Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 12 de enero, 2019.-Entre sueños recuerdo a mi abuelita Queta. Me llevaba de la mano por la calle empedrada que desembocaba al centro de Iztapalapa, cuando todavía era un pueblo. Las tiendas o estanquillos tenían un mostrador de madera y los anaqueles  verdes de tabla estaban empotrados  a espaldas del tendero.

En Iztapalapa no había más de 200 mil habitantes, era la zona conurbada de la capital del país. Prácticamente los ocho barrios se encontraban a medio poblar, y en lo que es ahora la Central de Abastos habían chinampas y pequeños manantiales. Ahora la Ciudad de México tiene aproximadamente 21 millones de habitantes, y la delegación de Iztapalapa cuenta con tres millones de personas, donde no queda nada de tierra de cultivo.

Doña Queta llegó a vivir con nuestra familia cuando ya era mayor de edad. La casa no era muy pequeña, pero éramos nueve hermanos, además de mis padres. Fueron tiempos agradables en el Barrio de San Miguel. Doña Queta tenía su cama cerca del ventanal, y recuerdo que debajo de ella escondía comida y refrescos. En realidad no era muy compartida.

Su cama estaba siempre bien ordenada. A pesar de que ya rebasaba los 70 años  era muy cuidosa de su persona. Su cabello ondulado y entrecano lo acomodaba  con una peineta en lo que llamaba chongo. Era metódica, para levantarse, comer, dormir y hasta para ir al baño durante la madrugada.

Cuando quería algo de mi mamá, no importa que fuera de noche le gritaba: –¡Lupitaaa- Lupitaaa! No importaba que estuviéramos todos dormidos.

Recuerdo que tenía yo como 16 años. Por alguna razón había bebido por primera vez en mi vida. Me puse una guarapeta de aquellas. Por el temor de que mi padre no me viera en estado de ebriedad, subí a la azotea, luego me descolgué en la zotehuela  donde estaba el lavadero, de ahí abrí la ventana del baño, era bastante amplia, me metí tratando de no hacer ruido.

Recuerdo que no me andaba del baño, pero me senté en la tasa y supongo que me quedé dormido. De pronto me vi en suelo junto con la tasa del baño hecha pedazos. Sin duda me asusté. Escuché que mi padre gritó:

–¡Quién “jijos” de la chingada anda ahí!

Abrí la puerta del baño, que daba a la sala, cuando vi a mi hermano Alfredo que tenía un garrote. Le hice señas de que guardara silencio, y el respondió en voz alta:

–¡Es un gato, papá!

La cama de nosotros, dos hermanos y yo, estaba cerca de las recámaras, en la sala. Muy temprano, cuando todavía no amanecía, mi padre se levantó  porque tenía una actividad con el grupo de alcohólicos anónimos. Cuando entró al baño alcance escuchar que dijo:

–¡Pinche viejita, ya le puso en la madre a la tasa del baño!

Los dos siguientes días me hice el desentendido, pero después confesé la verdad, les dije que había sido yo y no mi abuelita el que desgració la tasa del baño,  porque no me acordaba que ese día que llegué jarra  la habían cambiado y estaba fresca la mezcla con la que la habían colocado.

Pero seguimos recordando a Doña Queta. No entiendo,  si ella no era rica por qué admiraba al dictador Porfirio Díaz. “En ese tiempo no había hambre, mijito”.  Por lo menos, me queda claro,  no era hija de campesinos, como mi abuela y abuelo paternos.

Doña Queta hubiera vivido seguramente muchos años más, pero un día se le ocurrió lanzarle una patada al Capulín, que como buena mascota quería meterse a la casa. Ella resbaló y se fracturó la cadera. Ya no se repuso, estuvo en cama durante varios meses y después falleció.