Salvador Jara Guerrero/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 21 de febrero, 2019.- No siempre el tiempo pasado fue mejor, pero hay sin duda experiencias que son dignas de recordar y retomar. Todos tenemos en la memoria algún o algunos maestros que fueron nuestros referentes y nuestros mejores ejemplos.

El camino profesional que seguimos, con frecuencia, fue delineado en mayor o menor medida por las opiniones, comentarios y hasta las actitudes de los mentores. Tuve la suerte de contar con muy buenos maestros, siempre en la escuela pública, desde la primaria hasta la profesional y hoy día aun los recordamos con cariño y agradecimiento entre mis ex compañeros.

Mis recuerdos de la escuela primaria son los más vívidos y fueron los años en que se determinó nuestro gusto por la escuela y el estudio. Con mis compañeros de la primaria recordamos especialmente el sexto año, en el que las clases terminaban siempre con un suspenso que sería revelado el siguiente día y el siguiente.

–Maestro, ¿seguiremos hoy con la historia de Pancho Villa?

–Después de terminar las figuras geométricas, nos respondía el maestro

–¿Ahora sí nos va a decir de qué están hechos los jabones?

–No sé porque si les digo no se van a volver a bañar.

El maestro Agustín, de sexto, era apreciado y temido en toda la escuela. Escuela Primaria “Miguel Hidalgo” anexa a la Normal en Morelia. La frase diaria era, ya se van a la secundaria y no quiero que sus maestros piensen que la “Miguel Hidalgo” es mala, tienen que ser los mejores, por eso vamos a ver temas de secundaria, les voy a dar una lista y votamos cuál les gusta más.

En los primeros días entregamos una fotografía para el libro de la generación, para el zoológico, decía el maestro Agustín. Era un libro de contabilidad en el que pegaba las fotos y al pie de cada una escribía una pequeña descripción de cada uno de nosotros, “aplicado pero latoso”, “flojo aunque muy inteligente”, “reservado y ordenado”

Éramos alrededor de 60 alumnos, hombres y mujeres. Se formaban diez equipos, cada uno con el nombre de algún héroe o heroína, Miguel Hidalgo, Emiliano Zapata, Josefa Ortiz de Domínguez, Pancho Villa, Melchor Ocampo, Leona Vicario, y otros. Cada uno debía elegir un equipo y entonces preparar ya en conjunto una exposición sobre la vida y obra del personaje.

Ese era el primero de muchos trabajos que tenían que ser entregados y expuestos ante el grupo. La calificación obtenida era para todo el equipo. Armado de volúmenes geométricos de cartulina, ejercicios de matemáticas, trabajos de civismo, todo era rigurosamente integrado en carpetas de argollas con el nombre del equipo y sus integrantes.

Todos los días había exámenes, eran exámenes disfrazados de concursos entre los equipos. Jugábamos “gato”, el juego de cruces y círculos en el que gana quien logre alinear tres. Pasaban al frente los competidores de equipos diferentes. Se decidía el tema y todo el grupo podía preguntar de manera alternada a los competidores, si alguno no sabía la respuesta o la fallaba, el otro podía contestar, cada respuesta correcta permitía una tirada.

Cuando algún miembro del equipo de alguno de los contendientes preguntaba, hacía las preguntas más difíciles al contrincante y más fáciles a su compañero porque la victoria o derrota era para todo el equipo y también los puntos obtenidos o perdidos. Todos debíamos preocuparnos por capacitar a nuestros compañeros de equipo más atrasados.

Finalmente, había los trabajos libres, esos sí eran individuales y permitían diferenciar al final las calificaciones de cada integrante. Eran voluntarios y había que exponerlos ante el grupo. Iban desde la solución de problemas interesantes de matemáticas o biografías, hasta qué hace un médico o un abogado.

El maestro Agustín narraba todo como un verdadero actor: “A qué no saben… “. Si terminan pronto les cuento la historia de las novias de Pancho Villa”. Si alcanzamos les voy a enseñar álgebra para que ya lleguen a la secundaria sabiendo.

Y efectivamente, terminamos la primaria sabiendo algo de álgebra y muchas cosas más, pero sobre todo con un gran gusto por aprender y por la escuela. Estoy seguro que mi maestro Agustín sabía mucho, leía, pero sobre todo nos quería con un compromiso que hoy día hace más falta que nunca.