Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 9 de septiembre, 2019.-Este año, que aún no acaba, ha sido difícil para nuestra familia que en tres ocasiones se ha vestido de luto. En mayo falleció mi primo Javier de la Garza Martínez. Tenía poco más de 50 años. Fue un  duro golpe para sus hijos y esposa, y también para mi tía Celia, hermana de El Matador, al igual que para sus hermanos, sobrinos y primos. Se le quería bien.

Un mes después murió Male, hija de mi Tía Martha (que también se nos fue hace unos años), aún  le quedaba mucho tiempo  por vivir, pero uno nunca sabe. El deceso también sacudió a sus cuatro hermanas y a mi primo Arturo. Es cierto que la muerte es parte de la vida, pero no lo aceptamos tan fácilmente cuando toca a uno de los nuestros.

Hace apenas unas semanas murió mi hermano Arturo, El Pecas, le entró una enfermedad que no se atendió en su momento. Sin duda, en tiempos complicados como los que ahora vivimos, nos acostumbramos a consumir una serie de productos que nos hacen daño, pero es tan alta la adicción, como es un simple refresco o un cigarro que se niega uno a dejarlo a pesar de saber el daño que nos causa.

Pero finalmente, con las buenas y las malas, El Pecas vivió como quiso su vida. Anduvo por mil caminos y atracó de puerto en puerto, como dijo el poeta. Desde pequeño tuvo mucha fantasía dentro de sí. Apenas había aprendido a hablar, y por alguna razón le decía a mi tío Chava (papá de Toño y de Chava),  que en esos días eran nuestro vecinos, “mi Tío Rojito”. Obviamente no sabemos la razón.

Apenas tenía cuatro años, cuando asistía al kínder de las madres vicentinas,  cuando un día le dijo a mi papá: “Dice la madre superiora que ya no me mandes a la escuela, porque ya me sé todo”. Ya cuando iba a la primaria, una vez fui a ver a su maestro, en representación de mi mamá, porque El Pecas había faltado a clases, y riéndose el maestro me dijo: “Arturo me dijo ayer que faltó dos días a clases porque su mamá tuvo un bebé y él se tuvo que quedar a cuidarlos”. Yo solo me reí.

El maestro dijo que sería importante llevarlo a un psicólogo para que analizara eso de su mitomanía. Con nueve hijos, y con tantos problemas para salir adelante, no había para este tipo de gastos. Así que El Pecas siguió viviendo en su mundo de fantasía y realidad.

Vivió con varias mujeres solo por temporadas. Se casó y luego se separó. En los últimos 10 años, tenía su negocio y su pareja; le dio por meterse en eso de la curandería. Iba por el rumbo de Taxco, Guerrero, y visitaba pueblos  de esa región. La gente lo apreciaba y lo reconocía. Para nosotros, sus hermanos, era puro cuento. Pero había personas que aseguraban que las había sanado.

 Nos enteremos hasta el día en que murió Arturo, que él  representaba  a Cristo en la Semana Santa, en uno de esos pueblos. Meses antes,  le dijo a la  gente de ese lugar que ya no iba a volver a tomar ese papel, porque ya se iba.

El día del funeral, algunas personas de ese pueblo le llevó la túnica para que se la pusieran para emprender el nuevo camino. A nosotros, su familia, nunca nos dijo nada eso porque sabía que nos íbamos a burlar.

Dicen que curaba a todo tipo de gente, incluyendo a los que se dedicaban a actividades ilícitas en esa zona de Guerrero. Nunca lo comprendimos, e hicimos poco por él. Seguramente está en un lugar donde ya no siente dolor y cerca del ser que representaba.