Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 5 de marzo, 2019.-Personaje casi mítico de la literatura mundial, miembro de la llamada -por Gertrude Stein- “generación perdida”, testigo y protagonista de los dorados años veinte (donde el jazz fue la música de fondo que arrulló realizaciones, fracasos e ilusiones), el escritor Francis Scott Key Fitzgerald testimoniaría hoy la crisis mundial del neoliberalismo, si no se le hubiese atravesado un ataque cardiaco propiciado por sus excesos etílicos.

Dueño de una inmensa e intensa capacidad creativa, Fitzgerald hizo de su vida una creación que estuvo en los linderos de la tragedia. Nació el 24 de septiembre de 1896 y murió a los 44 años, el 21 de diciembre de 1940. Pero nadie le quitó lo bailado y sí cosechó materia suficiente para darle tratamiento literario y legarla incluso a quienes, a través de su trabajo, se interesan por reconstruir una de las etapas más agitadas de nuestro siglo: la de entreguerras mundiales.

Época que también signó la obra de otros escritores norteamericanos, como John Steinbeck, Ernest Hemingway, William Faulkner… En la prosa de estos escritores se advierte el desencanto ante las promesas del American Way of Life que hoy saca juventud de su pasado y se quiere defensor de las libertades individuales, sin lograr ocultar su rostro de gendarme mundial.

Acostumbrado desde pequeño a la buena y holgada vida, Francis Scott no pudo prescindir de ella pero a cambio le extrajo el zumo que nutre su obra, desde, A este lado del paraíso, pasando por Suave es la noche, Hermosos y malditos, su reconocida novela El gran Gatsby y los conjuntos de relatos (los cuales le permitían sostener aunque fuese medianamente su tren de vida) que lo muestran como un maestro del género: Historias de Pat Hobby, Jovencitas y filósofos, Los relatos de Basil y Josephine, entre otros libros suyos.

 Además, incursionó en el cine haciendo guiones para la Universal. Fitzgerald se sobrepuso a las circunstancias adversas, entre ellas los celos de su mujer Zelda Sayre Fitzgerald (con ella compartió excesos y carencias), quien fue internada en una clínica para enfermos mentales.

Francis Scott se sobrepuso a sus impulsos suicidas y su narrativa ocupa a estas alturas del senil siglo XX un sitio destacado. Quizá porque a sus méritos de escritor aunó el de ser consecuente hasta el final de sus días con lo que alguna vez expresó y que cita Heinrich Straumann en La literatura norteamericana en el siglo XX: “Puedo hasta vivir con una mentira… pero me he fijado dos reglas en mi intento de ser a la vez un intelectual y un hombre de honor: no me digo mentiras que me pueden ser valiosas, y no me miento a mí mismo”. �}�mJV}BV?