Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 22 de marzo, 2020.- Recién se ingresa al bachillerato, a uno le dio por fumar. Porque aquel primer pitillo universitario marca Garronet lo ofreció Paula durante la clase de Lectura de Clásicos, fue imposible rechazarlo. No por la clase —pudriente a más no poder, impartida de cuatro a seis de la tarde: pleno sopor en verano; viento gélido barriendo los llanos azcapotzalqueños durante la temporada de frío—, sino por el rostro de la adolescente enmarcado por una larga cabellera negra, de profundos y pícaros ojos negros que golosos recorrían las páginas de las Memorias de una pulga o Fanny Hill o revistas para damas y caballeros donde los congéneres enseñaban las vergüenzas para solaz y esparcimiento táctil de quienes gozaban la textura del papel couché. 

—A ver a qué sabe… 

—Pues a tabaco, sonso, ¿a qué quieres que sepa un cigarro? 

—Sí, ¿verdad? 

Lo que uno quería decir, pero no se atrevía, era: “Si esa trompita colorada y en forma de corazoncito hala así, yo hago de cuenta que cada fumada que le doy al pitillo es un besito a tanta frescura carnosa que tiene Paula por boca”. 

No es que jamás hubiese uno fumado. Al contrario. Las vacaciones escolares, cuando la secundaria, significaban: 

—¡A trabajar, ya que estás de mantenido todo el año! 

¿Y qué sabía hacer un estudiante de secundaria, si no ser chalán de todos los maistros posibles? Pero el oficio más despiadado era el de albañil; desde las ocho de la mañana había que sudar la gota gorda remojando más adobes para el maistro y batiendo la mezcla; acarrear las piedras para los cimientos, colocar los tendidos y andamios, ir por los refrescos a la hora de la comida y junto con los demás chalanes preparar la lumbre para calentar el sacrosanto itacate o ya de perdis poner el mantelito para extender las tortas de moros y cristianos o de huevo con frijoles que luego serían bajados hasta la bodega con grandes sorbos a un Titán de piña o a un Gran Míster Q de cola. 

Y para rematar:  

—Después de un buen taco, un buen tabaco. Lléguele… 

—Gracias, mi Roñas, pero no fumo.  

—Chale, ya tienes trece añotes, estás bien guandajón, ¿¡y no fumas!? Aprende al Chava, bien que le entra a los Del Prado. 

—¡Menos a tus Del Pasto, mano! 

Pero la carne es débil, la macuarreada severa… y fumarse un cigarro luego de la comida y a la sombra de las bardas en construcción, con aroma a cal y barro remojado y molido uno por el esfuerzo de la apenas media jornada, era como aspirar oxígeno. 

Y el gusto vicio se le volvió a uno. Y peor en el bachillerato, Colegio de Ciencias y Humanidades donde los debates ideológicos y las clases de Teoría de la Historia eran del estilo: Católicos contra Materialistas. Los agarrones se ponían de pelos y qué mejor que en medio de una densa nube de humo expelida con la solidaridad de la mayoría de alumnos recién salidos de secundarias oficiales donde hasta eruptar era castigado. 

—Presta, fumasolo. 

—¿Quién te enseñó a fumar que no te enseñó a comprar? 

Si los cafenautas llegaban hasta el salón de clase, el placer sería doble: ponerle algo caliente a la barriga, echar humo y de pasada matar el hambre. 

A la salida de la escuela, a eso de las cinco de la tarde, uno bajaba con la flota a Tacuba y llegaba hasta el Cine Río o el Savoy a ver aquellas películas del destape durante el echeverriato, con Meche Carreño e Isela Vega como las madonas que nos erectaban la imaginación. Y para calmar la ansiedad propia de esos momentos álgidos: 

—(Saquen los cigarritos, bajita la mano para que no vengan los acomodadores…) 

—(Va…) 

—(Viene…) 

Y entre las volutas uno dejaba que se dibujara el rostro de Paula, mientras doña Isela desplegaba en la pantalla glándulas mamarias soberbias y actitudes que dejaban lelo a uno y a sus cuates, cuyas colillas ocasionalmente volaban al unísono para sobresaltar a los más clavados en la escena erótica al grito de: 

—¡Cómo me los tengo, cabrones, cómo me los tengo! 

La rechifla hacía zumbar los tímpanos y la palabra Fin era pretexto para encaminarse hacia la salida del cine con cierto dolor en salva sea la parte y un Garronet en la diestra, oculto bajo los libros.  

(“Fumar es un factor de riesgo para el cáncer y el enfisema pulmonar”, reza la cajetilla de los cigarros Alas Extra de uno. Hasta ahora a uno se le ocurrió leer tal texto.)