Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 17 de mayo, 2020.- La mancha tan negra que es la pobreza lo movió. Tapicero de oficio, a sus 75 años de edad aún tiene ganas de volver a su pueblo hñähñu. Sabe que vivir allá es difícil: sin agua, sin tierras ni animales, porque no alcanza para todos el pastoreo. Aun así, le gustaría revivir sus viejos tiempos, “aunque no es fácil: no es lo mismo joven que ahora ya de viejo”.

La jornada concluyó. El patio de su casa en Nezayork funciona como taller de tapicería y en él trabajan sus dos hijas, su hijo y tocayo, su yerno y en sus ratos libres apoyan los nietos y nietas. Pese a los pesares, don Fernando Galindo es un hombre cariñoso, consentidor, acomedido, amoroso. Si cae trabajo, todos le entran con fe. Consuelo, su esposa (Chelito), apoya con la costura.

Hijo de madre otomi, hñähñu del estado de Hidalgo, don Fer nació en el DF (calle de Yucatán, colonia Roma) donde Hilaria, su madre y Cayetana, su tía, trabajaban como sirvientas. Pasaba el día atado al pie de la escalera hasta que ellas se desocupaban y le brindaban atención.

–Pero un día tía Tana aconsejó a mi mamacita: “Mira Yaya, este muchachito está descolorido y flaco; te lo llevas al pueblo o se nos muere aquí. Será bueno que le dé el aire y ande el campo.” Y me encargaron con mis abuelitos. Ya más grandecito los ayudaba a cuidar dos vacas, a ordeñar: diario me daban mi jarro de leche bien espumosa, sabrosa, no como la de aquí, que es pura harina.

Don Fer se mira nuevamente escuincle; en compañía de sus abuelos participa en la ordeña,  va y viene con los animales: del campo al corral y del corral al campo; limpia el estiércol, colabora en la elaboración del queso, en el cuidado de la milpa todas las mañanas, y vuelve a casa con ejotes, chilacayotes, flor de calabaza, chayotes, ejotes, todo fresco, según la temporada…

–A falta de burros, nosotros cargábamos la cosecha: de maíz, frijol, haba, arbejón, ayocote; en el cerro hacía mis atados de zacate, de leña, porque no se conocía el petróleo, menos el gas. Más crecidito trabajé en la hacienda de La Manga. Con tío Modesto, tío Agapito, barbechábamos, hacíamos zanjas para el riego; no tuvimos yunta, pero conozco el arado, el yugo, la coyunda, la reja.

El abuelito era mediero, con su parcela: al cosechar todo es por mitad, dos surcos de cosecha para el de la parcela y dos para el que la trabaja. También se vive de la cal; hay quienes tienen horno y la cuecen para venderla por arroba: una son 11 kilos y medio. Los domingos venden en Huichapan, la cabecera municipal, o truequean por chiles, tomates, todo lo necesario en la cocina.

Jonacapa lleva por nombre el pueblo al que sueña regresar don Fer: aunque poco, se habla el otomí: “Yo lo aprendí con las tías, los tíos. Cómo se dice víbora en otomí, decían, y les contestaba en la lengua; y que cómo se dice agua, piedra, ¡pulque! Allá se acostumbra el pulque, todo el estado de Hidalgo es pulquero, me crié allá en el pueblo: con pulque, tortillas con chile, aguamiel, memelas, queso. Ya grandecito entré a la escuela. Hasta el tercer año. Lo más bonito para mí son las fiestas. Como mi mamá estaba en México, llegaba el 3 de mayo o el 14 de julio: celebran a San Buenaventura, Semana Santa. Traía arroz, frijol, azúcar, ropa, pan duro blanco y de dulce, cosas que era difícil comprar: allá en vez que matar un pollo, lo agarraban y llevaban a Huichapan a la venta para comprar el maíz… Cuando me comía un huevo, me lo daban bien sabroso asado en el comal”.