Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 1 de diciembre, 2019.- ESCRITOR ASESINO… “Escritor asesina a su esposa y esconde el cuerpo en el armario. Vecinos reportan aroma putrefacto y la descubren. Encuentran escritos en la escena. ‘Necesitaba inspiración’, declara el detenido.”

Oscuridad

Abro la puerta y me detengo mientras hurgo, discreto, entre mis bolsillos. El tintineo de las llaves me guía, lo mismo la luna que ilumina el patio oscuro repleto de polvo que se eleva y decora el espacio de pequeñas luces que nacen y se pierden casi en el mismo instante. La oscuridad del cuarto me recibe; la oscuridad y el silencio. Por ello cierro los ojos en un intento por concentrarme, pero camino torpemente, temeroso de interrumpir esa sensación de tranquilidad que comienza a invadirme. Respiro despacio y arrítmicamente, mientras mis manos recorren las paredes frías que me guían al apagador más cercano. Lo presiono, pero todo sigue igual. Todo es oscuridad.

Lo prefiero

Prefiero la oscuridad porque así tengo menos distracciones para imaginarte, oculta, en alguno de los rincones. Por eso me tranquiliza que el apagador no cumpla su función básica y que solo ornamente las decoloradas paredes. Intento acostumbrarme a la penumbra, pero cada reflejo que se fuga por entre las cortinas lo dificulta. Me esfuerzo y nuevamente cierro los ojos, recargado en la pared, concentrado en la melodía que surge de la caja que forman mis lastimadas costillas. El sonido cede, mi pecho casi se inmoviliza y mi pensamiento tu búsqueda inicia. 

 Búsqueda

La pared que me sostiene. Las manos frías. La luz que se filtra indiscreta por entre las delgadas cortinas. El apagador inútil. El pecho quieto. Los parpados contraídos. El cuarto a oscuras… Te busco como un perro mal comido; hambriento de tu aroma, de tus piernas, de tus labios tibios.  Por la mañana estabas aquí, sentada, mirándome desde la única silla que nutre mi improvisada cocina pero, justo  ahora, no te encuentro. No estás en el baño, ni en el ropero, mucho menos en el teléfono y tampoco debajo del escritorio. Aun así te huelo; sé que aquí sigues porque te olfateo en la silla y en los vidrios, en las puertas y en las fotos, en mi ropa y en el papel de los libros. ¡Seguro que estás en los libros!: “Encontrarse, de pronto, con las manos vacías, con el corazón vacío…” “Los fines de semana salíamos a los pueblos cercanos, Xochimilco, Texcoco, íbamos a Chapultepec, yo contento de que hubiese tanto aire…” “¿Nunca te amarraron las manos de chiquito, verdad?, fue lo único que alcance a oír…” ”Luz me acompaña y nos quedaremos a vivir siempre en el agua. Hay charales, quién quita y ellos nos comprendan. No sabemos nadar, pero doña Jova nos dará la bienvenida. Y aguardaremos a los demás…” En cada historia te evoco. Huelen a ti, pero no te encuentro.    

Perfume

Leo con añoranza cada línea que te evoca. Hurgo en cada pedazo de papel para encontrarte. Cada hoja, cada línea, cada gramo de tinta se mezcla con tu inconfundible perfume; mezcla dulce, delicada, fresca como hoja de menta. Desisto. La noche avanza, y con ello la oscuridad marcha frívola, casi orgullosa, al silenciar a los niños que horas antes jugaban en la calle, afuera, indiferentes a la búsqueda de ti en el interior de este cuarto. Me he cansado. La luz  que antes se filtraba por las cortinas ha dejado de ser suficiente. Los libros y sus historias ahora se pierden en la penumbra.

 Me tienes en tus manos

Después de tantos años conozco cada milímetro de mi casa; por ello, después de unos minutos, buscarte a oscuras, con los ojos apretados y las piernas titubeantes, no es problema. Incluso disfruto la indolencia mediante la cual las sombras se apoderaron, minuto a minuto, con la tarde perdiéndose detrás de las casas,  de cada resquicio.

 Me recuesto y hurgo entre mis sabanas: ¡aquí te encuentro! Me tienes en tus manos, atrapado en una constante búsqueda de ti, calle a calle, paso a paso, sueño a sueño. Pero aquí te encuentro, en la suavidad de mi cama, vienes con la noche, escoltada por la oscuridad del cuarto que nos abraza, mientras la respiración nos escuchamos,  sin tocarnos.  Aprieto los parpados. Sin mirarte te encuentro a mi lado. Mis labios bastan para –poro a poro- reconocerte y recorrerte –trecho a trecho- por un largo tiempo. Tus pies, tus rodillas, tu cadera, tus delgados labios, tu espalda clara, tus muslos que me guían hasta ese sitio marcado por cuatro diminutos puntos, mis puntos. Me detengo. Te siento. Me entrego a tus lunares. Aprieto los ojos y confirmo lo que tú sabes: que me tienes en tus manos,  atrapado por cuatro puntos que decoran tu pecho, iluminando, por momentos, las sombras de este cuarto.

Me tienes en tus manos…