Fabián Bonilla López/Noticias y Debate M3

CDMX, 12 de marzo, 2020.- Hace tiempo apareció un artículo de opinión titulado: “¿Indígenas o pueblos originarios?: una reforma conceptual”, firmado por Ilán Semo. Sirvan estas palabras para construir un diálogo a partir de lo que situó en el espacio público el académico e investigador.  

En primer lugar, Semo indica la relación que existe entre las palabras “indio” e “indígena” que se empezaron a usarse a partir del siglo XVI para denominar al otro. Y aunque nos explica didácticamente que tales palabras no comparten una etimología común, quizás sea a nivel oral, donde se encontró el entrelazamiento de las dos expresiones. “Antes de escribir, hablamos, y antes de hablar, esbozamos signos. Indígena e indio tienen en común una raíz: ind. Esta raíz no significa más que lo que une a las dos nociones y las vuelve relativamente homologables (La Jornada, 11/03/2017).  

Y también Semo nos recuerda que el sentido de las palabras no se construye dado su referente etimológico sino su uso social, es decir, que no está en la denotación sino en la connotación. El articulista se pregunta por qué el uso de tales voces que emergieron en el siglo XVI se mantiene vigente hasta nuestros días; “es un misterio que los historiadores aún deben descifrar”.  

Quizás tendríamos que pensar la respuesta (sin ser necesariamente historiadores) en las relaciones asimétricas de poder que se construyeron desde las primeras fechas de la colonización, en que la palabra del colonizador se erigió como única verdad (fuera del alcance de todo diálogo y controversia posible), en la construcción de un imaginario colonizado o en la colonización que dura hasta hoy. 

Él además señala que tal uso también configuró una experiencia donde se delinearon identidades diferenciadas. (…) lo indígena remite a un pasado frente a la novedad del Nuevo Mundo, léase: lo-que-está-por-venir, por-construirse”. Por tanto, el epíteto de Nuevo Mundo (vs Viejo Mundo: Europa) no se pensó como una forma de definir al “Descubrimiento” sino que es una estrategia de diferenciación que marca la relación asimétrica de poder y la empresa civilizatoria.  

“(…) Este simple ordenamiento del futuro-pasado constituyó a quienes se erigirían en los representantes de lo nuevo (peninsulares y criollos) como los protagonistas del futuro, la signatura central del síndrome de la modernidad, y a los indígenas como los habitantes que provenían de un pasado, es decir, los habitantes del pasado.” Los habitantes de estas tierras (que compartieron el mismo tiempo del colonizador) fueron simplemente arrojados al vacío del tiempo pasado. Dotando al otro de una identidad que se expresará en todas las dimensiones de su vida. 

“Este secuestro no fue tan sólo el del tiempo. Fue también el del cuerpo y la vida misma. La palabra indígena, una invención española, que reunió a la in-unificable (más de 100 culturas y naciones en una sola abstracción), se tradujo en un sistema de castas y de segregación durante la era del virreinato”. Y que claro, continúa…  sobre todo, configurando una identidad envuelta en una eterna condición incompleta y de falta que marca nuestro único destino: soltar los amarres del pasado para convertimos en modernos.  

Por otra parte, Ilán Semo señala la emergencia de la expresión de “originario”. Puntea que fue a partir de las movilizaciones en los años noventa (marcados por el denominado Quinto Centenario y las luchas en distintos puntos de América Latina), sin embargo: “Su origen es vago. Probablemente data de los años 20, cuando empezó la discusión sobre derechos públicos y de propiedad en Canadá. Pero lo que importa en los signos que definen al otro nunca es su origen, sino la fuerza que tienen para significar la actualidad”.  

Semo indica que su aparición marca una reforma conceptual. Y lo plantea en tres puntos: 1) dificulta su sustantivación, a menos que se hable de “originarios”, 2) destituye un concepto clave –el de indígena– en la estructura de lo que mueve las latencias raciales de la sociedad, y 3) pone en escena la apuesta de un lenguaje abierto a la posibilidad de la pluralidad. Y aquí está precisamente la dimensión rescatable para abrir los debates y sobre todo propuestas: renunciar a las identidades esencialistas y fijas y abrirse al vértigo de las propuestas no esencialistas, pero siempre matizando estos dos polos.  

Y aunque el académico e investigador nos advierte que “Nadie se engaña. El desplazamiento de la noción de indígena por la de pueblos originarios es tan sólo un ligero golpe al criollismo del imaginario nacional, apenas una reforma”. Pero es un camino que se puede bifurcar y abrir un resquicio para librarnos del “secuestro” en el que seguimos. Llegando al punto de dejar de usar las expresiones de “indio” o “indígena” como se han ido abandonando otros términos como “castas” o “razas”. Recordemos que los conceptos, las definiciones y las etiquetas son siempre históricos.