Emiliano Pérez Cruz/Noticias y Debate M3

Nezahualcóyotl, 1 de marzo, 2020.- A mi hermano Ricardo le gustaba mucho jugar con Lucila, mejor conocida en la familia como Lucha. Y con María la Galleta. Más con ella que con Lucila, porque ésta siempre se andaba con rodeos y si no le agarraba uno la onda por escuincle, la grandulona dieceisañera —enfadada —no se tocaba el alma para atraparnos por las orejas, y mientras las jaloneaba, reconvenía: 

—¡Aprende, aprende, aprende…! 

Qué iba uno a aprender: asistía a la primaria con uniforme perfectamente almidonado y pañuelito prendido al pecho con un seguro. No aprendíamos a jugar a la comidita, y eso sacaba de sus casillas a Lucha, una especie de prima política porque su mamá estaba casada con mi tío Celestino y cuando ambos se arrejuntaron, ella tenía ocho años de edad. 

Del matrimonio de doña Lucha y Cele nacieron Gloria, Jacinta, Mariana y Arnulfo. Todos vivieron en nuestra casa, en unos cuartitos que mi padre construyó al fondo del patio. Mi tío Cele puso el material y recuperó su inversión no pagando renta hasta que se emparejó la cantidad invertida en tabique, cal, cemento, polines, vigas, clavos y láminas de cartón. 

Los hijos de Lucha y Cele sí aprendían los roles que Lucha asignaba a cada quien para jugar a la comidita: 

—Tú vas a calentar las tortillas cuando llegue el papá, tú atiendes a los hermanitos mientras yo, la mamá Lucha, vengo del mercado; ustedes se van a sentar seriecitos en la mesa y mientras terminan de cenar su papá y yo nos acostamos, y cuidadito con dar lata porque estamos muy cansados y no queremos que se nos espante el sueño… 

A nosotros sí se nos espantaba. ¿Cómo no, si eran apenas las tres de la tarde? A veces nos amodorraba la canícula, pero de ahí a perderse la parte de la obra que correspondía al papá (mi hermano Alfredo, de 14 años) y a la mamá, Lucha, ¡cómo?  

Luego de la supuesta cena y las debidas atenciones al Rey del Hogar, inevitablemente los hijos —personajes inevitables en estas primeras representaciones del teatro de la vidorria— se quedaban lamiendo cucharas y platos mientras los progenitores, por boca de ella, expresaban: 

—Cuidadito con dar lata… 

¿Cómo iban a conciliar el sueño Lucha y Alfredo, si buenos restregones se daban, ella sin blusa ni brasier, él con el pecho desnudo, frotándose que daba miedo y dándose torpes besos que eran adolescente remedo de aquellos que Pedro (no hay otro) y Blanca Estela —Pavón, claro— interpretaban en Nosotros los pobres

Los dorsos de ambos brillaban a la escasa luz que se colaba al cuarto. Y quién sabe por qué Richar y yo echábamos mano a la pretina, como queriendo pelear valiéndonos de los Cinco Latinos o yendo al Cinco Letras: ¡las iniciales de cada uno de los dedos de la mano, mi hermano! 

Richar y yo no aprendíamos: que en vez de estar mirando, había que lavar los trastes de la comidita; barrer, fregar los pisos de las conejeras y del gallinero; hacer la tarea —aunque eso no viniera en el script de la obra—; no aprendíamos a respetar a nuestras hermanas mayores: Gloria y Jacinta, a quienes más bien fajábamos recurriendo a la congénita técnica de la improvisación; Mariana y Arnulfo se aplacaban o eran coqueados por nosotros. 

 —¡Aprende, aprende, aprende! —decía Lucha a cada uno de los mirones, y las orejas se amorataban.  

 Quisieron la suerte (y la biología) que Alfredo fuera deportado y enlistado entre los chamacos (cerillos) que cargaban el mandado de las señoras en Polanco y que su organismo comenzara a producir esperma peligroso, para que Lucha buscara sustitutos entre los personajes de la obra La Comidita

 —Tú ya no juegas, Alfre, porque ya mojas —le dijo ella al papá. Y se divorciaron. 

Primero fui elegido e igualmente descartado. Después tocó el turno a Richar. Reprobado también. Y ambos con la reconvención: 

 —Aprende, aprende —por parte de Lucha. Porque el Richar y yo siempre íbamos directo a las tetas. Y Lucha se refocilaba en los preámbulos. Por eso a Richar le gustaba mucho jugar con la Galleta: porque iba sobre lo que quería… Y sin comidita.