Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 7 de mayo, 2019.- Bajan en el As de Oros, pides. Freno instantáneo, sacudida a los dormilones; pagas, bajas nuevamente empapado de sudor que el viento enfría de inmediato. Sólo las putas del As de Oros se atreven a usar minifalda pese al frente frío; con una lámpara pretenden atraer a la clientela, como si fueran mariposas nocturnas. Ni un pedo te echan, ingresas a la bocacalle. Ni un alma. Eso te da cierto temor. De unos años a la fecha los cacos se han motorizado, lo mismo que los distribuidores de droga y los sicarios que a cada rato ajustan cuentas por estos rumbos.

Aceleras el paso, subes el cuello de tu pringosa chamarra plástica, helada. Y la transparente bolsa de las alegrías pesa como si deveras pesara; es el cansancio. Retiras el cabello que el viento coloca sobre tu frente. El perro french poodle te da asco por ser calvo gracias a la sarna; recibe la patada en el hocico y ni siquiera ladra. A olfatear a su perra madre, le dices por lo bajo. Una cuadra abarca la barda de la escuela primaria. Aquí es donde siempre se te frunce el ánimo, es donde más atracos se dan. Ya casi la libraste, pero… A lo lejos los de las motos: dos motos…

Malpensaste: vienen por mí… Porque a lo lejos las viste y el estómago se te encogió, me late que… Dos motonetas, inconfundibles Italikas. Venían juntas y se separaron, una a la banqueta de la izquierda, a la derecha la otra. Para dónde te hagas, da lo mismo: eliges caminar por el centro del pavimento. Vienen tres tripulantes por moto, los seis encapuchados; parece que seguirán su camino, pero nones. Hacen alto en la esquina y uno de ellos salta y queda frente a ti.

Ves el cañón del revólver frente a tus ojos y escuchas el prexta lo que traigas, imperativo; nervioso, el morro te apunta y mete la mano a los bolsillos de tu chamarra, de tu pantalón. Tranquilo, le dices, no hay pedo; nervioso, el morro te apunta con las dos manos, prexta todo o tragas plomo. Patea la bolsa de las alegrías, se desparraman. No alegas, sacas de entre tus calzones el producto de la mala venta del día, extiendes la mano y sientes que tu mirada entra hasta el fondo del cañón que te apunta. Quítate los tenis. Te los quitas. La chamarra. La entregas. El cinturón. Va. ¡Chingale los pantalones!, gritan los demás tripulantes, morros todos, quizá ni quinceañeros, y se carcajean. Sólo el de la pistola denota nerviosismo. A chingar su madre, te dice, a chingar su madre ya, y con la pistola parece  arrearte. Va. Aceleran y se largan con todo y tu credencial de elector, eso te culea: tienen mi dirección, piensas, como si en tu dirección ocultaras los más preciados tesoros y pudieran volver para saquearlos… Tienen mi dirección…

Aceleras el paso, volteas. Han desaparecido las Italikas, ya para llegar a casa pegas la carrera, empujas el desvencijado zaguán y Solomillo te reconoce y llega hasta ti meneando el rabo. Le pateas el hocico y se larga aullando y gimiendo en este valle de lágrimas.

Abres con cuidado, la boca te amarga. Un altarcito a la Virgen de Guadalupe, su veladora de sebo con flama lánguida. Ni siquiera pensaste levantar las alegrías: en el sitio del atraco, el drenaje derrama agua pestilente que permanece encharcada días y días… Tu madre duerme, tus hermanos roncan, la humilde vivienda (cálida) contrasta con tu cuerpo helado, deschamarrado, despojado de la venta del día, jodida venta…