Salvador Jara Guerrero/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 7 de marzo, 2019.- La autonomía universitaria no es sólo un Derecho Constitucional, es una pieza fundamental para asegurar la supervivencia de la sociedad y de la democracia.

Una de las teorías más bellas de la ciencia: la teoría de la selección natural Darwiniana, nos ayuda a ilustrar la importancia de la pluralidad. La enseñanza que nos ha dejado esta teoría es que la supervivencia de la vida depende esencialmente de la diversidad. Si todos fuéramos iguales y, por tanto, tuviéramos las mismas capacidades y habilidades, pero a la vez, las mismas debilidades y los mismos riesgos genéticos, ante cualquier evento que pusiera en peligro la vida de uno, la de todos estaría en peligro.

Si las condiciones climáticas, o sus cambios bruscos, alguna una enfermedad, la modificación alimentaria, acabara con la vida de uno, sólo sería cuestión de tiempo del fin del resto.

Pensemos en una historia ampliamente conocida, la de los antibióticos. Cuando se administra inadecuadamente un antibiótico, el resultado es que acaba con los bichos más débiles y, si no se termina el tratamiento o no es el medicamento adecuado, deja vivos a los más fuertes que, aunque sean minoría, se seguirán reproduciendo al ser capaces de sobrevivir al tratamiento.

Al final tendremos una población modificada del mismo bicho, pero ahora más fuerte e inmune a la medicina que hemos tomado.  ¿Qué hacer? se toma una muestra del bicho más fuerte, se ve qué antibiótico lo mata y entonces tomamos ese nuevo antibiótico adecuadamente. La gran ventaja es que el enemigo, por fuerte que sea es de un solo tipo y la misma medicina los mata a todos.

Entre más se homogeniza la especie humana, no sólo genéticamente, sino en hábitos, capacidades, fortalezas y debilidades, el riesgo de desaparecer se incrementa. Por fortuna, al menos genéticamente estamos blindados porque cada vez que nos reproducimos, la reproducción nunca es exacta, hay siempre mutaciones que mantienen la diversidad.

Volvamos a la universidad y a la autonomía. Las universidades como un banco reproductor, no biológico, somos un banco reproductor de ideas, de valores, de posibilidades, de ideologías, de religiones, de conocimientos.

La historia nos ha enseñado en infinidad de ocasiones que las verdades más robustas, las teorías más aceptadas, los humanos más sabios han estado equivocados. Incluso en las ciencias denominadas duras son frecuentes las sorpresas que modifican de manera radical el conocimiento aceptado.

Hoy día hay quienes quisieran que la educación universitaria estuviera dirigida hacia la formación de empresarios, otros hacia la formación de investigadores o profesionistas. Algunos pugnan por una universidad de izquierda o de derecha, otros más pretenden eliminar contenidos y hasta cursos completos porque los consideran inútiles, y a otros les molesta la formación de ingenieros y profesiones afines porque los consideran tecnócratas. Más aun, hay quienes creen saber cuál es el mejor modelo de universidad, y pretenden eliminar todo aquello que no se ciña a esa idea.

Sin embargo, lo único que puede garantizar la supervivencia de los ciudadanos y de la sociedades en el futuro, igual que en el caso de los seres vivos, es la diversidad, no sólo en la oferta educativa sino en el corazón mismo de la universidad que son los académicos. Y esta diversidad sólo puede mantenerse con la libertad que otorga la autonomía.

No es difícil imaginar el desenlace en un país en el que las universidades estuvieran controladas por alguna religión o ideología, se dejarían de lado todos los conocimientos y hasta los puntos de vista que fueran distintos aceptados y la crítica sería inaceptable. Con ello estaríamos también perdiendo la oportunidad de formar seres humanos diversos que piensen de manera distinta a los grupos hegemónicos.

El papel fundamental de las universidades es preservar la diversidad de las ideas. En la analogía con la vida, se corresponde con la importancia de la diversidad genética para la supervivencia.