Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 20 de julio, 2019.-Nadie duda de la realidad tan difícil de entender en la que nos encontramos. Frente a esto se procura buscar caminos, signos o indicios para poder hacerla comprensible, pero esta complejidad se vuelve mucho más abrumadora cuando se piensa desde una orilla.

Tiene sus desventajas pero también sus ventajas, en esta columna haremos un ejercicio de comprensión abriendo un diálogo jamás exento de tensión o conflicto. Al final creo que se dialoga precisamente con quien no se tiene la misma posición y también que es la forma para llegar acuerdos o al menos para decir aquí estamos y también contamos.

Un tema algo adormilado que empieza a despertar es el de la autonomía o también decodificado como libre determinación. En la prensa hace unos meses se publicó el reportaje “Sin casillas ni partidos: pueblos indígenas buscan autogobernarse en México” de Newsweek en Español (26/05/2018) y que fue retomado por otros medios nacionales, pero también apareció en la Revista Nexos el artículo “Nosotros sin México: naciones indígenas y autonomía” (18/05/2018) que forma parte forma parte del libro El futuro es hoy. Ideas radicales para México.

Empecemos este diálogo con este último texto, en él la autora mixe Yasnaya Elena Aguilar Gil recupera un decálogo a favor de una propuesta que acuña como Confederación de Naciones Autónomas, por tal motivo, su primer punto es: “1 Reconocer que México no es una sola nación sino un Estado en el que existen, oprimidas, muchas naciones”  ̶por lo amplio de los puntos del artículo referido en esta columna nos vamos a ceñir a este punto para profundizarlo.

Ella inicia esta polémica al advertir  el engaño de los Estados nacionales. “La gran trampa de los Estados modernos es que, a golpe de ideología nacionalista, nos han hecho creer que, además de Estados, son también naciones. Las naciones, entendidas como pueblos del mundo, no son necesariamente Estados”. Por lo que en esta misma advertencia viene la sugerencia de referir a los pueblos que integran los actuales Estados, pero que no cuentan con la estructura de poder y de administración de población como naciones.

Este punto lo polemiza aún más al señalar categóricamente que “México es un Estado, no una nación. México es un Estado que ha encapsulado y negado la existencia de muchas naciones”. Por lo que este argumento se puede diferenciar en dos niveles de análisis. Por un lado, el punto que da cuenta de la emergencia del guión que une al Estado con la Nación, el cual si bien es un artificio genera un imaginario de corte nacionalista, sino yo no estaría escribiendo en castilla y usted amable lector o lectora no estaría pudiendo leerme. Artificial y todo pero hace funcionar una maquinaria nacional.

Por otro lado, lo que respecta al término nación, sin duda la construcción de un nacionalismo, anclado en mito del mestizaje oculta, invisibiliza y/o silencia a otros grupos que constituyen también a la población de este país, aquí se apuesta por llamarlos naciones, pero se debe tener claro que la categoría nación es también un formulación externa y que al menos se debe pensar transitoria y no como la esencia de nada.

Así la autora plantea que “Las naciones del mundo que no conformaron Estados son la negación de los proyectos de Estado. A la mayoría de estas naciones se les conoce como pueblos o naciones indígenas. Lejos ya del significado etimológico, la categoría “indígena” es una categoría política, no una categoría cultural ni una categoría racial (aunque ciertamente ha sido racializada). Indígenas son las naciones sin Estado”.  

Se puede pensar “indígena” como una categoría política sin duda, pero una categoría hecha desde y para el poder que tiene su matriz en la colonia. Es una construcción que intenta construir un relato no histórico, resultando tan genérico que no puede ser la plataforma para una reivindicación política que derrumbe las políticas de control del Estado. 

Pero desde dónde construir una plataforma para aspirar la ruptura que podría trazar el sendero a la autonomía, ella apuntala su argumento con una nota de autoridad. “Como apunta el historiador Sebastián van Doesburg, las categorías ‘mixe’, ‘mapuche’ o ‘mixteco’, por ejemplo, permiten vislumbrar un futuro —y de hecho un presente— diferente en que la identidad no se construya exclusivamente en relación al Estado-nación como sucede con la etiqueta ‘indígena’.” ¿Y si habría una diferencia radical entre “indígena” y “mixteco” para construir un escenario autonómico? Claro que no, definitivamente no. Es mantenerse atrapado en la misma camisa de fuerza colonizadora.

Por último, su propuesta de “un  México con nosotros” (intertexto del llamado zapatista: “nunca más un México sin nosotros”) intenta ser una alternativa a los mecanismos de integración del Estado mexicano. “Para este movimiento, es necesario crear un México que no absorba ni uniformice el “nosotros”, un Estado que no tenga como fin último integrar a los pueblos indígenas en ese ideal fabricado que ha dado en llamar ‘mestizo’.” Sin duda es una propuesta interesante desde su genealogía zapatista, pero habría que pensar y resignificar la construcción de ese “nosotros”.

En primera instancia para que ese “nosotros” no se convierta en una fuente de autoridad esencialista que escape de la crítica de los demás, por tanto, que no puede ser cuestionada, acaparando y simulando la autoridad  de la autenticidad. Además de no caer en la idealización de ese “nosotros”, negando que al interior de las comunidades de naciones originarias no existen las relaciones de poder, la ostentación de privilegios, un cacicazgo (con lo histórico del término) no sólo de bienes materiales sino de culturales y hasta académicos. Porque ese “nosotros” también es una invención.