Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 11 de marzo, 2019.- Los dedos las manos no son iguales y  lo mismo ocurre con los integrantes de una familia. Hay moderados, estudiosos, responsables y chambeadores, pero también flojos, acelerados, “pedocles”, y ojo alegres. Sin embargo, a esta altura de la crisis social, a lo que más aspiran muchos padres de familia es que sus hijos e hijas sean personas de bien; que sepan proteger a sus familias y que hagan todo lo posible por salir adelante, pero sobre todo que se alejen de vicios y perversiones.

Los parientes y vecinos aseguraban que nuestra  familia era de locos…pero no peligrosos. Dos o tres de nosotros les gustaba quemarle las patas al demoño, y otros más habíamos heredado el gusto por el jugo de las verdes matas. Decían que estábamos destinados a entrar a las filas de la delincuencia, pero eran puras exageraciones.

De los nueve hermanos, la mayoría  abandonó la escuela apenas  con educación básica. Otros se dedicaron desde jóvenes a trabajar. Solo dos tuvieron la oportunidad de obtener una carrera profesional. Varios de nosotros estuvimos siempre desorientados, siempre faltó un guía, no obstante a pesar de  desencantos y desencuentros salimos adelante, unos más que otros, pero finalmente supimos construir una familia.

Es cierto que en mi familia estuvimos marcados por una especie de locura que heredamos del abuelo Aurelio y de mi padre El Matador. Y así ni cómo pedirle peras al olmo. Dicen en el rancho que mi abuelo una vez le dijo a mi padre: “He conocido locos pero como tú ninguno”. Nada más por asustar a Herminio, un pariente del rancho, lo metió al panteón que estaba en el cerro para nada más ver qué cara ponía. “¡Ay Alfredo, tú ni a los muertos respetas!”, le dijo.

Es cierto, no era una locura tan peligrosa,  a lo más andar en carreteras con autos destartalados; manejar carcachas sin saber conducir; subir a los caballos sin haber sido adiestrados (ellos, no los caballos) y una serie de sandeces que más que locura rayaba uno en el pendejismo.

Mi hermano El Pelos, cuando era joven se ponía algunas guarapetas marca diablo, brincaba por las azoteas de los vecinos y le daba por manejar como loco. Pero le duró poco el gusto, porque después ingresó al grupo de Alcohólicos Anónimos donde mi papá, El Matador, era uno de los jerarcas.

Pero en su sano  juicio El Pelos también parecía loco. Una vez manejando un taxi, quién sabe cómo estaría pero quedó trepado arriba de una patrulla. Cuando trabajaba en la Procuraduría del DF como perito fotógrafo, ni a los muertos respetaba. El Mismo platicó que una vez fueron por un cadáver hasta la punta de una barranca, y luego de hacer las labores de costumbre, no podían con la persona muerta, estaba muy pesada. Así que la bajaron rodando. Hace unos años, un caballo medio lo mató, pero finalmente la libró. Con todo lo mal que quedó, como prótesis en la cadera y en la pierna, todavía se da sus mañas para montar a caballo.

Mi hermano El Gordo sí  se acercó mucho callejón de los malosos, pero tuvo la ventaja de casarse a los 17 años y con eso  le cortaron las alas. Siempre anduvo de camionero y conductor de autobuses. En realidad nunca fue alcohólico, pero también fue a parar a doble AA. Pero con él, dicen sus detractores, era mejor caer en la cárcel que en su boca. Pero exagerada que es la gente, ahora tiene un negocio decoroso que le permite vivir bien. No podemos asegurar que mi hermano El Gordo esté totalmente cuerdo, pero el que esté libre de culpa.

Y qué decir de mi hermano El Pecas, que finalmente se convirtió en médico botánico del Politécnico y de la Universidad de México. Ofrece consultas en el rumbo de las Grutas de Cacahuamilpa, Guerrero. Allá lo conocen como Ángel. Ha sido un buen enamorado, dicen que ha vivido como con cuatro mujeres. No ha tenido hijos, quizá por eso también le dicen El Splenda, porque endulza pero no engorda.

Desde que era pequeño le gustaban los cuentos, porque cómo inventaba cosas. De niño creció con el artista Arturo Peniche, y eso es real, tal para cual. En una ocasión, cuamndo vivíamos en San Miguel, una señora tocó la puerta y preguntó:

–¿No están los licenciados?

–Pus, ¿cuáles licenciados?, aquí hay puro burro, contesté en broma.

–Los primos, son dos muchachos altos y güeros, amigos de mis hijas y quedaron en ayudarnos en un problema que tenemos–respondió

–Ya sé, son ese par de sinvergüenzas;  no son nada. Mire señora mejor cuide a sus hijas y no les crea nada a ese par de chismosos.

Digamos que esa es la tercia que más lata dio, sin contar al Matador, que ese se cuece aparte. Lo que sí hay que admitir, que nadie le llegó a mi papá ni en lo borracho ni en loco, ese si era un garbanzo de a libra que tantos dolores de cabeza le dio a mi madre, La Güera.