Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 12 de junio, 2019.- El sueño del Mara’akame del director Federico Cecchetti actualmente se exhibe en la Ciudad de México. Cinta que narra la historia de Nieri, quien es un joven wirárika que intenta seguir como indica el nombre del filme: sus sueños.

¿Pero de qué está hecha la materia de los sueños de Nieri? Antes de dar una respuesta a esta dimensión onírica, hagamos una parada a la dimensión de la vigilia, es decir, en la realidad de Nieri.

Adolescente wirárika, hijo de un mara’akame, es de decir, de un hombre sabio, un “cantador y sanador”, como se hace referencia en la película, pero que se encuentra en el tránsito a la vida adulta. Y predeciblemente a continuar con la tradición de “hombre-medicina”.

Sin embargo, él quiere emular a sus iguales que tienen una banda musical (aquí el género musical se nubla, a pesar de que para el cartel se eligió un tipografía que alude a la banda de metal Iron Maiden, pues está más cerca de la cumbia que a otra cosa). Y cuya aspiración es ser la mimesis de la agrupación existente Huichol Musical, que es catalogada como “regional mexicana” (cuyo mayor éxito ha sido su interpretación de la cumbia Cusinela).

Este es el nudo de la película, a partir de la tensión entre el mundo de la juventud y el del de adulto, pero también enmarcada por el conflicto de mayor escala entre una cultura originaria y la macrocultura mestiza. Esto se verá agravado cuando la banda de Nieri viaja a la Ciudad de México a una presentación, precisamente acompañando a Huichol Musical, pero Nieri no cuenta con el permiso de su padre.

Al final, Nieri ofrenda y logra llegar metrópoli, acompañando a su padre a vender artesanías, pero sobre todo a ser parte de “rituales” new age con el consumo de peyote por delante. Se hace una crítica a esta práctica y su lejanía con el ritual. Es ahí donde empieza a dar una lucha entre lo verdadero y lo falso, como si fueran instancias distantes y bien delimitadas.

Entonces el sueño se funde con la realidad, que dará como resultado la pesadilla. Pues después de una revisión de su padre, el mara’akame, en un consultorio esotérico a un niño que fue llevado por su madre, a quien le confiesa que el pequeño tiene un grave mal, pero que no puede hacer nada por él.

Sin embargo, a Nieri días antes ese mismo niño se le presentó en un trance de peyote, esto marca un lazo indisoluble entre ambos.

Más tarde Nieri se queda solo y con la responsabilidad de la venta de artesanías, pero desacede el mandato del padre al salir en búsqueda del lugar donde tocara su banda, con la previsible consecuencia: el castigo. Pues le roban y golpean en la calle, pero la madre del niño lo rescata (mostrando una vez más que la Ciudad de México es un lugar más pequeño de lo que se cree) y lo lleva a casa, pero ella tiene que salir y lo deja con el niño, quien empieza a tener una crisis.

Nieri decide abandonarlo y seguir su sueño de volverse famoso con agrupación musical. Al final llega minutos antes de que empiece el show, con los anhelos que representa de manera estereotipada: los goces, los excesos, el sexo. Sin embargo, la fuerza de la tradición lo empuja a su “verdadera” vocación que como dice el nombre de la cinta: ser mara’akame.

Así la película sirve como mecanismo para reafirmar la verdadera identidad (como si existiera). Pero sobre todo señalar que los mundos siguen siendo totalmente apartes, es decir, que no existe interculturalidad, pero más aún que los jóvenes pueden darse ciertos excesos, sentir deseos sexuales, apostar por la rebeldía (pero sólo es un momento de crisis pasajera) para restituirlos en el orden de la pureza cultural, manteniéndolos encerrado en el “corral” del mundo mágico que desde el mestizaje estatal se ha construido sobre la cultura wirárika.