Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 12 de julio, 2019.- Nadie podría dudar sobre el abandono sistemático, que ha padecido por décadas, el campo en nuestro país; sobre todo en los contextos de las naciones originarias. Por eso surge una necesidad imperante: documentar esta situación y qué mejor si es a través de las experiencias de vida al interior de comunidades y las familias.

Esto es lo que intentó hacer el documental El maíz en tiempos de guerra, del director Alberto Cortés, pero con flacos resultados.

La mirada del directo nos abre  la posibilidad de seguir el ciclo vital de cuatro milpas en distintas regiones de México. Y así tener una fotografía amplia de este proceso, pero desafortunadamente esta amplitud es un intento que se queda corto pero sobre todo se vuelve inequitativa.

Pues se recuperan el número mismo de historias familiares provenientes de diferentes estados del país: una de la cultura wirárika en Jalisco, otra de la ayüük en Oaxaca y dos tseltales en la selva de Chiapas (en la película omiten la autodenominación bats’il winiquetik, aparte de que tampoco se da esta información para ubicar a estas dos familias a diferencia de las dos primeras y sólo lo hacen sino hasta el final, en los créditos).

Sin embargo, el punto más controvertido, es precisamente el que le da nombre al documental. Pues la guerra no es nombrada por ninguno de los entrevistados, por lo contrario se habla de la resistencia del territorio y del maíz, en diferentes niveles, desde la recuperación de la diversidad de los granos del maíz, pasando por el abandono de los abonos químicos, suministrados por el gobierno mexicano, hasta la oposición del ingreso de semillas transgénicos o la intromisión del narcotráfico o la de minería.

Pero se dice sólo de manera accesoria y el documentalista no ofrece más información sobre los territorios ya contaminados por los transgénicos; los campos avasallados por el crimen organizado para la siembra de estupefacientes; los miles de kilómetros concesionados por décadas a las empresas mineras, con las prácticas más deshonestas, tanto de nacionales como extranjeras, de las cuales sobresalen las canadienses.

En fin, el riesgo del documental es ofrecernos una mirada descontextualizada y hasta romántica, por tanto insípida, de las luchas dignas y rebeldes de las naciones originarias en casi todo el país.