Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 31 de marzo, 2019.- Mi madre experimentó cada detalle de la carencia económica a la que cualquier ser humano puede estar expuesto. Al nacer, su madre –mi abuela– murió al no ser atendida durante el parto. La lejanía de la ranchería en la que vivían complicó el acceso a un galeno que pudiese ayudarle. Con la desgracia a cuestas, mi abuelo pretendió endulzar la ausencia de su pareja con litros de mezcal; se bebió los pocos morlacos que lograba generar trabajando como peón ganadero; así que la decencia alimentaria se negó en toda la etapa infantil de mi madre. Su vida, desde el nacimiento hasta sus setenta años de edad, fue un cúmulo de carencias inefable.

El esbozo a la genealogía de mi madre pretende justificar un rasgo que la mayoría de las personas –sobre todo aquellas que la conocían en su mínima intensidad– consideraba como negativa; mi madre solía conversar con todos sus conocidos y narrarles los beneficios que habían llegado tras tantos años de esfuerzo. En realidad, con estas palabras se refería a que mi hermana y yo, después de recorrer todo el maratón del sistema educativo, terminamos la universidad y no nos fue difícil encontrar un trabajo mal pagado, con horarios inflexibles y en los cuales uno encuentra todo, menos la posibilidad de desarrollarte como individuo. Sin embargo, para ella era una bendición que sus hijos tuvieran la certeza de un salario –mínimo, pero al fin al cabo contante.

Tales habían sido sus carencias que sonreía y se sentía afortunada cuando lográbamos juntar algunas monedas que nos permitían llevarla a un mediocre restaurante de chinos en el centro de la ciudad cuya decoración arquitectónica destacaba por un risible elefante de fibra de vidrio gigante a la puerta del local. Mi madre siempre pensó que ese elefante representaba riqueza; así que se convirtió en un anhelo poder ser uno más de sus comensales. Ante esta situación, lo que para nosotros era apenas una comida en un lugar común, para ella era la representación del alcance de un peldaño económico que se le había negado durante siete décadas de vida.

Sin embargo, aquello que en sus charlas con las vecinas cargaba como una descripción de orgullo, incluso de justicia divina después de tantos años aprendiendo a nadar en el cristiano valle de lágrimas bíblico, era asimilado como negativo en su entorno inmediato. Las vecinas del edificio de departamentos en el que vivíamos, consideraban que mi madre pecaba al navegar sobre las engañosas aguas de la presunción; hacían saber su descontento con el tendero de la abarrotera, el tortillero y hasta con la señora vendedora de productos de limpieza en el mercado.

Por eso, cuando llegamos al departamento, después de pasar un fin de semana en Acapulco –viaje financiado por un crédito bancario que mi hermana había conseguido después de un trámite desgastante, y una deuda que nos condenaría a no pensar en más viajes, ni restaurantes decorados con ingentes elefantes de fibra de vidrio durante algunos meses– la tristeza fue extensiva. No sólo encontramos la puerta de acceso a nuestra diminuta vivienda forzada –se llevaron la televisión, el estéreo, una plancha, el vaso de la licuadora, una muñeca de falsa porcelana  y un cuadro horrible que pinté durante mis clases de Educación Artística en la secundaria y que mi madre se empecinó en enmarcar–; sino que además nos enfrentamos a la más dolorosa de las vertientes de las relaciones ciudadanas, la condena: “Qué bueno, se lo merecían”, se escuchaba por los pasillos del edificio, “eso le pasa por ser tan presumida”. d