Fabián Bonilla López/Noticias y Debate

CDMX, 24 de marzo, 2019.- Este pasado 21 de marzo a parte de las celebraciones por el natalicio de Benito Juárez y la llegada de la primavera, se conmemoró el Día de la Eliminación de la Discriminación Racial. Un flagelo tan cotidiano que a veces ni siquiera consideramos las formas en que se presenta este tipo de discriminación.

Se ha dicho que no existen diferencias humanas basadas en las razas, es decir, que no existen razas humanas y lo que persiste son las prácticas racistas. Así, ciertos comportamientos o conductas estarían sustentados en una supuesta diferencia biológica, que se expresaría en tener más o menos pigmentación en nuestra piel. Sin embargo, estas son construcciones basadas en estereotipos y prejuicios anclados en un imaginario hegemonizado por la “blaquitud”.

La blanquitud es de  origen colonial pero de una enorme vigencia. A diario estamos observando experiencias  de discriminación racial, desde la calles, las plazas públicas, hasta al interior de las instituciones de todo tipo (gubernamentales, académicas, privadas)  y los medios de información. Pero estas prácticas racistas no se quedan sólo como expresión del color de la piel, sino que también implica dimensiones sociales y culturales.

Por eso la discriminación racista se cuela hasta en la forma en que hablamos nuestras lenguas o la manera en que nos vestimos. Precisamente porque la discriminación marca una distancia, crea una separación o configura una clasificación basados en cómo somos colocados en al tablero de la blanquitud, entre más cercano a él, somos valorados positivamente, pero en la medida que nos acercamos a su reverso, la “negritud”, somos valorados negativamente.

De allí que quien porte los signos de la blanquitud será reconocido pero en la medida que no lo hagamos, sufriremos de dicha discriminación. Por eso, una posible salida no sólo implica “dar” (si es que fuera posible) reconocimiento a las y los que no son parte de la hegemonía blanca, sino que también implica cuestionar ese estatuto de supremacía. De nada sirve hablar con corrección política ni de financiar campañas mediáticas en contra de la discriminación racial, sino se pone en cuestionamiento las bases de la arquitectura racista en la que se sustentan nuestras sociedades y comunidades.