Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3

¿No te da pena traer las mismas botas siempre? ¿No te avergüenza tu pantalón roído y esa chamarra tan usada que pareces fotografía? ¿No te apena cargar esa miserable mochila y tu camisa descolorida?…

Estado de México, 16 de junio, 2019.- Clavé la mirada en mis botas limpias y escuché cada una de tus preguntas; y de pronto, en aquel momento, como si te dieran la razón, se miraban más viejas, pálidas, tristes, como lienzo estropeado de una flor marchita.

Me avergonzaba de manera terrible saber que la gente nos escuchaba. Me sudaban las manos y temí recargarlas sobre mi pantalón deshilachado para secarlas; las mantuve quietas, plagiando una tranquilidad que no sentía. A mi sí me avergüenza verte así: con los mismos zapatos, sin ambiciones, sin deseos de un mejor trabajo o de comprarte algo… Ahí estaban los comensales, atentos, muy pinches discretitos, sentados en las sillas de madera mientras levantaban la taza de café negro tres tragos atrás vacía, postergando pedir la cuenta tan sólo para poder escucharte y mirarnos de soslayo.

El nudo en la garganta. “Así debe sentirse usar corbata”, pensé, mientras miraba al tipo de traje gris sentado a tus espaldas, el de la facha de exitoso –como decía mi abuela–, de gente de bien, de hombre de mundo: “¿cómo pueden soportar tal tortura?”. La melancólica opresión aglomerándose en mi gaznate, amenazando desbordar como bacinica rebosante. Me apena salir a la calle y no saber si iremos a comer o sólo a caminar estas sucias calles porque no tienes un peso para ir a comer o al cine o a cualquier lado que no sea el horripilante cuarto en donde vives…

Levante la mirada y tu lacerante sonrisa se clavó en mí, oprimiendo más y más la angustiosa sensación acumulada en mi pecho. Sonrisa cínica y burlona de pómulo a pómulo, de hoyuelo a hoyuelo sobre tus mejillas y hasta tus gruesos labios. Te veía manotear y señalar cada una de mis moribundas prendas y levantar la voz sin sentirte apenada, y pensaba que tenías razón.

Me acordé de la gorda Licha y su forma de mirarme. Antes de conocerte, todos los días pasaba en la noche, cuando regresaba de la oficina donde trabajaba de secretaria, y me llevaba a los tacos o a los tamales de champiñones con queso ahí por la avenida Fray Servando o a los caldos de gallina abajo del puente de Zaragoza.

“¿Por qué me tratas tan bien, mi Licha?”, le preguntaba. “¿Así cómo?” “Pues así, bien ley, como si me debieras algo”, le contestaba. “¿Apoco no sientes que te lo mereces?”, me preguntaba, y yo me quedaba sin palabras, nada más viendo cómo metía sus regordetes dedos en el plato para deshebrar la pechuga blanca de la gallina.

Yo no busco eso, no busco a alguien como tú; yo merezco algo más, alguien que se esfuerce por tener una casa y un carro y que pueda presentarle a mi familia sin sentir vergüenza al intentar explicar a qué se dedica… Pobre gorda Licha, nada más la dejé vestida y alborotada. Jamás me pidió nada, ni siquiera me intentaba tomar de la mano, únicamente me veía con sus ojos chiquitos, negros negros como de venado, cuando comíamos churros frente al parque. Un día ya no salí, nada más porque no aguanté las burlas de mi familia: “¿Apoco no te da pena que te vean con esa gorda?”. Pus no, no me daba pena, pero la familia es la familia. Durante mucho tiempo extrañé a la gorda Licha, pero me olvidé de ella. Y hoy que te escucho, la recuerdo y pienso: amor con amor se paga.

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El mesero nos miraba desde el baño de la cafetería, se sonreía socarrón el muy hijo de la chingada: “No te tiro los lentes nada más porque ya no tengo ganas de nada”; y tú seguías con la gritadera y las burlas y la cosecha de reclamos. Haz algo por ti, o ¿apoco quieres ser el mismo miserable siempre?  “Miserable”, pensé,  “siempre he sido el miserable. El miserable que dejó su trabajo de aprendiz de panadero nada más porque te daba pena verlo siempre con las manos como de macuarro recién salido del colado. El miserable que no compraba cacles ni chamarras ni pantalones ni camisas ni calzones nada más para echarte la mano con los libros de la prepa. El miserable que te llevó a la playa de vacaciones, pero que dejaste en el hotel porque te encontraste a tus primos y preferiste salir a cotorrear con ellos. El miserable…” Pero nada más lo pensé, porque las palabras ahí se quedaron atoradas; viajaban a toda velocidad, muy decididas, muy acá, desde mis tripas, pero perdían fuerza al llegar a la garganta. Miserable.

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No aguanté la sonrisa socarrona del mesero y me levanté al baño. Tampoco te aguantaba a ti. ¿Por qué lloras?, escuche que me preguntaste, pero ya nada más imagine que te reías y me dio más coraje. ¿No me vas a decir nada? Como siempre; siempre callado, incapaz de darte tu lugar, de volverte respetable… El mesero me vio venir y creció su sonrisa. Lo agarre flojito, con la boca abierta y los dientes pelones. Se quedó tendido en el suelo, y mi bota truene y truene en sus dientes. ¡Animal, naco; qué vergüenza! Es lo único que sabes hacer, portarte como una bestia.

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Me lavé la cara en el baño e intente contener las lágrimas. Afuera se escuchaban algunos gritos y alguien que pedía llamaran a la policía. Me dio pena pensar que todos me habían visto. “¿Pero querían espectáculo, no?”, pensé. Salí del baño y te vi de pie junto a la caja, platicando con la dueña. Siempre guapa, con tus zapatos caros y tus bolsas del Palacio de Hierro; el perfume dulzón de tu cuello se coló a mis fosas y me regresó la calma. Me marché del local. ¿A dónde vas? Ven a pagar, tienes que pagar la cuenta… Salí con tus palabras resonando en mi cerebro: “¿No te da pena traer las mismas botas siempre? ¿No te avergüenza tu pantalón roído y esa chamarra tan usada que pareces fotografía?¿No te apena cargar esa miserable mochila y tu camisa descolorida?”  Jamás volví a verte, pero me enteré que, aquel día, en tu costoso bolsillo no había ni unas miserables monedas.

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