Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 14 de septiembre, 2019.- Los Memos, les apodábamos. Crecimos en la misma colonia, y a pesar de la diferencia de edades, siempre supieron integrarse a nuestro grupo de amigos. Mientras la mayoría de nosotros asistíamos al tercer año de secundaria, o incluso a las aulas de los primeros semestres preparatorianos, ellos cursaban el quinto, cuarto y tercer año de primaria, respectivamente.

El sobrenombre lo heredaron de su padre: Guillermo, el Memo. Los que nacieron en la colonia, o quienes llegamos en edades muy tempranas, le recordamos como el ser que recorría las calles sin pavimentar de un lado a otro en un eterno balanceo, balbuceando frases inentendibles en una aparente discusión con seres que sólo él veía, con su sonrisa perpetua, eternamente henchido de un dulzón olor a alcohol y orines. Y en su marcha diaria, siempre junto a él como fiel escudero, viajaba el Tigre, perro bóxer de tamaño descomunal que a base de estridentes y violentos ladridos, le protegía de cualquiera que intentase acercarse. 

Aquel chucho, el Tigre, murió envenenado por doña Conchita, la dueña de la única tienda de la zona, como venganza a las cotidianas escenas de terror que la señora vivía cuando el Memo, cansado de arrastrar los pies por las polvorientas callejuelas, se recostaba y dormía bajo la cortina de hierro del local comercial, y a cada intento de la enfadada sexagenaria por acercarse a despertarle, el perro le repelía.

Conchita, harta, colocó una cacerola de peltre fuera de su negocio, atestada de sopa de pasta y tortillas duras y algún otro menjurje que provocó en el perro inevitables retortijones y vómitos que le tumbaron al caer la noche.

 El cuerpo inerte del Tigre quedó tendido patas arriba en la esquina donde jugábamos futbol, hasta que comenzó, al paso de los días, a inflarse.  Mientras estuvo expuesto, antes de ser cubierto por una gruesa capa de cal para acelerar su putrefacción, evitábamos acercarnos temiendo que el perro estallara.

Ya sin su guardián, Memo continuó con su común rutina de alcohol y largos recorridos por cada tramo de la colonia, hasta que un día, helado por las corrientes frías que azotaban aquellos terruños durante el invierno, se quedó sentado junto a la capillita que los primeros habitantes de la colonia habían construido en honor a la Virgen.  

A pesar de su ausencia, sus hijos no perdieron la alegría. Incluso, alentados por la ausencia de su madre, quien trabajaba largas jornadas en una fábrica de veladoras, invertían cada minuto de su pueril existencia en recorrer las mismas calles que su padre andaba junto al Tigre. Aquel trío se convirtió en principal receptor de las bromas y juegos pesados de quienes les adelantábamos en años; además, si decidíamos ir en grupo al tianguis de la colonia, sus pequeñas manos eran ideales para tomar frutas, dulces, frituras y cualquier alimento que pudiéramos engullir sentados, con la tarde abrazándonos, en la presa abandonada muy cerca de la central camionera.

Crecieron junto a nosotros. Con los años, al paso de cada fin de ciclo escolar, poco a poco alguno de nosotros se marchó: unos partimos a la universidad, mientras otros comenzaron a trabajar desde muy temprana edad. Pero ellos permanecieron, se convirtieron en la última generación de niños que jugó en las calles de la colonia. Sin embargo, ante nuestra ausencia aquel trío buscó nuevos horizontes donde crecer y encontraron nuevas amistades.

La mayoría de nosotros permanecíamos en contacto con la colonia gracias a algún familiar que continuaba residiendo en la zona; así nos manteníamos frescos en noticias. La muerte de Guillermo, el mayor de los tres, fue la primera en sacudirnos. Cambió los balones de futbol y los juguetes por un revólver con el que subía a los camiones de trasporte público para malorear al pasaje. En una de sus rutinas, el chofer del camión le vio desenfundar la pistola mientras intentaba subir al vehículo; aceleró. Memo, incapaz de mantener el equilibrio, se despeño y las enormes llantas del armatoste le reventaron los intestinos. La cruz que colocaron sus hermanos permanece, olvidada, aún en el camellón de la carretera.

Meses más tarde, Ernesto, el menor de los tres, salió de la pulquería de don Beto sin pagar su cuenta. El anciano, fastidiado de parroquianos que se atascaban de neutle y huían sin pagar, lo siguió hasta su casa. “¡Págame!”, le dijo. “No traigo”, contestó Ernesto. Iracundo, don Beto levantó un pedazo de tabiqué del suelo y lo lanzó con desafortunada puntería sobre el rostro del adolescente. Una cruz más decoró la calle falta de pavimento.

Tomás resistió la temprana partida de su padre y sus dos hermanos. Acompaño a su madre durante un par de años más en la pequeña casa con techo de lámina que rentaban. Una mala noche, la madre enfermó y un par de días después murió.

De Los Memos sobrevive Tomás, quién aún camina por aquellas calles, ahora pavimentadas, con el mismo inestable andar que conocimos de su padre. En su veinteañero rostro pesan las ausencias y el recuerdo de aquellos años de sonrisas infantiles que compartimos. Tomás va de aquí para allá; tambalea; se detiene un momento y se recarga contra una barda recién pintada de blanco; ahí suspira y observa al perro que le sigue; bebe de la botella de plástico y platica con invisibles fantasmas que le acompañan.