Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 23 de marzo, 2019.-Se acercaba la Semana Santa y mis padres, hermanos y yo pensábamos de inmediato que nuestro destino para esos días sería el rancho de abuelo Aurelio, aunque en realidad esa propiedad ya no era de mi abuelita Matilde. Sin embargo, en la casa de Chimino éramos recibidos como en familia.

Les daba gusto que llegáramos, que de pronto apareciéramos por la loma que conduce a Santa Ana, o bien en coche por la casa de Porfirio. A pesar de  ser un lugar semiárido, la fiesta la hacíamos todos. Era agradable estar en la cocina de la casa de Chimino construida de adobe y teja, tomando café, con tortillas recién salidas del comal y un plato de frijoles de la olla, acompañado de salsa, queso o cualquier otro alimento.

Parte de la familia recuerda con nostalgia el lugar donde nació el abuelo y vivió la mayor parte de su vida. No fue fácil salir adelante en esas tierras  donde “solo había nopales, magueyes y piedras”, diría mi tío Agus. Pero cualquiera que conoce la provincia sabe bien que no hay nada más valioso en la vida  que el lugar donde nace uno, o al menos,  donde pasa los primeros años de vida.

El abuelo le gustaba  la libertad del campo, y también el pulque que cotidianamente compartía con su peluquero que a la vez era su médico de cabecera. 

–Cómo ve doctor, ando un poco mal del estómago. Los médicos de la capital dicen que ya no debo tomar, porque la huesuda ya anda tras de mí. ¿Me hará daño si me hecho una jicarita?

–Esos de la capital no saben nada. Al maguey sólo le faltó un grado para ser carne don Aurelio. Una jicarita no le hace daño a nadie don Aurelio, al contrario le asienta la panza.

Don Aurelio siempre usaba sombrero ancho como los rancheros de la década de los 30 del siglo pasado. Cuando joven se alistó a la policía montada y por cosas del desino fue a dar a Iztapalapa. No fue el único,  por lo menos un regimiento fue enviado a esa pequeño barrio que aún era provincia, muchos se quedaron y se casaron con mujeres de San Miguel.

Fueron tiempos de andar por veredas y el camino real, donde ahora son ejes viales. Había manantiales, y sembradíos de maíz y frijol. Iztapalapa era solo un pequeño pueblo y en sus alrededores  se podrían apreciar pequeños ranchos y casonas. Allí, don Aurelio conoció y se casó con la abuela Mati. Tuvieron a mi tío Chucho, el Matador, Agustín y mi tía Celia.

 Ha transcurrido más de medio siglo y los nietos de don Aurelio siguen visitando a familiares y amigos cercanos. La Teja se vendió años después de que falleció el abuelo. Sin embargo, varios nietos y bisnietos siguen visitando a los parientes y amigos, porque a pesar del tiempo hay muchas cosas que se mantienen como hace casi un siglo. Pero hay muchos recuerdos que reviven la nostalgia.

 Hace unos años los tres hijos de don Aurelio participaron en una cabalgata que partió de San Ana a Higuerillas. Iban todavía mi tío Chucho y mi papá Alfredo, mejor conocido como el Matador. Es cierto que una vez que partió el Matador, ya se ha ido acabando el ánimo para ir a esas tierras, pero a pesar del tiempo siempre hay algo que nos llama, aunque las voces cada vez se escuchen más lejanas.