Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 15 de febrero, 2019.- Eran los tiempos de doce punto cincuenta pesos a cambio de un dólar. Eran los tiempos del régimen del presidente de la República guapo y nacionalizador de la electricidad, Adolfo López Mateos, y de su mujer doña Eva Sámano que inventó el INPI y los desayunos escolares para quienes contábamos con veinte centavos para pagarlos.

Eran los tiempos en que jugábamos a la víbora-víbora de la mar, a las cebollitas y el cinturón escondido y al papá y a la mamá, como si conociéramos aquella canción de Daniel Santos que dice:

Pero mi niño, qué hacía tú

tanto tiempo en la cocina.

Jugando, mamá, jugando

con la hija de la vecina.

Pero mi niño, qué hacía tú

tanto tiempo en la cocina.

Jugando mamá, jugando

al gallo y a la gallina…

Para algunas vecinas quisquillosas, la chamacada éramos el peligro que pulula por la noche y por el día se va a jugar a los hoyitos con pelota de beisbol, para que los castigos (o pelotazos a la espalda del crucificado en la pared) fueran de a devis, aunque por las noches las escondidillas eran juego predilecto y permitían el cachondeo, los besos fortuitos, los escarceos para mutuamente descubrir zonas erógenas y filias y fobias, y estaban los caballazos y sus aguerridos jinetes arremetiendo contra otros caballeros participantes de la justa, en pleno llano y con el sol encima que nos provocaba sudores de sabores marinos que se mezclaban con la tierra salitrosa y nos volvían la cara lodo y todo el chiste consistía en derribar al jinete enemigo para luego ir a jugar matatena con huesitos de chabacano, dominó con fichas de chocolate que vendía el Oaxaco en su tienda, y también volábamos papalotes con formas aéreas o marinas y materiales diversos.

Jugar era todo un rito: al yoyo, al trompo, a las canicas y los taconazos (un círculo con monedas en su centro que a golpe de tacón debían ser movidas a traspasar el círculo y adueñarse de ella). Con el balero el reto era ver quién hacía más capiruchos al hilo, es decir: seguiditos, sin tener que soltárselo al rival.

Si ahora los chamacos se dan sus mañas para ejecutar pequeños hurtos e irse las maquinitas, chispas o ataris, hubo una vez en que el dinero obtenido se cambiaba por fichas o monedas para obtener tres o cinco pelotas para jugar en la mesa del futbolito o del frontón de mesa o del billar para infantes.

Llegaban las mamaces y a punta de chicotazos reclamaban el dinero que estaba destinado a las tortillas, el café Algusto o Legal, y de pasadita barrían y sacudían a los dueños del changarro por fomentarles el vicio a los chamacos, que de por sí poquito necesitan para descarriarse, señor: cuando los vea por aquí a mis chamacos, mándelos a volar.

Otro de los juegos que teníamos los que no teníamos recursos para adquirir juguetes, era el de las piedras: cada cual se hacía de su respectiva roca, del tamaño de un puño, y la arrojaba a determinada distancia. Al que le tocaba el turno debía atinarle a la que estaba delante, y si lo lograba, era transportado a caballito por el dueño de la piedra.

El burro entamalado o el burro dieciséis o burro corrido también tenían su discreto encanto.

Para el primero, se requería que alguien se pusiera de pie con la espalda recargada en la pared; abría las piernas y otro llegaba a pararse frente a él, se inclinaba e introducía la cabeza entre las piernas del poste; también formaba un ángulo con sus piernas para permitir el acceso de la cabeza del otro. Podía ser tan largo el burro entamalado como chavos quisieran participar. Una vez formado el burro, el equipo contrario, cada uno de sus integrantes, tomaba vuelo y saltaba para caer sobre las espaldas de los ahí apostados. Una vez que los contrarios estaban sobre del burro, éste comenzaba a menearse para hacer que los otros resbalaran. De lograrlo, se intercambiaban los papeles.

Para el burro dieciséis uno hacía el papel de pollino para que los demás lo saltáramos repitiendo frases que vaya usted a saber quién invento, hasta completar las dieciséis. Si alguno fallaba, le tocaba fletarse. Iniciaba el juego así de sencillito: saltando y diciendo: “Comienza el burro”, luego uno, por mulo; dos, patada y cos; tres, al revés; cuatro, jamón te saco; cinco, desde aquí (marca previa) te brinco, etcétera.

El burro corrido era como salto con obstáculos colocados a distancias determinadas. El obstáculo eran los participantes y uno podía pararse la tarde saltando por el llano, hasta que la noche caía y las mamaces salían a llamar a cada uno de sus bodoques con la palabra mágica:

—A cenar… sd