Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 23 de febrero, 2020.- Antaño don Burra esperaba ilusionado el Jueves de Corpus. No se daba abasto para atender la solicitud de servicios para retratar a bebés y niños vestidos con manta, jorongos de jerga, huaraches y sombrero de palma para ser bendecidos en la iglesia ese día de las Mulas.

Don Burra no se arredraba y uno de sus hijos le auxiliaba cargando en la cámara de repuesto los rollos y anotando las direcciones de las vecinas para entregarles la foto del recuerdo, tras revelar los rollos en la calle de Argentina, centro histórico del DeFe.

-Eran otros tiempos –se queja don Burra-. Ora todo mundo se siente fotógrafo y el trabajo escasea. Es difícil, la verdá, pero ni modo: diario salgo a ver qué encuentro, lo que sea.  Algo es algo.

Ahora le ha pegado con fe la diabetes y de repente desaparece del escenario durante días. La presión alta y el dolor de piernas le impiden trabajar. Acude al centro de salud –“la beneficencia“, le llama él- y con resignación busca acomodo en la atestada sala de espera. Con un gruñido responde a los saludos de la gente e ignora la constante pregunta acerca de la salud del asno.

-Por ai anda el burro ese –responde en ocasiones.

Sale con la receta en mano y se dirige a la farmacia para que le surtan los medicamentos contra la diabetes, la presión alta, la retención de líquidos, la gastritis y colitis y otros achaques que le hacen ver su suerte, sobre todo por el alto costo para combatirlos.

Pero apenas se siente mejor don Burra, se da un baño y viste como siempre: pantalón y camisola color beige, zapatos mineros, sombrero tejano del mismo color y la mochila negra, cuadrada, donde guarda la cámara, rollos y la libreta donde anota las direcciones.

Acomoda sus gafas y allá vamos. Un día más.

Lo mismo anda, aunque cada vez con menor frecuencia, en quinceaños que en bodas, confirmaciones y bautizos, en graduaciones y onomásticos, aniversarios, inauguraciones, fiestas patronales… Se resistió a incursionar en las grabaciones de video. La foto era lo suyo. En blanco y negro, sobre todo. Le gustaba revelar en el cuartito que para tal fin habilitó en su terreno. Pero la llegada del color y el encarecimiento de los químicos le hicieron desistir de su pasión.

Llega al sitio de la celebración y amarra el burro a un poste. Le encabrita que los chiquillos quieran subirse nomás porque sí y los ahuyenta a sombrerazos, pero nomás logra que se burlen y hostiguen más al pollino. En ocasiones le permiten que lo introduzca al salón de fiestas, a ver si alguien se anima a retratarse.

No falta que lo inviten a sentarse, comer y beber. No se niega, pero chamba es chamba: toma la iniciativa, busca un chiquillo interesado en el asno y lo trepa. Invariablemente los papás acuden y si el chiquillo no es rejego y se acomoda, ya estuvo el bisne; es posible que se sucedan más clientes, que más bien aprovechan para filmar con sus teléfonos al bodoque en turno.

Entonces don Burra suspira y se anima, vence al malhumor, el dolor de piernas y el cansancio que la diabetes le provoca; pone empeño a su labor, acomoda los colguijes y arreos que colman al animal, toma la distancia debida y click, click, click, el retrato ya salió…

Antes que el sol desaparezca, don Burra emprende el retorno a su hogar jalando la rienda del burro e indiferente a la chiquillería que a su paso se forma, atraída por la presencia del animal y sus vistosos colguijes. Se detendrá unos minutos en el camellón de la avenida, para que el animal mordisquee el pasto que crece a la orilla de la guarnición, y continuará su camino, hará un alto en la panadería para adquirir los bolillos…

“Son tiempos difíciles, más si no pongo de mi parte”, dice don Burra y se despide.