Fabián Bonilla López/ Noticias y Debate M3  

CDMX, 2 de noviembre, 2020.- El tradicional Día de Muertos es un lugar común donde los medios de información dirigen la mirada de sus públicos a diferentes geografías de naciones originarias para dar cuenta, una vez más sin adherir nada a este culto, de esta festividad; haciéndola pasar “como si” fuera de origen previo a la colonización europea, presentando una tradición milenaria ininterrumpida.   

Desde hace más de 12 años se ha puesto en duda el origen prehispánico del Día de Muertos. De tal manera que los ornatos con flores de cempasúchil, colocar diversidad de alimentos en las ofrendas, “lo que más le gustaba al difunto  o poner las calaveritas de azúcar o panes con forma de cadáveres, parecieran que son costumbres de las fiestas de Días de Muertos, como si fuera la expresión cristalina de una costumbre antigua, pero esto no es así.  

Así lo dejó claro la investigadora Elsa Malvido, que en su momento estuvo adscrita al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), señalando lo siguiente: “No obstante, todos estos elementos no son una invención de la cultura mexicana, así como tampoco las ofrendas que se colocan en la madrugada del día primero de noviembre. Provienen, más bien, de la Europa medieval y son costumbres católicas y profundamente jesuitas, incluso de raigambre romana. Pero de ninguna manera, como se nos quiere hacer creer, representan resabios de la cultura indígena mexicana”.  

Pues amble lectora y lector no podemos olvidar que la colonización fue una devastación sin parangón. No por nada el propio Bartolomé de la Casas le llamó a este proceso militar la “Destrucción de la Indias”. Así la colonización tuvo como engranes de su maquinaria de destrucción: el mandato colonial, la estrategia militarista, la imposición de la economía de la ganancia pero sobre todo el régimen religioso, como cruzada cristiana. Cabe recordar que los religiosos fueron extremadamente violentos en la imposición del cristianismo. Así nos lo recuerda David Tavares en su libro “Las guerras invisibles”:  

“En la Nueva España “… las extrañas, fascinantes y, según algunos, inescrutables motivaciones que yacían bajo ritos y ceremonias de las comunidades mesoamericanas presentaron un desafío formidable a las categorías culturales y los discursos teológicos cristianos. En el centro de México, un aspecto único en la respuesta de esta cuestión por parte de las órdenes mendicantes fue la producción de un amplio corpus doctrinal en náhuatl, purépecha, zapoteco, otomí mixteco y otras lenguas indígenas.  

Por otra parte, las autoridades eclesiásticas y civiles desarrollaron medidas y discursos institucionales que trataban de identificar y castigar públicamente una amplia gama de actividades indígenas consideradas como idolatría, hechicería o superstición”  

Por eso es muy extraño imaginar cómo es que un culto tan visible de “gentiles” logró esquivar el extremo celo religioso.  

Como muestra basta un botón: Tzvetan Todorov en su libro “La conquista de América”, recuperó la voz de Fray Diego de Durán, quien llegó al punto de buscar hasta en los sueños, del originario, la idolatría: “Por lo cual es menester que agora, en tratando de sueños, que sean examinados en qué era lo que soñó, porque puede haber algún olor de lo antiguo, y así es menester en tocando en esta materia, preguntar ¿qué soñaste?”.  

Esto se extendió a las festividades donde el sincretismo era un sacrilegio: “(…) es nuestro principal intento: advertirles la mezcla que puede haber acaso de nuestras fiestas con las suyas, que fingiendo éstos celebrar las fiestas de nuestro Dios y de los santos, entremetan y mezclen y celebren la de sus ídolos, cayendo el mesmo día”.  

Y como lo señala Malvido: “Las fiestas de Todos los Santos y de Fieles Difuntos, prosigue, son rituales que se inventaron en la Francia del siglo X por el Abad de Cluny, quien decidió rescatar la celebración en honor de los macabeos, familia de patriotas judíos reconocidos como mártires en el santoral católico, el día dos de noviembre y dispuso el día anterior para celebrar a los santos y mártires anónimos, aquellos que no poseen nombre ni apellido, ni celebración en el calendario ritual católico”.  

Además, antes de morir, la investigadora señaló que: “Seguir pensando que es una tradición de origen prehispánico significa que no entendimos nada, puesto que es profundamente romano.”  

El autor es de origen Ñuu Savi y académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación con la opción terminal de Comunicación Política por la FCPyS; Maestro en Comunicación y Política; y Doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Comunicación y Política por la UAM Xochimilco (tolevi@hotmail.com).