Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate

Nazahualcóyotl, 13 de julio, 2019.- Aquí vienes de nuevo, hasta la madre y harto de todo el día: de las ventas, escasas; de la vigilancia en el metro, que se ha puesto tan pesada como su uta ma; y de esa mala costumbre de comer, que no cede; y de no tener morra, pus vuelve esa uta costumbre de lavar a mano, y no llena… Y del inchi clima dual de la city, el de la calle y el de los vagones del metro: tropical-mantecoso-pestífero-adherible…

Retornas con casi toda la mercancía, porque a quien jijos se le antoja tragar cacahuates, de a diez varos el paquete, más llenadores que las alegrías de amaranto que tu vendes.

Alegríesss, alegríesss, lleve, compre sus alegríesss…Y todavía, ¡a correr!, pues el tren cada vez tarda más, y la gente se pedorrea valiéndole madres la nariz ajena; eructa, como yo, y se pedorrea, como yo, por los frijoles y papas cocidas que agregué una y otra vez al taco de suadero, hasta que el taquero me dijo: ¿vas a pedir más o nomás quieres atascarte de pura guarnición y de gratis? Ese hijo de la chingada Tacus, al que también le apestan las patas y se pedorrea para dormir calientito juntó a su gordinflona esposa.

El tren, tan lleno como a las cinco de la mañana. Entras del frío de la calle al hornazo del vagón naranja. Miras a los demás con el mismo desprecio que sientes cuando te miran, jodido entre los jodidos. En Pino Suarez se desocupa un asiento y te avientas, chinguen a su madre los viejitos, las señoras con niño, los escuincles con sus mochilotas escolares…

Ya no hay caballeros, muge alguien. Ya no hay pendejos, piensas y te arrellanas en el asiento. Haces que duermes, al menos te relajas. Estación Merced. Cruda aroma, mezcla de cebollas, ajos y drenaje profundo. Suben más pasajeros, otra vez se atiborró el vagón. Cuentas las estaciones que te faltan para llegar; en San Lázaro baja el buen, rumbo a la Terminal Camionera de Oriente.

Metro Aeropuerto. Aquí vas con tu carga de alegrías, entre tanto amargado y amargada, todos rumbo a los paraderos de las peseras, rumbo al Oriente profundo. Viento que congela; el frente frío chorroytantos mil congela el sudor cosechado en el vagón del metro. En la madre, ya mero da la medianoche, y tú apenas en la inmensa cola. Y el mierdero cobrador rapiñero amenaza: pasando de las diez de la noche el pasaje sube 5 varos más, de-una-vez les aviso para que no se hagan rosca. Nadie dice esta boca es mía, y de pilón eres el cuarto elemento que apenas si cabe en el asiento trasero, junto a la elefanta que se traga unas papas fritas con salsa Valentina, jediondas a aceite rancio, requemado una y otra y mil veces el aceite negruzco.

Jodido entre los jodidos, a los 10 minutos de viaje la mayoría ronca. Con capacidad para diez pasajeros, las peseras de estos rumbos atiborran hasta 16 cristianos agregando asientos lateras donde viajas rodilla con rodilla, apeñuzcado y nuevamente a sudar: suda-suda-suda/ no dejes de sudar…

Te miras como un pollo desguangüilado, suelto por el cansancio; al igual que a los demás pasajeros, las patas te apestan, los tenis baras-baras te queman la planta y los hongos hacen el resto. Frunces la nariz, porque dicen que el aroma son partículas y entonces no sorbes los mocos para no tragar champiñones pedestres. La pesera ruge. Devora kilómetros en dos tres pedalazos, ya pasaste Acatitla, el paradero de Santa Martha, Los Reyes… A las vivas porque sí no el cafre te lleva hasta su casa.