Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Mrelia, Mich., 28 de julio.-En aquella ocasión  mi padre, El Matador, había comprado un Ford Mercury modelo 52, color verde albahaca. Parecía que fue pintado a brochazos, tenía llantas y máquina totalmente desgastadas: era una carcacha. Con muchos trabajos mi papá lo pudo estacionar.

A los pocos minutos se acercó mi abuelita Mati, vivía a un lado de nuestra casa con la familia de mi tía Celia. Caminó alrededor del auto, lo observó detenidamente, como quien viera por primera vez un diamante, y luego le comentó a mi padre que la observaba.

–¡Está güenote Felo!

Mis hermanos, mis primos y yo, que también veíamos la nueva adquisición del Matador, pero con otros ojos, pegamos la carcajada. La frase de mi abuelita era clásica, pero el pobre auto, apenas si arrancaba. Pero si a ella no le agradaba la forma de la risa  de alguno de nosotros, decía:

–¡Ahí  va la vara!–, otra de sus frases preferidas para amedrentar a sus nietos que se portaban mal.

Ya tiene varias décadas de eso. Fue a inicios de los 70. Iztapalapa era un lugar tranquilo, relativamente, pero en el barrio había muchos baldíos, como el de tío Paz donde acostumbrábamos, mis primos y yo,  jugar futbol con los parientes de Los Burreros. Fueron tiempos agradables.

Por las mañas, ocasionalmente, Doña Mati, como le decía mi papá, le llevaba hasta la cama un pocillo de medio litro de leche caliente con Nescafé, acompañado de una concha de chocolate, para que El Matador comenzara bien el día.

A doña Mati también le gustaba ir al rancho La Teja que le había dejado mi abuelo Aurelio, a unos kilómetros de Aculco. Sobre todo en diciembre iba a ver la cosecha de maíz y frijol que había sembrado a medias con Lanas, quien además de socio, finalmente compró esa propiedad.

Dicen que de joven a mi abuelita  no le agradaba el rancho porque estaba totalmente aislado. Había que caminar más de dos horas de Polotilán, o Aculco para llegar a La Teja. El camino por La Nave era un poco más corto, pero sinuoso por las barrancas. Así que se la pasó más tiempo en Iztapalapa, mientras que mi abuelo Aurelio seguía en el rancho, donde había nacido y le gustaba vivir.

Doña Mati tenía otro terreno en las faldas del cerro de La Estrella, en Iztapalapa. Le llamaban El Cornejal. Lo mandaba sembrar de maíz, y cuando la milpa apenas estaba creciendo,  mi padre, hermanos y primos íbamos a desyerbar. El Matador colocaba una cerveza caguama al inicio y al final del surco. En realidad no hacíamos mucho pero la pasábamos bien. El Matador bajaba del cerro ya medio mareado, es decir, con media estocada. Después de varios años, el terreno fue invadido por personas que construyeron ahí varias viviendas.

Por ese tiempo, mi hermano Alfredo compró un auto Opel, de los primeros que llegaron a México muchos años antes. Ese sí de plano estaba pintado a brocha, color verde turquesa. La máquina tenía tres aumentos para que no se mojaran las bujías; parecía lancha por el mal estado de la suspensión. Cuando todos observábamos la compra de mi hermano, mi abuelita le repitió la dosis:

–¡Está buenote Felo!

Mi hermano también se llama Alfredo, y de cariño era eso de Felo. Lo más inolvidable era el optimismo de Doña Mati, que en paz descanse.