Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 28 de abril, 2020.- –Mejor ábrete, valedor, antes de que eche un grito y le llame a la raza pa’ que te muevan a madrazos. ¡Por Diosito que yo no tengo nada! –grita el panadero (al menos eso piensa), acurrucado detrás de la lámina que hace de portón en su casa. La voz entrecortada, apenas perceptible entre el ladrido que parece surgir de la improvisada puerta que se dobla con cada patada. No aguantará más. Cederá.

–¡Ábreme, culero, ábreme! Más te vale que salgas o te tiro la puerta a puro zapatazo.

¡Ábreme!

-¡Por Diosito, Carnal!

 –¿Por Diosito? Te voy a dar tu Diosito, guadalupano, cristiano de cagada, rata.  ¡Ábreme!

 –Yo ni te conozco, hermano, no hagas más desmadre. Ya me tumbaste los dientes, pero no hay falla; ahí muere.

 –¡Qué me abras! –grita colérico el Rocko, le importa poco la gente que ha comenzado, curiosa, a aglomerarse en la calle. Mucho menos le importa quien a la distancia grita improperios en su contra por alterar el orden de la colonia–. ¡Qué me abras, chingado marrano, rata, chimalhuaquense de cagada! Ábreme o te quemo la casa pa´ que te cuezas, panadero cerdorataculera.  ¡Ábreme!

 –¡Por Diosito, carnal…!

 –¡Ay, sí, por Diosito! –grita burlón Rockero, imitando al panadero que esboza ruegos bajo su escondite. Lo disfruta, goza y se crece; Rocko se sabe controlador de la situación y se exhibe, actúa, vocifera y blasfema una y otra vez. Camina cual antiguo león circense, de un lado a otro, a la espera de la apertura de las puertas que han de conducirlo a causar el mayor dolor posible a alguien que ya no es como él, alguien que ha aceptado su inminente derrota y solo espera temeroso, frío, con los dientes apretados, el trágico momento al que se le ha condenado. Se mueve impaciente; recorre la puerta; aprieta los puños y escupe en repetidas ocasiones; patea la endeble lamina una, dos, tres, cuatro ocasiones; exhibe sus asoleados brazos, uno en mayor intensidad que el otro, resultado del constante acecho de los rayos solares durante sus largas jornadas al volante. Las cruces tatuadas en sus puños resaltan y parecen agregar unos gramos más de dureza a sus manos, otrora tiempo aprendices de carpintero. Se toma su tiempo, lo disfruta, es un artista en infligir dolor psicológico. Rockero sonríe.

 *****

 “¿El Juancho? Simón, ese pinchi Rockero es como mi hermano, me salvó de aventarme unos años en el tanque, entuzado, mano.  Un día se me alocó, me había echado unos verdes y me entró la loquera de tronarme al ojete de mi jefe. Fue aquí afuera, en la mera calle, para que todos vieran, punta en mano. Me cae que al Rocko se la debo. ¡Aguanta, Pin Pon!, me gritó y me jaló de los pelos. Se la debo[EP1] .”

–¡Aguas, Rockero, ya le fueron a gritar a la tira! –previene Pin Pon, recargado en el Sentra blanco acondicionado como taxi pirata. Vestido por semanas con el mismo pantalón entubado, Converse negros y su chaleco de mezclilla, Javier, el Pin Pon, bajista de una banda de thrash metal texcocana,  asumía una especie de compromiso, una deuda impagable con el Rockero.

 –Pus que vengan, pinchis puercos, así me ayudan a sacar a este rata. ¡Ábreme!

 “¿Necesitas ayuda, Gabriel?”, grita una anciana al aterrorizado panadero desde alguna casa vecina; a una distancia prudente, segura, con medio cuerpo dentro de sus terruños.

 –Pus claro que necesitamos ayuda, señora –irónico responde Rockero–. Venga y ayúdeme a sacar a este ladrón. Soy taxista y este marrano hace rato me robó.  Venga, ayúdeme y lo llevamos juntos al MP. –Nadie ayuda, todos miran y se cuchichean unos a otros. Espectadores de una película a la que no fueron invitados. Escenografía imprescindible que acrecienta el dramatismo devenido de los gritos, las narices sangrantes, los dientes perdidos en el polvo y las botas doblando, una y otra vez, la puerta de lámina.

 A la distancia una nube de salitre se levanta. Alguien ha avisado y una  patrulla del Heroico Puerco de Policía de Chimalhuacán se aproxima. El lamento producido por la sirena  se amplifica conforme avanza entre las calles aún carentes de pavimento, algunas incluso sin drenaje.

*****

 –¿A dónde lo llevo, jefe? –preguntaba horas antes, Juan, amable, a su pasajero. “Ojalá no vaya al cerro”, piensa sin perder la sonrisa, celoso de la limpieza y orden impecable de su taxi.

–Voy a Chimalhuacán, carnal, cerca del cerro. ¿De a cómo el viaje?

–¡Treinta pesotes, jefe! ¿Se anima?  –“¡Puta! Por treinta pesos, ni la lavada de llantas”.

Arrancan y atrás dejan la abarrotera que hace de base para taxistas afiliados a la CTM. Rockero enciende el radio, abre la guantera perdiendo de vista el camino, busca entre sus discos y se decide:

Perdón, vida de mi vida.

Perdón, si es que te he fallado.

Perdón, cariñito amado,

Ángel adorado, dame tu perdón…

–Un rato más y se viene el aguacero, ¿no? Ayer, me tocó hacerla de lanchero allá en Nezahualodo[EP2]  (ríe). ¿Qué tal la chamba? “Pinche mono mamón, ni me contesta”. ¿A poco la rola de panadero? ¿Qué tal la joda? Está duro. ¿Viene seguido por acá? ¿Se surte en la abarrotera?…

…Tú sabes que te quiero con todo el corazón,

que eres el anhelo de mi única ilusión.

Ven calma mis angustias con un poco de amor

Que es todo lo que pide mi pobre corazón…

–Le doy mi tarjeta, yo ando por acá de harina y huevo[EP3] , pero si no me encuentra écheme un fon y yo le caigo. Cualquier hora. “Pinche mono, ni ha de tener teléfono”. Simón, jefe, es el mismísimo Daniel Santos, ¿le gusta? Ya andamos cerca. ¿Dónde doy la vuelta? ¿Por esa calle? “Puta, saldré como polvorón de este cochinero. Ni la lavada”. Como no, jefe. Aguánteme, yo abro la cajuela y bajo las cosas, usted échese las que traemos aquí adentro.