Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 17 de febrero, 2019. —¿Qué haces? —preguntó Toño, el grandulón del grupo de Sexto Año de primaria a la cual asistía yo. A sus doce años de edad, los barritos poblaban su cara.

—Comiendo mi torta, ¿quieres? —respondí.

Me la arrebató.

Levantó la cubierta.

Escupió en ella un gargajo verdioso.

Batió con fuerza.

Ninguna emoción le asomaba al rostro.

—No, gracias —contestó y estampó la torta en mi cara—. Cómetela tú, ¡pero así: a la de ya!

—Ahhh qué, mira, ya la escupiste —dije mientras con los dedos me quitaba restos de aguacate que resbalaban hasta los labios.

—¡Que te la tragues! —insistió con los puños apretados.

Yo balanceaba los pies, sentado a la orilla del pasillo; quedaba medio metro arriba del patio, para proteger las aulas de posibles inundaciones durante la temporada de lluvias. Varios alumnos circundaban a Toño el Manotas.

—No quiero —respondí.

Manotas tenía fama de abusivo. Jamás se había metido conmigo, pero me tenía coraje por ser uno de los aplicados del grupo; con otros tres siempre nos elegían para los concursos de aprovechamiento que se daban con regular frecuencia en la zona escolar a la que pertenecía la Primaria Guadalupe Victoria.

Toño el Manotas no repitió la orden: su pie derecho, calzado con zapatones mineros —casquillo de acero en la puntera— se incrustó en mi estómago. Comencé a vomitar restos de torta. Toño y sus amigos se fueron a las canchas de voleibol, arrebataron una pelota a los de Tercer Año y comenzaron a jugar, muy quitados de la pena.

Entre varios chiquillos de mi grupo me levantaron. Alguien se acomidió y regresó de la dirección con un pañuelo empapado en alcohol que me aplicaron en la nuca.

—Es que el Gordo se mareó y le dio vómito —explicaron al conserje.

—Si nos juntáramos, me cae que en bola le partíamos la madre a Manotas y sus cuates —elucubraba Godínez. Lo mismo le dijo a mi hermano Richar, que recién había ingresado a Primer Año y preguntaba:

—Quién fue, quién fue…

Señalaron hacia la cancha de voli.

—Orita vengo —dijo Richar.

A los pocos minutos lo vimos regresar con una docena de escuincles detrás. Llevaban fierros que antes fueron patas de mesabancos, ahora arrumbados en la azotea de la escuela. Richar tenía fama de broncudo y bueno para meter las manos. En tres meses su maestro mandó a mi madre cinco reportes por supuesta mala conducta, pero en orden y aprovechamiento el Richar la libraba con puros ochos.

Sentados a la orilla del pasillo, los de Sexto Grado vimos como Richar encargó la varilla con Peluche, con quien se le consideraba uña y mugre; llegó hasta el Manotas y lo encaró:

—A ver, güey: ponte conmigo así como le diste de patadas a mi carnal… Manotas le dio a Richar un empellón que lo puso de nalgas al suelo y siguió trotando con la pelota entre las manos. Dio un giro para efectuar un saque y justo cuando lanzó al aire la bola sintió un varillazo en la espinilla. El dolor lo dobló, hizo que le brotaran lágrimas. Pese al renqueo dio alcance a Richar, que corría de un lado a otro de la cancha tratando de escabullirse; cuando Manotas lo atrapó por el cuello, sus compinches lo sujetaron por piernas y brazos y decidieron hacerle caballo:

—Nomás pa bajarle lo güevoncito a este puto escuincle.

Claro que Toño el Manotas se apuntó para ser el jinete que cabalgaría sobre el vientre de mi hermano. Entonces los cuates del Richar se dejaron ir sobre ellos, armados como estaban con las varillas y piedras que recogieron del patio.

—Tranquilos, bola de enanos, o hasta la verga les metemos —amenazaron los gandallas de Sexto Año.

Pero nada detenía la furia solidaria.

Entonces acudimos los que sólo mironeábamos.

Yo entre ellos: torta en mano.

—Ora te la tragas, puto Manotas —dije.

Se la retaqué hasta sangrarle las encías.

Me di valor.

Ahí comenzó mi aprendizaje del ataque y defensa en bola.

—Porque de a soledad, de uno en uno —decían los cuates—, andamos valiendo purita verga. La neta.