Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 21 de julio, 2019.-Antaño don Burra esperaba ilusionado el Jueves de Corpus. No se daba abasto para atender la solicitud de servicios para retratar a bebés y niños vestidos con manta, jorongos de jerga, huaraches y sombrero de palma para ser bendecidos en la iglesia ese día de las Mulas.

Don Burra no se arredraba y uno de sus hijos le auxiliaba cargando en la cámara de repuesto los rollos y anotando las direcciones de las vecinas para entregarles la foto del recuerdo, tras revelar los rollos en la calle de Argentina, centro histórico del DeFe.

–Eran otros tiempos –se queja don Burra-. Ora todo mundo se siente fotógrafo y el trabajo escasea. Es difícil, la verdá, pero ni modo: diario salgo a ver qué encuentro, lo que sea.  Algo es algo.

Ahora le ha pegado con fe la diabetes y de repente desaparece del escenario durante días. La presión alta y el dolor de piernas le impiden trabajar. Acude al centro de salud –“la beneficencia“, le llama él- y con resignación busca acomodo en la atestada sala de espera. Con un gruñido responde a los saludos de la gente e ignora la constante pregunta acerca de la salud del asno.

–Por ai anda el burro ese –responde en ocasiones.

Sale con la receta en mano y se dirige a la farmacia para que le surtan los medicamentos contra la diabetes, la presión alta, la retención de líquidos, la gastritis y colitis y otros achaques que le hacen ver su suerte, sobre todo por el alto costo para combatirlos.

Pero apenas se siente mejor don Burra, se da un baño y viste como siempre: pantalón y camisola color beige, zapatos mineros, sombrero tejano del mismo color y la mochila negra, cuadrada, donde guarda la cámara, rollos y la libreta donde anota las direcciones. Acomoda sus gafas y allá vamos. Un día más.

Lo mismo anda, aunque cada  vez con menor frecuencia, en quinceaños que en bodas, confirmaciones y bautizos, en graduaciones y onomásticos, aniversarios, inauguraciones, fiestas patronales… Se resistió a incursionar en las grabaciones de video. La foto era lo suyo. En blanco y negro, sobre todo. Le gustaba revelar en el cuartito que para tal fin habilitó en su terreno. Pero la llegada del color y el encarecimiento de los químicos le hicieron desistir de su pasión.

Llega al sitio de la celebración y amarra el burro a un poste. Le encabrita que los chiquillos quieran subirse nomás porque sí y los ahuyenta a sombrerazos, pero nomás logra que se burlen y hostiguen más al pollino. En ocasiones le permiten que lo introduzca al salón de fiestas, a ver si alguien se anima a retratarse.

No falta que lo inviten a sentarse, comer y beber. No se niega, pero chamba es chamba: toma la iniciativa, busca un chiquillo interesado en el asno y lo trepa. Invariablemente los papás acuden y si el chiquillo no es rejego y se acomoda, ya estuvo el bisne; es posible que se sucedan más clientes, que más bien aprovechan para filmar con sus teléfonos al bodoque en turno.

Entonces don Burra suspira y se anima, vence al malhumor, el dolor de piernas  y el cansancio que la diabetes le provoca; pone empeño a su labor, acomoda los colguijes y arreos que colman al animal, toma la distancia debida y click, click, click, el retrato ya salió…

Antes que el sol desaparezca, don Burra emprende el retorno a su hogar jalando la rienda del burro e indiferente a la chiquillería que a su paso se forma, atraída por la presencia del animal y sus vistosos colguijes. Se detendrá unos minutos en el camellón de la avenida, para que el animal mordisquee el pasto que crece a la orilla de la guarnición, y continuará su camino, hará un alto en la panadería para adquirir los bolillos…

“Son tiempos difíciles, más si no pongo de mi parte”, dice don Burra y se despide.