Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 22 de septiembre, 2019.- Los primeros pobladores de la colonia carecíamos de todos servicios urbanos. Quienes resistieron a inundaciones y tolvaneras propias de aquellas colonias, tenían que ingeniárselas para subsistir: si de agua se trataba, las lluvias proveían: sólo era cuestión de colocar los recipientes adecuados en las goteras de los tejados y luego hervir el líquido.

La electricidad podía tomarse de la línea que abastecía al único molino de nixtamal establecido en las cercanías. Esto dio origen a descomunales telarañas de cables que, para la gente de fuera, afeaban el paisaje e impedían volar papalotes con toda libertad. Pero luz había, aunque hubiera que alternar el radio de bulbos con el de baterías en la noche, cuando los consumidores hacían uso de sus instalaciones.

La cuestión del drenaje la solucionaban de diversos modos los pioneros. Los guáteres, por ejemplo, se instalaban sobre fosas sépticas (si se contaba con los recursos necesarios para construirlas) o sobre los pozos excavados para ese fin.

En la construcción de las letrinas participaba toda la familia. Y una vez que el agujero se colmaba, había que cavar otro en algún lugar del terreno que a los veinte centímetros ya manaba agua salada y amarillenta.

La letrina, baño o guáter (nombre que comúnmente se le daba) constaba de una tarima sobre la oquedad, con una perforación cuadrada al centro. O podían ser dos o más, al gusto, sobre las cuales se colocaban asientos hechos de madera; así se salvaban posibles aglomeraciones ocasionadas por alguna afección estomacal. Además, permitían el diálogo o la lectura de historietas, con vecinos para intercambiar ejemplares.

Pero los pozos no eran eternos. Cuando ya se advertía la necesidad de uno nuevo, se buscaba el sitio adecuado y si no había la suficiente mano de obra, se contrataban chavos para hacerlo.

En realidad eran dos las misiones: excavar el nuevo… y tapar el ya colmado; para esto último se utilizaba la tierra de la nueva excavación, basura y cascajo; si por suerte algún perro muerto andaba por los alrededores, ya tenía una tumba digna y sus restos mejor fin: servir de abono a un eucalipto, fresno o pirú, especies favoritas entre el vecindario.

Quien estrenara el nuevo guáter tenía que dar el remojo: invitar los refrescos o los tragos, según la edad y capacidad económica. A los chamacos tenían que andar espiándonos los mayores, para que no estrenáramos pues carecíamos de recursos para “disparar” por el remojo.

Pero la verdad es que casi siempre uno se las ingeniaba, por lo que se decretó que el remojo que valía, el de-a-deveras, era de un adulto no necesariamente al tanto de que el sitio estaba intacto. Había incluso otros que reservaban el remojo a las visitas, y había que esperarse hasta el domingo en que era más probable la llegada de éstas. Entonces ya se tenía un pretexto para invitarlos para que se quedaran a comer y claro que había chelas o pulque, si es que no se le ocurría faltar al pulquero que cada ocho días pasaba con su burro cargando las botas llenas de tlachicotón made in Texcoco o Coatlinchán.

Claro que no todos los vecinos festejaban un acontecimiento como este, pero nosotros formábamos parte de la calle de los michoacanos (por parte de mi apá) y entonces no había pierde: mientras los mayores festejaban y sacaban el radio o el tocadiscos Radson al patio, los chamacos disfrutábamos de un día con bastante dinero, pues cada visita que llegaba se ponía a mano con el domingo para cada quien. Entonces podía uno hacerse de trompos, canicas, baleros, yoyos o el juguete de la temporada, y comprar de los recién nacidos pastelillos chatarra o chocolates con tal de obtener las estampillas (larines, les llamábamos) para jugar volados, intercambiar o apostar para tener las necesarias y completar los álbumes.

Y todo era posible gracias al estreno de la letrina y a la tradición del remojo.