Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3  

Estado de México, 14 de febrero, 2021.- La conocí durante mi niñez, cuando todas las tardes, junto a mis primos y amigos, nos dedicábamos a gastar las suelas de nuestros tenis “Converse” andando la apenas pavimentada colonia donde nacimos. Caminábamos de un lado a otro, con las bolsas del pantalón llenas de mugre y piedritas que el río arrastraba y alisaba hasta quedar tan suaves como las cortinas de terciopelo de mi abuela.  

Cazábamos lagartijas rojas y pájaros chanate distraídos que reposaban en los cables de la luz, hasta que una piedrita los mandaba directito al suelo y levantaban una minúscula nube de polvo. Tirábamos dos o tres para venderlos, junto con un par de botes viejos de leche nido llenos de lagartijas rojas, en el puesto de hierbas y menjurjes de la colonia vecina, donde las señoras compraban  lo necesario para hacer sus trabajitos: un amarre, un mal de ojo, una protección.  

Mi primo Fernando fue el primero en conocerla. Llegó corriendo y nos interrumpió mientras decidíamos quién se metería al terreno del anciano don Pepe a robarse unas naranjas de sus árboles.  

–Vamos rápido: tengo que enseñarles algo –nos dijo agitado, mientras se sobaba el costado de la barriga e intentaba llevar aire a sus pulmones.  

Le seguimos sin chistar, ansiosos por saber que había encontrado. Comúnmente era el encargado localizar cosas nuevas en la colonia, objetos y lugares que se convertían en nuestro distractor durante días, hasta que aparecía algo novedoso. Él nos llevó a las afueras a ver la carrocería de un auto que unos policías habían desvalijado y abandonaron hasta que el sol y el polvo y los gatos callejeros lo oxidaron. Ahí pasamos tardes enteras jugando, metidos entre fierros viejos y un par de asientos que no le pudieron arrancar. Pero pronto lo cambiamos, centramos nuestra atención en la cripta familiar que habían olvidado cerrar en el camposanto y que nos gustaba visitar para contarnos historias de espanto y sentir cómo los pelitos de los brazos se erizaban a causa de la oscuridad y el eco de nuestras voces al interior del mausoleo.  

Cruzamos la iglesia y la primaria, dimos vuelta en la esquina de la panadería y subimos corriendo a toda prisa hacía el norte, nos detuvimos en la cancha de frontón abandonada.  

–Escóndanse rápido. Agáchense –nos ordenó–. Miren, ahí está. No se asomen mucho porque los va a ver.  

Nos asomamos por un agujero en la pared y la vimos acariciar el cabello de una mujer. El local era un pequeño lugar decorado con llamativos espejos en todas las paredes y un par de sillas giratorias en donde atendía a los clientes. Sus manos enormes me impactaron, también sus labios orondos y el maquillaje que le abrillantaba la cara. Movía las manos de forma delicada mientras realizaba pequeños cortes en el cabello de su clienta.  

–¿Quién es? –preguntamos.  

–Acaba de llegar a la colonia –respondió Fernando–; mi mamá se corta el cabello con ella.  

–Ha de medir como dos metros, y tiene los brazos más fuertes que los de mi papá –dijo sorprendido Memo.  

–Vamos a acercarnos más –insistí.  

Nos asomábamos por el pequeño boquete en la pared sin atrevernos a abandonar nuestro lugar. Portaba un largo vestido blanco con un escote enorme en la espalda y un par de tacones apenas visibles por la caída del vestido. En su cuello largo y fuerte cargaba un collar de oro que se complementaba con un par de pendientes amplios en forma de argolla.  

–¿Es hombre o mujer? –preguntó Memo, sorprendido, sin dejar de mirarla.  

–Eso no se pregunta –dijo Fernando–. Mi mamá dice que eso no se pregunta, que es una falta de respeto.  

–¿Por qué o qué? Yo nada más quiero saber si es niño o niña. ¿Qué tiene eso de malo?  

Yo insistía en acercarnos. Me sentía hipnotizado por aquella persona cuyo cuerpo me recordaba a mi maestro de educación física, pero que pretendía moverse con la delicadeza y elegancia de la realeza. Aquél día regresamos a casa sin emitir palabra. Caminamos pateando una botella vacía de refresco, hundidos en nuestros pensamientos, evocando la imagen de aquel personaje recién llegado a la colonia.  

Durante la cena mi mamá habló de ella:  

–Se llama Giovanna –dijo–, es diseñadora de belleza. Estudió en los mejores lugares. Hubieran visto lo guapa que dejó a Norma. Seguro que su esposo no la reconoce.  

Pero mi padre engullía sus alimentos en silencio, notoriamente molesto por la charla que intentaba entablar mi madre.  

–Ella vivía en la capital, pero se cansó de trabajar con artistas y gente famosa, así que se vino a esta pequeña colonia –continuó mi madre.  

–Bueno, ya estuvo, ¿no? –grito mi padre–. Deja de hablar de ese puto, nada más de escucharte me da asco; además, el niño está aquí en la mesa y tú hablando de ese indecente.  

El silencio se apodero de la casa. Mi madre se sentó a comer y yo no pude dejar de pensar en las palabras de mi padre. ¿Qué era un puto y por qué daban asco? ¿Por qué a mi padre le causaba tanta molestia escuchar a mi madre hablar de cortes de cabello y tonalidades de esmalte para uñas? Un puto indecente… Aquella noche no pude dormir.  

Al otro día, después de la escuela, me reuní con mis amigos.  

–¿Vamos otra vez? –preguntó Fernando. Todos sabíamos que se refería a visitar el negocio de Giovanna.  

–Yo no voy –contestó Memo–: ayer mi papá me prohibió acercarme. Mi hermana le contó que nos vio espiando por el agujero del frontón y me agarró a cintarazos. Todavía me duelen las nalgas.