Antonio Tenorio Adame/Noticias y Debate M3

CDMX, 6 de abril, 2020.- El miedo es el opio de los pueblos, ¿Cabe establecer la analogía derivada del pensamiento de Marx? Poco conocemos de nuestros miedos que rigen decisiones cruciales en nuestras vidas. 

El miedo oprime-suprime el pensamiento, desarticula la razón, e impide la acción. Se trata de un instinto, impulso vital, que responde a la seguridad existencial. 

La naturaleza dispone de una sabia virtud al establecer los equilibrios necesarios entre las especies para fijar una relación entre su espacio vital y el tamaño de su población, cuando una de ellas se desborda al aumentar surgen fenómenos que los frenan tales como las epidemias en su órbita interna, o bien crecen sus enemigos  

Son pocas las especies animales que no conozcan el miedo,  todos tienen establecido determinado el punto de estampida para arrancar la huida. Descender por ese “tobogán” de la destrucción convierte a la especie humana en la más peligrosa y destructora de la naturaleza. 

La diferencia de los pensantes con los seres irracionales, es la capacidad para transformar el miedo en valor para ser capaz de enfrentar, resistir y a veces sobrevivir, lo cual se debe a que el humano valora la necesidad existencial basada en la seguridad para conjugarla con otros valores como la justicia, la igualdad, la fraternidad. 

Además, la capacidad racional del hombre siempre dispone de la habilidad para utilizar la ciencia, la tecnología y todo conocimiento a favor de obtener igualdad o ventaja ante el ataque en un combate.

Para comprender el arte de la guerra en condiciones de igualdad, Eugenio Trias, 2005, señala que “todos somos iguales, capacitados, para el crimen, el homicidio, por encima de diferencias naturales, o sociales, en idéntica capacitación para la relación con el otro en términos de lucha a muerte, o de efectivo homicidio. Hasta el más débil de los humanos puede matar a su semejante.

Somos iguales en eso, mucho más que dones, oportunidades o posibles formas de vida. La falta de equidad en el ataque que se efectúa con ventaja, así como el temor inducido con ingeniería social en un estado de guerra, sea de baja intensidad, difusa o híbrida, promovida bajo el eufemismo del terrorismo o narcotraficante, establece el temor social con el que se domina desde el control psicosocial hasta el crimen selectivo ejemplar.

 Estamos hechos de sentimientos e instintos que nos permiten valorar nuestra existencia, con ellos establecemos la igualdad, la justicia, la fraternidad, la seguridad, entre otros valores universales que son determinantes al momento de tomar decisiones. 

Nuestros actos, luego pues, son precedidos por esos valores que actúan conjugados, sin embargo, cuando uno de ellos se privilegia entonces su equilibrio se rompe para prevalecer única y exclusivamente aquel valor objeto de privilegio.

Así ocurre cuando enfrentamos un riesgo de seguridad física, económica, o de cualquier índole, que afecta nuestra existencia, nuestro “instinto de conservación” nos previene a través del miedo, por lo que se determina conservar la existencia a cualquier precio, sea defensivo, o de resistencia o de aniquilación del enemigo.

El miedo, luego entonces, es una realidad emocional, afectiva, patética, en fin, una realidad existencial.

Ante las amenazas, se advierte,  los miedos son distintos y de difícil encasillamiento, pero también es cierto que se trata de una experiencia posible de compartirse, como sucede en acontecimientos masivos o larga duración que afectan a un conglomerado humano

Ahí se encuentran enseñanzas compartidas orientadas por la solidaridad e incluso salpicadas con destacados actos de heroísmo, tales sucesos ocurren en una guerra o catástrofes naturales.

Sin embargo, el miedo de las pandemias en primer lugar es un temor apocalíptico proyectado a la extinción de la especia humana.

Estos miedos se caracterizan por el aislamiento, la des-conexión de vínculos, la exclamación de “sálvese quien pueda”, la cual acontece a semejanza de un incendio donde los tumultos se agregan a las amenazas latentes, no hay lugar a la solidaridad entre individuos.

Ahora en la actual pandemia se ha diluido la solidaridad personal, sin embargo, prevalece la oportunidad de la protección pública que debe habilitar el Estado como responsable de la salud e integridad física de sus ciudadanos.

Ahí reside el vértice de la probabilidad de que los afectados por la pandemia, en nuestro caso del “corona virus 19”, sea sometido a control con el menor cantidad de víctimas, en el menor tiempo posible.

No solo se debe actuar a tiempo como medio de prevención sino también enfrentar políticas supremacistas donde se excluyen a migrantes, o a pobres, con el fin de que la protección de salud sea universal y evite focos residuales de contagio y rebote devastador.