Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 23 de junio, 2019.- Desde la lengua tu’un savi las sensaciones corporales y el pensamiento forman parte de una totalidad. Para pensar desde mi lengua se usa el verbo jianini, en donde jiani significa “poner” e ini que es el “interior”. De tal suerte, que pensar es colocar nuestro interior, saber y experiencia al mismo tiempo. Sin embargo, este saber es silenciado cuando se intenta hacer una actividad intelectual con la lengua, como la traducción.


El reconocimiento y la participación política de las naciones originarias son también puntos de visibilidad y audibilidad. Así una posible estrategia política para que la voz colectiva de las comunidades sea escuchada: es que sea traducida, pero también que pueda traducir otros universos significativos. Por eso, se hace imperante la traductibilidad de saberes todavía ausentes.
Esto significa aprovechar lo que ha sido negado y que ha limitado: la potencia de las lenguas originarias.

Pues en ellas se entrecruzan las memorias, cosmovisiones y también posibles respuestas a la crisis civilizatoria que atravesamos. Los saberes inscritos en las lenguas originarias pueden construir la gramática de un sentido común.  Por eso la traducción es un ejercicio constante, cotidiano e indispensable.

En la lengua tu’un savi, traducir se dice nakanu, que significar “desenredar”. Metáfora que hace referencia a deshacer el nudo en el tejido de la construcción de sentido. Pasemos a un ejemplo de traducción que se hizo como ejercicio de  traducción (colaborativo) de unas líneas del  poema “Hermandad” del escritor e intelectual mexicano Octavio Paz, las cuales reproduzco:

Hermandad

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Desde el título existe una dificultad, pues no se tiene una expresión como “Hermandad”, pero sí un término que guarda un cierto paralelismo, en este caso: Ta’an, que se vincula con lo cercano y con lo familiar: Lo que nos hace comunes. Otra dificultad es la noción de hombre que en el poema se podría vincular con lo humano en términos genéricos, por lo que no tendría que traducirse simplemente como kuvi ni tee (“soy hombre”) sino como kuvi ni ñivɨ (“soy gente”) para no caer  en la trampa del falogocentrismo.

 Así la línea se complementa con yaku ni teku ni, que significa “poco vivo” pero también “poco color tengo”, pues para la cosmogonía ñuu savi la vida es sinónimo de color.

El siguiente verso es relativamente sencillo je ka’un yakuaa (“y es grande la noche”) y la línea siguiente se puede escribir así: soma ne’ya ni sikɨ (pero miro lo alto”). De tal suerte que el último verso que nos queda se podría traducir como: je da tiuun tée-daa “y las estrellas escriben”.

De tal suerte, que la escritura de la poesía y su traducción no debe quedarse en el lugar de común: de que las lenguas son poéticas por si mismas sino que se debe procurar un trabajo serio y responsable. Y habrá expresiones que sean imposible de traducir, otras que se tiene que resignificar, pero siempre procurando la equidad entre las lenguas.

También desde mi lengua el verbo soñar se dice jianni, que guarda un paralelismo particular con el verbo pensar: jiani. Pues lo que no resta es entretejer  ideas y sueños en común.