Ernesto Martínez Elorriaga/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 31 de mayo, 2019.- Las primeras horas de enero de 1994 nos enteramos de que el llamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se había levantado en armas. A los pocos días, junto con un compañero, fuimos enviados por el periódico a Chiapas. No sabíamos mucho, simplemente que se trataba de una especie de movimiento guerrillero. San Cristóbal de las Casas fue el lugar de concentración de cientos de periodistas.

Logré que un fotógrafo de Tamaulipas me acompañara a Altamirano, donde la gente del pueblo había  destruido parcialmente la presidencia municipal. Durante aproximadamente hora y media viajamos por la sierra, ni un solo automóvil encontramos en el camino. Solo los retenes militares. Es obvio que la gente tenía miedo, porque cualquier indígena podría ser acusado de ser integrante del EZLN.

Altamirano estaba totalmente sitiado por soldados. Nos topamos con dos o tres periodistas, dos de ellos extranjeros. No sabíamos cómo interpretar lo que estaba ocurriendo, se decían tantas cosas.

A mediados de 2013 me enviaron del diario al municipio de Aquila. Acompañado de Ricardo, un amigo fotógrafo de Apatzingán, nos dirigimos a la zona nahua por el camino de la sierra. Pasamos por Coalcomán, a la salida había un grupo de autodefensas. Nos dijeron que tuviéramos cuidado porque en esa zona había presencia de templarios. En el camino volví a sentir la misma sensación que en Chiapas: la carretera estaba sola,  una llovizna durante las casi dos horas que duró el trayecto a la cabecera municipal de Aquila, a la entrada del pueblo estaba instalado un retén de guardias comunitarios armados.

Había incertidumbre, porque tampoco entendíamos a fondo lo que estaba ocurriendo. Habíamos visto el día del levantamiento armado en La Ruana, municipio de Buenavista y en la cabecera municipal de Tepalcatepec. También habíamos platicado con algunos líderes de movimiento, entre ellos don Hipólito Mora.

Por cuestiones de la labor periodista nos tocó algún enfrentamiento y persecución de presuntos delincuentes. A toro pasado, no fue nada lo que nos tocó vivir. Pudimos escuchar las lágrimas de una mujer que perdió a su hijo porque un líder de un grupo de autodefensas que tenía su base en Parácuaro le disparó en la cabeza porque no quiso decir que era parte de los Caballeros Templarios.

Fueron más de 600 autodefensas encarcelados por el delito de portación de armas, muchos de ellos tardaron años en salir de prisión, incluso hay algunos que no han logrado salir todavía. Otros perdieron a un ser querido; incluso algunos que  actuaron de buena voluntad y trataron de aportar algo para la causa fueron desaparecidos. Otros  baleados sin saber de dónde y quienes  les habían disparado. Otros fueron torturados y luego ejecutados. Esto sin contar a las familias que fueron víctimas de extorsión, secuestro, robo y homicidio, que los obligó a tomar las armas para defenderse de la delincuencia.

Tanto en Chiapas como en Michoacán, los levantamientos armados fueron porque el Estado (nación) no cumplió con sus obligaciones. En el primer caso miles de indígenas chiapanecos fueron olvidados por los gobiernos, que permitieron y fueron parte de despojos, abusos y miserias.

En el segundo caso, el Estado olvidó su obligación de garantizar seguridad a todos los sectores sociales, y por si fuera poco, hubo funcionarios de diferentes niveles que permitieron la proliferación de la delincuencia, sino que muchas veces promovieron y fueron parte de delitos graves, lo que desembocó en una descomposición social de grandes consecuencias que se sigue padeciendo porque el movimiento de autodefensas fue desarmado después de que el mismo gobierno lo provocó y en algunos casos promovió.