Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 3 de febrero, 2019.- Le hicimos la misma broma  hasta los últimos años de su vida, sin importar que fuera nuestro padre: “Jefe, te le fuiste vivo al sistema”. Nunca tuvo un trabajo en forma, donde cotizara lo mínimo de impuestos. En las temporadas que le daba por chambear lo hacía por su cuenta. Anduvo por mil caminos y cató todos los vinos, como diría Serrat.

Nació en Iztapalapa, aunque se identificó más con la tierra de su padre Aurelio,  quien vivió casi toda su vida en La Teja, a pesar de esta casado con mi abuelita Mati. A La Teja solo le decimos El rancho, y a pesar de que han transcurrido varias décadas  ha sido un sitio  poco habitado, en un clima semidesértico, entre Aculco y Polotitlán.

El matador fue el segundo de cuatro hermanos, quedan con vida Celis y Agustín,  El Matador (Alfredo) y Chucho ya se fueron. El Matador  presumía que  de niño fue muy inteligente, incluso el maestro Ezequiel, de la escuela del barrio de San Ignacio, en un año lo pasó de tercer a cuarto grado. Pero como la mayoría de esa generación, que tuvo oportunidad de ir a la escuela, solo  terminó la primaria.

Los primeros años de su vida fueron años difíciles en la gran metrópoli. En un México posrevolucionario que intentaba salir de la crisis, después de la Revolución, y luego la lucha por el poder entre grupos de militares y civiles. Pero fue el inicio de algo novedoso, cuando la gente comenzó a emigrar a las ciudades para gestar una incipiente modernidad.

Desde muy joven le gustó la fiesta brava. Andaba de ganadería en ganadería. Se les acercaba a los novilleros y a los apoderados para conseguir aventones. Puras malpasadas durante semanas, junto otro par de aventureros que también soñaban con  ser figuras del toreo, que viajaban de pueblo en pueblo para participar en las tientas de ganado bravo.

Ya tenía mujer y seis hijos y todavía seguía pensando con los toros y la fiesta brava, y todo lo que implicaba ser una figura  grande  que ganaría cantidades enormes de dinero.

Güera, ya mero cruzamos el río–, le decía a mi madre, que siempre jalaba con su manojo de chamacos por todos lados. A sus amigos de parranda les comentaba: “Son seis, y la gallina echada”.

El Matador pasaba  temporadas largas en La Teja, a pesar de que era un rancho seco y aislado,  rodeado de nopales y magueyes, que nunca abandonó del todo. Ya casado le daba vida a la pequeña finca con la cría de  animales y haciendo negocios con la carne. Lo mismo fuera de res, puerco o  caballo.

La gente de esa región lo respetaba, porque enseñó a muchos a trabajar. Los hizo comer  longaniza de burro, un tipo de carne enchilada bien condimentada que  comercializaba en la Ciudad de México. Algunos campiranos  se resistían, pero cuando sentían el aroma de la fritura con cebolla, y observaban la salsa de molcajete, con tortillas salidas del comal supieron lo que era bueno.

Mi padre les decía: “No tienen por qué comer solo tortilla con chile, no sean pendejos; tenemos que aprender a tomar lo que está a la mano, y más en estas tierras donde no hay  ni madres de agua, y cuando llueve poco ni el maíz se da”.

Es cierto que el rancho estaba totalmente olvidado, sólo unas cuentas  raquíticas casas en decenas de kilómetros y un lomerío que parecía interminable. Pero mi padre decía que los árabes viven en el desierto y nunca han dejado de comer de esas tierras.

Algunos  de sus parientes los llevó a conocer la ciudad.  Germán, Lencho y algún otro se quedaron a trabajar en la gran urbe. El matador siempre regresó a La Teja. Incluso después de que su madre la vendió.  Les sorprendía a los hermanos del Matador que a él y sus hijos les gustara  viajar durante horas para ir al rancho: “Qué le ven a ese montón de piedras donde sólo hay nopales y yerba seca”, decían.

Una semana antes de que muriera El Matador  estuvo en Aculco, por alguna razón no fuimos ni a Santa Ana ni a la casa de la Tía. Ya iba muy cansado, apenas caminaba apoyado de su bastón. Pero fuimos a los 15 años de  la nieta de Chimino, que se celebraron en el auditorio del pueblo. No podía faltar a la fiesta. Acompañado de uno de sus hijos, llegó a media tarde al pueblo, minutos antes de que iniciara la misa. Finalmente era una región que amaba y que recorrió a caballo cuando era joven.

Cuando amenizaba el grupo musical en el auditorio del pueblo, a unos 10 kilómetros de la ranchería donde se ubica lo que quedó de La Teja y la casa de Chimino, mi padre observaba con atención a las pocas parejas que bailaban. “Es un desperdicio” decía, “habiendo tan buena música y casi todos sentados. No saben lo que es la vida”, y como pudo se paró a bailar con todo y bastón.

A la semana siguiente murió El Matador, un hombre que se le fue vivo al sistema, que vivió muy a su modo, aunque La Güera haya pagado por todo lo calavera que era mi padre. Ahora  quedan  siete de sus nueve hijos. Hace poco más de dos años que murió, pero después de la misma anual que se lleva a cabo en San Carlos, estado de Morelos, aun recordamos  sus anécdotas, entre la nostalgia y las risas.