el poder de éstos como: “indio” o “indígena”. Y esta denominación significó no sólo despojar al otro de un nombre originario, también significó clasificarlo y dotarlo de una identidad desde un poder externo.

Con tal eficacia que los pueblos a lo largo de los años han aceptado esos términos del “indio” o del “indígena” expresado desde el Estado mexicano. Hoy hay que vestirnos de “inditos” o de “indias bonitas” para celebrar al nacionalismo que se sustenta en estereotipos de cartón.

Las festividades no son otra cosa que ritualidades que mantienen el poder estatal pero que también lo ensanchan. A tal grado que hasta los pueblos demandan adentrarse a las fauces de la bestia, extendiendo la capacidad de control estatal en el corazón mismo de los pueblos, es decir, en sus lenguas; por medio de traducir el himno nacional a las “lenguas indígenas”.

Es más ahora se hacen convocatorias para crear himnos de los pueblos para copiar la retórica nacionalista. Es la seducción de la patria.

La mitología estatal es asfixiante y hasta ahora los pueblos originarios no han tenido la posibilidad de dar sus versiones o visiones de la gesta independentista que construyó a México. Por eso no falta quien desde los pueblos originarios regurgité hinchado del espíritu nacionalista los lugares comunes de un Estado macho y violento.

Sin embargo, recordemos un punto, ni siquiera el nacionalismo ha logrado la incorporación del otro del Estado a éste de manera total. Por ejemplo, desde tu’un savi al mestizo se le denomina tee stila, es decir, el “hombre de castilla”: el externo, el ajeno, el otro. Y así se le ha denominado por siglos al colonizador, al criollo y hoy al mestizo.