Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 9 de enero, 2019.- Las fiestas. Si algo extraña don Fer son las fiestas: “Bien bonitas, con bandas de música. El día de la Santa Cruz se va uno al cerro, sube la banda, todos los que vienen del DF llevan comida, y allá la pasa uno suave, hasta la tarde; en la noche vemos la quema del castillo, del torito, y al otro día a la misa.

En las fiestas que los que iban de México llevaban cosas y ayudaba a llevar los bultos a su casa y me daban dinero. Y le platicaba a mí mamá y a mi abuelita también. ‘¿Pues cuánto te hiciste?’ Como cuatro pesos, y mi mamá me daba diez pesos para golosinas. Escuchó mi abuelita y dijo: ‘No le des dinero, se acostumbra a tener dinero sin trabajar.’ Sentí feo”.

Ante la carencia, Nando decidió a trabajar. Como tlachiquero, a los diez años de edad: raspaba unos 70 magueyes. “Es difícil, y más cuando llueve. Se inundan los cuencos de los magueyes. Con el acocote sacaba el aguamiel y llenaba el cuero, la bota que me colgaba a la espalda con un ayate, porque el burro era yo: yo tenía que cargar. Si no atinas a la bota para vaciar el acocote lleno, te mojas el lomo y te enguishas, da comezón. Enflaqué de tanto sorber con el acocote. Mejor me fui a otro lado: a desazolvar canales, como peón. Así fui creciendo”.

Cada 12 de diciembre sus familiares y él asistían a las festividades en honor a la Virgen en la Villa de Guadalupe. Yayita, su madre, seguía de sirvienta, ahora en la calle de Homero, Polanco. “Enfrente trabajaban unas chamacas, las fui conociendo,  y como cada año venía me encariñé con ellas y decidí venirme a México a la edad de 15 años.

Me pareció bonito, como que todo era más fácil. Y no: mucha gente, muchos carros; allá en el rancho puros burros, vacas… Salía con el esposo de mi hermana, vivían por el rumbo de Tacuba. Íbamos atravesando la calle y ¡zaz!, que me avienta una bicicleta. N’hombre, mejor me devuelvo a mi pueblo. Extrañaba las tortillas calientitas de mi abuelita, mi salsa, mi pulque, las gorditas redonditas llenas con frijol y salsa y un atole bien caliente que, con el frío y las heladas de allá, me sabía bien rico.

“Un día le dije a mi cuñado, que siempre fue buena persona: Consígueme una chambita. Sí, cómo no. Entré a un taller de carpintería en Tacuba. En el pueblo qué sabes de carpintería: me pusieron a pulir una charola, y que la quemo, ¡yyy que me regaña el Maestro! Me sentía muy mal. Mi cuñado me llevó a otro taller del rumbo, en Mar Mediterráneo. Hacían de todo: barniz, tapicería, carpintería, herrería. Me pusieron a rellenar unas fundas con algodón, y de ahí en adelante: aprender la tapicería de muebles finos. Duré mucho tiempo en el taller, hasta que me liquidaron y comencé a trabajar en mi casa”.

Al paso del tiempo se hizo novio de la bella Consuelo, una de las chamacas que trabajaban en Homero. Yayita aconsejó: “Si quiere echar raíces en la ciudad, empieza hacerte de algo”. Su hermana ya vivía en el ex vaso de Texcoco. “Dijo mi mamacita: Compra un terreno, y me pagó el enganche. A estirones y jalones me hice de él. Poco a poco a poco fui pagando, me casé, formamos el hogar, tuvimos a Fer, a Pati, a Lourdes. Con compromisos, ¿cómo regresas al pueblo? Cuando me visitan familiares y paisanos, pregunto cómo están todos por allá y me dicen que todos bien y ¿qué tú, Nando, ya no sabes hablar el otomí o qué? ¡Cómo de que no! Y a plática y plática en la lengua, el dialecto que le dicen, pasamos el rato con un pulquito de por medio, del que me mandan del rancho. Pulquito otomí, hñähñu. Y pues si no, ¿cómo aguantar la nostalgia?”